Uno, dos, tres, muchos San Martín
El 17 de agosto de 1850, en un pequeño poblado al norte de Francia, moría José de San Martín.
¿Quién había sido este hombre, que moría desterrado, en medio de privaciones, pero que, al
mismo tiempo, sería recordado como una figura fundamental de la historia argentina y
americana? San Martín no es sólo una biografía “heroica”, sino una trayectoria vital donde se
funden la identidad española y americana, la carrera militar profesional y la intuición de líder
político, la aventura del cruce de los Andes y la gestión burocrática de gobierno. El hombre que
moría en Francia una mañana de agosto de 1850 era un hombre al que no le fueron ajenas las
grandes tensiones de la época.
De Yapeyú al mundo
Como sabemos, San Martín nació en Yapeyú, un poblado dedicado a la producción agrícola y
ganadera, muy lejos de Buenos Aires, con una gran presencia de población indígena y mestiza. Un
pequeño círculo de familias de origen español ocupaban los puestos políticos y comerciales más
importantes, como era usual en la colonia. Yapeyú, ubicado sobre las costas del río Uruguay en la
provincia de Corrientes, había sido fundado por los jesuitas unos años antes del nacimiento de San
Martín.
Este era el tipo de sociedad en que nació el futuro Libertador, signada por las barreras sociales
propias de la era colonial y a la vez, una fuerte presencia de poblaciones indígenas y criollas que
poco tiempo después tendrían un papel protagónico durante el proceso de independencia.
Un americano español
Como tantos otros hijos de españoles, San Martín fue enviado a Madrid para seguir sus estudios y
comenzar la carrera militar. Cuando se produjo la invasión francesa en 1808 San Martín era, antes
que nada, un oficial del ejército español.
San Martín participa como militar de la defensa española ante la invasión de Napoleón pero, a la
vez, está ligado a los sectores españoles contrarios a la monarquía absolutista que representaba
Fernando VII.
Una vez terminada la invasión francesa, el movimiento de las Juntas (de espíritu liberal, que había
incluso sancionado una Constitución y pretendía derrotar al absolutismo) fue aplastado por las
fuerzas monárquicas. Es ahí cuando San Martín decide viajar a la “América española” donde esa
lucha parece todavía posible.
Así, mientras San Martín retornaba a sus pagos en 1814, en Europa se consolidaba el absolutismo
con la vuelta del rey español Fernando VII al trono.
Este capítulo de la vida de San Martín muestra cómo la identidad nacional estaba atravesando un
momento de crisis para su generación. Nacido en América, con acento español en el habla por su
paso como estudiante y militar en España, la identidad de San Martín no estuvo por fuera de la
lucha política que vivió Europa y las colonias.
San Martín en América
Junto a otros hombres que tendrían un papel protagónico en las guerras de independencia, San
Martín se integró a la Logia Lautaro, que luego de su llegada a nuestras costas comenzó a tener
una incidencia política fundamental para la vida política del Río de la Plata . 1
Un tiempo antes la revolución estalló en América. La Revolución de Mayo en Buenos Aires se
convirtió en uno de los focos rebeldes más importantes del continente.
Aquí comienza a reforzarse la identidad americana de San Martín, cada vez más escindida de su
origen español, en un contexto donde la disyuntiva se define claramente en torno a la libertad del
continente americano respecto al Imperio absolutista de España.
En este proceso revolucionario, no exento de internas que luego perfilarían distintos modelos de
país, se produce la caída del primer Triunvirato. La conformación de un nuevo gobierno tendría ya
1 Habían tomado el nombre de Lautaro como homenaje al cacique araucano que había resistido contra las
fuerzas del español Valdivia logrando capturarlo y ajusticiarlo haciéndolo beber oro líquido. Todo un
mensaje de cara a lo que sería su accionar.
a San Martín y la logia Lautaro como actores de primera línea, impulsando una nueva dinámica a la
revolución, mucho más decidida al camino de la emancipación política.
La primera acción militar de San Martín sería en la batalla de San Lorenzo, en la actual provincia de
Santa Fe. Luego, el gobierno de Triunvirato lo enviaría al Norte, donde remplazaría en la jefatura
del ejército a Manuel Belgrano, quien llevaba largo tiempo conteniendo el avance de los realistas.
San Martín cambió la táctica de la guerra: dejó a Martín Miguel de Güemes con sus “Infernales” al
frente de la resistencia guerrillera contra el invasor, replegándose en la zona de Cuyo, donde
tendría el cargo de gobernador.
La construcción de un ejército popular
En ese momento es cuando se produce la construcción del ejército de los Andes y en donde se
visualiza la concreción del proyecto político-económico de San Martín. El avance de la guerra de
independencia implicaba hacerle frente a los problemas de la gestión económica y la decisión de
sobre quién debía recaer los gastos militares, fundamentales en un contexto bélico. Puso a sus
hombres a trabajar en la producción de pólvora y fusiles y para esto expropió en parte a las clases
acomodada de Mendoza. Años después, la historia oficial construiría sobre esta decisión audaz y
revolucionaria, la alegre historia de las damas de la alta sociedad donando sus joyas.
En este proceso de construcción de una identidad nacional, es importante notar que el ejército de
los Andes no tuvo nunca una lógica “argentina”, sino que fue un ejército americano, ya que
representaba en su interior las fuerzas de lo que luego sería Argentina y de lo que sería Chile a
través del futuro general O´Higgins. San Martín construyó en sus años de gobierno un vínculo
igualitario con los indígenas de la zona a quienes reconocía como los dueños de las tierras que iba
a atravesar. Asimismo también tuvo una política de integración con los esclavos de origen
africano.
Es en este período cuando el contexto del fuerte absolutismo europeo hace replantear a los
revolucionarios la necesidad de darse la independencia de España. Esta situación estuvo marcada
por la posibilidad planteada por Belgrano y San Martín en el Congreso de Tucumán de 1816 de que
fuera coronado un rey proveniente del corazón del imperio español en América: un rey inca.
Fueron derrotados en esta posición, pero dejaron claro que, ante el contexto que se enfrentaban,
la posibilidad de una monarquía constitucional era un avance importantísimo si se garantizaba la
independencia.
Luego de los triunfos militares del ejército de los andes comenzaron a vislumbrarse cada vez más
claros dos proyectos diferentes para las nuevas provincias unidas. San Martín quería seguir hacia
Perú, corazón del imperio, dejando en claro que la liberación era americana y que no había
posibilidad de ser libres si cada región no se sumaba a esta lucha. Este proyecto fue acompañado
por el otro gran libertador, Simón Bolívar. Por otro lado estaba el gobierno de Buenos Aires
combatiendo contra el artiguismo, queriendo detener la marcha americana para centrarse
únicamente en intereses portuarios.
Libertador de América y exiliado político
En Perú, sin grandes combates, ordenó la libertad de vientres como lo había hecho la Asamblea
del año XIII y generó la medida más confrontada en ese período: la abolición de la servidumbre
indígena. A partir de esta situación, los criollos peruanos que utilizaban a los indios como mano de
obra comenzaron a llamarlo Rey José y a decir que quería perpetuarse en el poder. San Martín se
vio debilitado y cedió el mando a Simón Bolívar, luego de la entrevista de Guayaquil en 1822.
San Martín se vio imposibilitado de quedarse en su pago porque le habían puesto precio a su
cabeza por desobedecer una orden de Bs As. Por eso se fue a Europa donde va a tener una
actividad profusa en la búsqueda del reconocimiento de las independencias americanas por las
potencias.
San Martín, argentino
Quiso volver a la patria llamado por Manuel Dorrego, pero antes de bajar del barco se enteró de
su asesinato provocado por la “revolución de diciembre de 1828”, emprendida por el general
unitario Lavalle al frente de las tropas que combatieron al Brasil en la Banda Oriental. Ante el
desenlace, un desilusionado San Martín le explica a O’Higgins: “En el estado de exaltación a que
han llegado las pasiones… no queda otro arbitrio que el exterminio de uno de los dos partidos”.
Lavalle, acorralado ante el inminente fracaso de su golpe, quiso entregarle a San Martín la
gobernación de la Provincia de Buenos Aires, pero éste se niega y emprende su regreso a Europa,
no sin antes decirle a su antiguo subordinado Juan Lavalle que “el general San Martín jamás
desenvainará su espada para combatir a sus paisanos”.
En Europa, este hombre que había nacido en Yapeyú y que luchó por el sueño de la liberación
americana, se transformó en una fuente de consejo sobre los temas de la futura Argentina. Su rol
como consejero lo hizo ser partícipe de los procesos políticos que se desarrollaban en su patria y
fue por eso que decidió tomar postura cuando las potencias imperiales de Inglaterra y Francia
acecharon nuestro territorio. Le hizo llegar su sable corvo a Juan Manuel de Rosas como forma de
reconocimiento a quien había resistido el intento de sojuzgamiento imperial en la Vuelta de
Obligado. Fue su última gran acción antes de su muerte en 1850.
San Martín entró en la historia como uno de los Libertadores de nuestra patria y de la América
toda y se le reconoce como hecho fundante de la liberación el cruce de los Andes con su ejército.
En nuestra época y desde la Argentina vemos que otro hombre que nació el mismo día que él pero
del año sanmartiniano de 1950 decretado por el General Perón, también se ha convertido en un
libertador de nuestro pueblo que estaba oprimido bajo las fuerzas neoliberales impuestas de
afuera y de adentro. Ese hombre fue Néstor Carlos Kirchner y su cruce de los Andes fue su entrada
en la casa de gobierno indicando que no iba a dejar las convicciones en la puerta generando de esa
manera un nuevo ejército, otra vez del pueblo, que lo acompañaría en esta nueva gesta patriótica
de recuperación de un destino de soberanía, independencia, justicia y dignidad para todos los
argentinos.
martes, 18 de agosto de 2015
martes, 4 de agosto de 2015
Situación con el tipo de cambio en la actualidad
La modificación del tipo de cambio: sus causas y consecuencias.
Siempre que se habla de economía –en cualquiera de sus variables- hay que tener presente que detrás de cada idea, de cada intervención, de cada medida de política económica, hay intereses concretos. Las cuestiones técnicas son siempre subordinadas a la política, que es la que define el rumbo y, por lo tanto, el sector social que se busca beneficiar. “No tenemos un modelo económico, tenemos un proyecto político” dijo CFK hace unos meses. Recientemente ha retomado el centro de la escena el tema del tipo de cambio. Esta es una variable central para una economía en desarrollo como la nuestra, pero las fuertes fluctuaciones que se observaron tienen que llevarnos a la prudencia acerca de las hipótesis a desarrollar. En los últimos años se observó un incremento de precios y salarios muy por encima de la devaluación de la moneda. La consecuencia de ello es el abaratamiento de los productos valuados en dólares (importaciones, turismo) y la mejora del salario medido en esa misma moneda (o, desde la mirada empresaria, el aumento del costo de la mano de obra en términos internacionales). O sea, hubo un incremento del salario real, aumentó el poder de compra. Esto afecta a sectores industriales que compiten con producción importada y que no han logrado el suficiente desarrollo como para que esa competencia no sea un escollo para producir. Para ellos, el tipo de cambio elevado es una barrera (cambiaria) que los ayuda en esa competencia. Sin embargo, para sectores industriales ya desarrollados o para el sector agropecuario, el tipo de cambio elevado significa, lisa y llanamente, un incremento de su renta. En este contexto es que se dio el fenómeno de la caída de reservas del BCRA que se observa desde principios de 2011, cuando llegamos a tener algo más de U$S 52.000 millones. Desde ese momento, se fueron reduciendo las divisas por una variedad importante de razones: incremento de la importaciones (se achicó el superávit comercial), pérdida de la soberanía energética, incremento del turismo en el exterior, abultados pagos de deuda contraída por anteriores gestiones, y fuga de capitales (entre otras). El último punto jugó un rol central en la historia económica y (principalmente) política de nuestro país. Era una herramienta de presión de los sectores dominantes, lo que les otorgaba un poder de veto sobre las políticas públicas. Hasta finales de 2011 la adquisición de divisas era libre y cualquier que quisiera comprar podía hacerlo sin necesidad (previa) de justificar el origen de esos fondos. Así, quien tuviera la capacidad de coordinar con los empresarios más grandes (en términos económicos) del país, podía generar una corrida afectando seriamente la estabilidad cambiaria. Esto ocurrió en el 2008 (año de la crisis política originada alrededor de la disputa por la renta agraria que suponía la resolución 125), en el 2009 (año de disputa electoral) y en el 2011 (año de renovación presidencial). En esos años hubo un marcado incremento de la formación de activos externos (fuga de capitales). Esta dinámica logró revertirse mediante la limitación impuesta a la compra de divisas (lo que Clarín llama cepo). La fuga de capitales logró detenerse de manera considerable (llegó a superar los U$S 23.000 millones en 2008, los U$S 14.000 millones en 2009 y los U$S 21.500 millones en 2011). El éxito de las limitaciones se observa en que menguaron y se revirtieron las corridas cambiarias a partir de su implementación a fines de 2011: en 2012 la formación de activos externos (fuga de capitales) fue de U$S 3404 millones y en los primeros 9 meses de 2013 (último dato publicado), fue de U$S -356 millones. O sea, reingresaron al país esos dólares fugados previamente. En este contexto el gobierno nacional decide modificar el tipo de cambio. Aquí es importante volver a señalar que esto no se debió a que debe haber una paridad entre los pesos circulantes (base monetaria) y los dólares de las reservas (mediado por el tipo de cambio). Esa paridad sólo se debe dar en un régimen que lo explicite, como lo fue la convertibilidad (aún así no se cumplía). Es por esta razón que una parte del endeudamiento público externo, durante los 90, fue a parar a las reservas: para sostener la paridad entre el peso y el dólar. Las reservas son un medio de cambio que nos sirven para importar lo que no producimos y para pagar la deuda que contrajeron otras gestiones. También han servido para evitar corridas cambiarias como las de los últimos días. Pero no hay ninguna razón económica para que deban coincidir con la base monetaria. En los últimos meses presenciamos una aceleración del gradualismo con el que se venía devaluando la moneda nacional. Las “espaladas anchas” que otorgó la política de acumulación de reservas, permitió la administración del tipo de cambio –mediante la mayor o menor intervención del BCRA en el mercado cambiario (conocida como “flotación sucia”)- y en los últimos meses se había llegado a devaluar al 40/45% anual. El gradualismo de la política permitía morigerar el impacto de la medida en lo que respecta a la inflación (todos los costos de reposición de los productos importados acompañan esta variable, y los que tienen componentes producidos en el extranjero lo hacen proporcionalmente). A su vez, daba cuenta de la fortaleza del Estado para contener cualquier intento de generar caos alrededor del tipo de cambio. Sin embargo, la devaluación pequeña y gradual tenía dos efectos negativos vinculados al comercio exterior. En primer lugar, los importadores tenían fuertes incentivos a adelantar pagos, mientras que por otro lado, los exportadores los tenían para retrasar cobros. Los primeros porque, devaluando 3 centavos por día, el precio en pesos de sus importaciones aumentaría a ese ritmo, mientras que para los segundos sucedía lo contrario con sus cobros. Ambas situaciones afectaban en el corto plazo a las reservas del BCRA, porque las que se requerían para importaciones se adelantaban y las que debían entrar por exportaciones, se retrasaban.
Llegado a este estado de situación, cabría suponer que el gobierno decidió reacomodar el precio del dólar y que por un tiempo prolongado se mantendrá estable. Así, el miércoles 22 de enero se registró una fuerte suba de la divisa como consecuencia del retiro voluntario del BCRA del mercado (alrededor de 25 centavos en el día) pero sin mayores repercusiones. Sin embargo, al día siguiente, se llegaron a realizar operaciones con más de un peso de devaluación, pudiendo contener la escalada con la simple pero sólida intervención del BCRA. En este punto cabría resaltar que el salto de más de un peso en la cotización del dólar estuvo vinculado con una operación (desestabilizadora) que realizó la petrolera Shell (pagó voluntariamente $8,4 cuando cotizaba $7,3). De esta forma, se disparó el precio de referencia (buscando generar un desmadre) que luego fue reduciéndose con la intervención señalada. No hay explicación sustentada en una racionalidad económica para que una empresa decida pagar a $8,4 algo que el mercado se lo ofrece a $7,3 (y deberá responder ante sus accionistas). Por esta misma razón es que cabría poner en duda la efectividad potencial del reacomodamiento del tipo de cambio como camino a inducir la liquidación de exportaciones y eliminación de adelantos de importaciones. En la entrevista resaltada en el cuadro, el ministro desliza esa posibilidad: serían las decisiones acertadas si el parámetro es económico. Lo mismo que pagar por algo $7,3 en lugar de $8,4. Sin embargo, hay motivos de sobra (como la operación de Shell) para sospechar que el stablishment no está teniendo una racionalidad económica, sino política. Ya no ponen en cuestión algunos puntos de rentabilidad. Cuestionan la continuidad de un proyecto político que no consulta y acuerda con ellos todas las decisiones trascendentes. Es por esto que, unidos y organizados, es muy probable que sigan sin liquidar la cosecha y adelanten importaciones, siempre y cuando se le siga permitiendo estas operatorias. Cuanto más esmerilen las reservas, más probabilidad de obtener el resultado que buscan con las corridas cambiarias: el caos y el cambio de gobierno. Sin embargo, no tienen las condiciones para satisfacer sus deseos. El gobierno salió a demostrar su fortaleza y logró contener el intento de golpe de mercado (bajando la cotización a $7,75) y al día siguiente redobla la apuesta liberando la adquisición de divisas para atesoramiento, dando una señal de holgura en este sentido. Sobre este asunto es importante remarcar dos cosas. En primer lugar, no es que se vuelva a la situación original donde cualquiera puede comprar la cantidad de dólares que desee sin justificar el origen de los pesos con los que los adquiere, sino que dependerá del “flujo de ingresos” que tenga declarado. Esto son los ingresos mensuales del comprador. Por otro lado, solo podrán adquirir divisas para atesoramiento las personas físicas y no las jurídicas (estas son empresas, que pueden acceder a divisas pero no para atesorar sino para importar o girar dividendos en el caso de las extranjeras). Por último, es importante señalar que, si bien va a seguir existiendo un mercado paralelo e ilegal, la posibilidad de adquisición para quienes tengan sus ingresos declarados (y tributen sobre ellos), tendrá un efecto sobre el mercado paralelo (de hecho, había superado los $13 y cerró la semana en $12) reduciendo las expectativas devaluatorias y todo lo que ello conlleva (principalmente, inflación). Creemos que este mecanismo funcionará como limitante para el mercado ilegal del dólar (muy a pesar del deseo de algunos) porque se generará un precio de referencia al cual se puede acceder, limitadamente por el flujo de ingresos, pero que dejaría de hacer rentable no declarar ingresos. Si un agente económico, por ejemplo, un comerciante, un arquitecto, un psicólogo o el titular de cualquier profesión liberal que no declara sus ventas evadiendo el pago de IVA o no factura sus servicios carece de posibilidades de acceder al mercado legal de cambios. La diferencia entre los costos de declarar sus ventas y la diferencia que podría llegar a generarse accediendo al dólar oficial, daría cuenta de un techo, un disciplinamiento virtuoso (que excluye a los evasores incentivando la regularización fiscal, y disminuye las tensiones cambiarias). Desde ya que el mercado ilegal podría seguir consiguiendo abastecimiento, por medio de actividades inconfesables, reñidas con la ley y que requerían de ingenierías más complejas que no serían simplemente declarar ingresos sino blanquear capitales. Otro mecanismo virtuoso que se podría estimular es el de blanqueo de sueldos. Muchos empleados en relación de dependencia cobran una porción de su salario de manera informal. Esta situación puede llegar a excluirlos del mercado de cambios o disminuir su capacidad de compra de divisas. Así se generaría un incentivo para que los empleados presionen a empleadores en este sentido, principalmente en un contexto como el actual, donde los trabajadores adquirieron capacidad de negociación. De todas formas, siendo un mercado ilegal, opaco y pequeño, pueden generarse fuertes fluctuaciones en períodos breves. Pero si quienes lo desean, logran desmadrar ese mercado, el efecto manada se vería extremadamente limitado. Se podría concluir, utilizando un lenguaje poco apropiado (por neoclásico o neoliberal), que el costo marginal del blanquear ingresos funcionaría como disciplinador de la “brecha” entre el tipo de cambia oficial y el ilegal.
La Cámpora Secretaria Nacional de Formación
Siempre que se habla de economía –en cualquiera de sus variables- hay que tener presente que detrás de cada idea, de cada intervención, de cada medida de política económica, hay intereses concretos. Las cuestiones técnicas son siempre subordinadas a la política, que es la que define el rumbo y, por lo tanto, el sector social que se busca beneficiar. “No tenemos un modelo económico, tenemos un proyecto político” dijo CFK hace unos meses. Recientemente ha retomado el centro de la escena el tema del tipo de cambio. Esta es una variable central para una economía en desarrollo como la nuestra, pero las fuertes fluctuaciones que se observaron tienen que llevarnos a la prudencia acerca de las hipótesis a desarrollar. En los últimos años se observó un incremento de precios y salarios muy por encima de la devaluación de la moneda. La consecuencia de ello es el abaratamiento de los productos valuados en dólares (importaciones, turismo) y la mejora del salario medido en esa misma moneda (o, desde la mirada empresaria, el aumento del costo de la mano de obra en términos internacionales). O sea, hubo un incremento del salario real, aumentó el poder de compra. Esto afecta a sectores industriales que compiten con producción importada y que no han logrado el suficiente desarrollo como para que esa competencia no sea un escollo para producir. Para ellos, el tipo de cambio elevado es una barrera (cambiaria) que los ayuda en esa competencia. Sin embargo, para sectores industriales ya desarrollados o para el sector agropecuario, el tipo de cambio elevado significa, lisa y llanamente, un incremento de su renta. En este contexto es que se dio el fenómeno de la caída de reservas del BCRA que se observa desde principios de 2011, cuando llegamos a tener algo más de U$S 52.000 millones. Desde ese momento, se fueron reduciendo las divisas por una variedad importante de razones: incremento de la importaciones (se achicó el superávit comercial), pérdida de la soberanía energética, incremento del turismo en el exterior, abultados pagos de deuda contraída por anteriores gestiones, y fuga de capitales (entre otras). El último punto jugó un rol central en la historia económica y (principalmente) política de nuestro país. Era una herramienta de presión de los sectores dominantes, lo que les otorgaba un poder de veto sobre las políticas públicas. Hasta finales de 2011 la adquisición de divisas era libre y cualquier que quisiera comprar podía hacerlo sin necesidad (previa) de justificar el origen de esos fondos. Así, quien tuviera la capacidad de coordinar con los empresarios más grandes (en términos económicos) del país, podía generar una corrida afectando seriamente la estabilidad cambiaria. Esto ocurrió en el 2008 (año de la crisis política originada alrededor de la disputa por la renta agraria que suponía la resolución 125), en el 2009 (año de disputa electoral) y en el 2011 (año de renovación presidencial). En esos años hubo un marcado incremento de la formación de activos externos (fuga de capitales). Esta dinámica logró revertirse mediante la limitación impuesta a la compra de divisas (lo que Clarín llama cepo). La fuga de capitales logró detenerse de manera considerable (llegó a superar los U$S 23.000 millones en 2008, los U$S 14.000 millones en 2009 y los U$S 21.500 millones en 2011). El éxito de las limitaciones se observa en que menguaron y se revirtieron las corridas cambiarias a partir de su implementación a fines de 2011: en 2012 la formación de activos externos (fuga de capitales) fue de U$S 3404 millones y en los primeros 9 meses de 2013 (último dato publicado), fue de U$S -356 millones. O sea, reingresaron al país esos dólares fugados previamente. En este contexto el gobierno nacional decide modificar el tipo de cambio. Aquí es importante volver a señalar que esto no se debió a que debe haber una paridad entre los pesos circulantes (base monetaria) y los dólares de las reservas (mediado por el tipo de cambio). Esa paridad sólo se debe dar en un régimen que lo explicite, como lo fue la convertibilidad (aún así no se cumplía). Es por esta razón que una parte del endeudamiento público externo, durante los 90, fue a parar a las reservas: para sostener la paridad entre el peso y el dólar. Las reservas son un medio de cambio que nos sirven para importar lo que no producimos y para pagar la deuda que contrajeron otras gestiones. También han servido para evitar corridas cambiarias como las de los últimos días. Pero no hay ninguna razón económica para que deban coincidir con la base monetaria. En los últimos meses presenciamos una aceleración del gradualismo con el que se venía devaluando la moneda nacional. Las “espaladas anchas” que otorgó la política de acumulación de reservas, permitió la administración del tipo de cambio –mediante la mayor o menor intervención del BCRA en el mercado cambiario (conocida como “flotación sucia”)- y en los últimos meses se había llegado a devaluar al 40/45% anual. El gradualismo de la política permitía morigerar el impacto de la medida en lo que respecta a la inflación (todos los costos de reposición de los productos importados acompañan esta variable, y los que tienen componentes producidos en el extranjero lo hacen proporcionalmente). A su vez, daba cuenta de la fortaleza del Estado para contener cualquier intento de generar caos alrededor del tipo de cambio. Sin embargo, la devaluación pequeña y gradual tenía dos efectos negativos vinculados al comercio exterior. En primer lugar, los importadores tenían fuertes incentivos a adelantar pagos, mientras que por otro lado, los exportadores los tenían para retrasar cobros. Los primeros porque, devaluando 3 centavos por día, el precio en pesos de sus importaciones aumentaría a ese ritmo, mientras que para los segundos sucedía lo contrario con sus cobros. Ambas situaciones afectaban en el corto plazo a las reservas del BCRA, porque las que se requerían para importaciones se adelantaban y las que debían entrar por exportaciones, se retrasaban.
Llegado a este estado de situación, cabría suponer que el gobierno decidió reacomodar el precio del dólar y que por un tiempo prolongado se mantendrá estable. Así, el miércoles 22 de enero se registró una fuerte suba de la divisa como consecuencia del retiro voluntario del BCRA del mercado (alrededor de 25 centavos en el día) pero sin mayores repercusiones. Sin embargo, al día siguiente, se llegaron a realizar operaciones con más de un peso de devaluación, pudiendo contener la escalada con la simple pero sólida intervención del BCRA. En este punto cabría resaltar que el salto de más de un peso en la cotización del dólar estuvo vinculado con una operación (desestabilizadora) que realizó la petrolera Shell (pagó voluntariamente $8,4 cuando cotizaba $7,3). De esta forma, se disparó el precio de referencia (buscando generar un desmadre) que luego fue reduciéndose con la intervención señalada. No hay explicación sustentada en una racionalidad económica para que una empresa decida pagar a $8,4 algo que el mercado se lo ofrece a $7,3 (y deberá responder ante sus accionistas). Por esta misma razón es que cabría poner en duda la efectividad potencial del reacomodamiento del tipo de cambio como camino a inducir la liquidación de exportaciones y eliminación de adelantos de importaciones. En la entrevista resaltada en el cuadro, el ministro desliza esa posibilidad: serían las decisiones acertadas si el parámetro es económico. Lo mismo que pagar por algo $7,3 en lugar de $8,4. Sin embargo, hay motivos de sobra (como la operación de Shell) para sospechar que el stablishment no está teniendo una racionalidad económica, sino política. Ya no ponen en cuestión algunos puntos de rentabilidad. Cuestionan la continuidad de un proyecto político que no consulta y acuerda con ellos todas las decisiones trascendentes. Es por esto que, unidos y organizados, es muy probable que sigan sin liquidar la cosecha y adelanten importaciones, siempre y cuando se le siga permitiendo estas operatorias. Cuanto más esmerilen las reservas, más probabilidad de obtener el resultado que buscan con las corridas cambiarias: el caos y el cambio de gobierno. Sin embargo, no tienen las condiciones para satisfacer sus deseos. El gobierno salió a demostrar su fortaleza y logró contener el intento de golpe de mercado (bajando la cotización a $7,75) y al día siguiente redobla la apuesta liberando la adquisición de divisas para atesoramiento, dando una señal de holgura en este sentido. Sobre este asunto es importante remarcar dos cosas. En primer lugar, no es que se vuelva a la situación original donde cualquiera puede comprar la cantidad de dólares que desee sin justificar el origen de los pesos con los que los adquiere, sino que dependerá del “flujo de ingresos” que tenga declarado. Esto son los ingresos mensuales del comprador. Por otro lado, solo podrán adquirir divisas para atesoramiento las personas físicas y no las jurídicas (estas son empresas, que pueden acceder a divisas pero no para atesorar sino para importar o girar dividendos en el caso de las extranjeras). Por último, es importante señalar que, si bien va a seguir existiendo un mercado paralelo e ilegal, la posibilidad de adquisición para quienes tengan sus ingresos declarados (y tributen sobre ellos), tendrá un efecto sobre el mercado paralelo (de hecho, había superado los $13 y cerró la semana en $12) reduciendo las expectativas devaluatorias y todo lo que ello conlleva (principalmente, inflación). Creemos que este mecanismo funcionará como limitante para el mercado ilegal del dólar (muy a pesar del deseo de algunos) porque se generará un precio de referencia al cual se puede acceder, limitadamente por el flujo de ingresos, pero que dejaría de hacer rentable no declarar ingresos. Si un agente económico, por ejemplo, un comerciante, un arquitecto, un psicólogo o el titular de cualquier profesión liberal que no declara sus ventas evadiendo el pago de IVA o no factura sus servicios carece de posibilidades de acceder al mercado legal de cambios. La diferencia entre los costos de declarar sus ventas y la diferencia que podría llegar a generarse accediendo al dólar oficial, daría cuenta de un techo, un disciplinamiento virtuoso (que excluye a los evasores incentivando la regularización fiscal, y disminuye las tensiones cambiarias). Desde ya que el mercado ilegal podría seguir consiguiendo abastecimiento, por medio de actividades inconfesables, reñidas con la ley y que requerían de ingenierías más complejas que no serían simplemente declarar ingresos sino blanquear capitales. Otro mecanismo virtuoso que se podría estimular es el de blanqueo de sueldos. Muchos empleados en relación de dependencia cobran una porción de su salario de manera informal. Esta situación puede llegar a excluirlos del mercado de cambios o disminuir su capacidad de compra de divisas. Así se generaría un incentivo para que los empleados presionen a empleadores en este sentido, principalmente en un contexto como el actual, donde los trabajadores adquirieron capacidad de negociación. De todas formas, siendo un mercado ilegal, opaco y pequeño, pueden generarse fuertes fluctuaciones en períodos breves. Pero si quienes lo desean, logran desmadrar ese mercado, el efecto manada se vería extremadamente limitado. Se podría concluir, utilizando un lenguaje poco apropiado (por neoclásico o neoliberal), que el costo marginal del blanquear ingresos funcionaría como disciplinador de la “brecha” entre el tipo de cambia oficial y el ilegal.
La Cámpora Secretaria Nacional de Formación
El dólar, un problema económico y cultural de la Argentina
Economía y cultura
en las interpretaciones sobre los
usos del dólar en la Argentina
Mariana LUZZI
DOCTORA EN SOCIOLOGÍA
Para la teoría económica, la moneda es un instrumento neutral destinado a facilitar los intercambios entre distintos individuos o unidades económicas. Si todo va bien, ese instrumento debe desempeñar cuatro funciones diferentes: ser unidad de cuenta, medio de pago, medio de cambio y reserva de valor. La identicación de esas funciones es la base para la denición conceptual de la moneda, y también para la evaluación de las monedas realmente existentes: aquellas que cumplan con todas las funciones serán consideradas fuertes o sanas, aquellas incapaces de desempeñarlas todas, serán débiles o incluso enfermas. La sociología y la antropología conciben al dinero –y por extensión a las monedas–, de un modo distinto: se trata, ante todo, de hechos sociales. Esto signica que, más allá de su existencia objetiva (como monedas, billetes, asientos bancarios u otros), el dinero es siempre la expresión de relaciones sociales. Y lo es al menos en dos sentidos: son lazos sociales los que dan existencia a ese objeto con capacidad para operar como equivalente general y son también lazos sociales los que a través de su uso se crean, recrean y transforman constantemente. En consecuencia, cómo, cuándo y para qué se use el dinero o se elija una moneda u otra no es una cuestión puramente instrumental, sino que responde a los modos en que diferentes relaciones sociales se tejen en distintos momentos y lugares, dando lugar a prácticas plurales y conguraciones sociales distintas. Es desde esta perspectiva que proponemos abordar la cuestión del persistente uso del dólar en la economía argentina. ¿Economía vs cultura? Desde nales de 2011, cuando comenzaron las restricciones a la compra de moneda extranjera, el lugar del dólar en la economía argentina ha vuelto a ser tema privilegiado de debate en diferentes Mariana Luzzi. Economía y cultura… 13 escenarios, y muy particularmente en los medios de comunicación. Periodistas especializados en economía, funcionarios públicos, economistas, politólogos y otros profesionales convocados en calidad de expertos son las voces de una discusión que rápidamente se estructuró en torno de una constatación: la preferencia de los argentinos por el dólar no es sólo una cuestión económica, sino también —y, para algunos, sobre todo— un “problema cultural”. Aunque en realidad nadie aventura una denición precisa del problema, éste parece tener más bien las características de una patología: “trastorno obsesivo compulsivo (TOC) con el dólar”, “psicosis verde”, “elemento folklórico nacional y obsesivo”, “ebre del dólar” son algunas de las expresiones más utilizadas para designarlo. La persistencia del fenómeno a lo largo del tiempo, su carácter recurrente y sobre todo su irracionalidad son los elementos que justican aquella designación: después de varias décadas, una parte importante de la sociedad argentina ahorra en dólares, tanto dentro como fuera de los bancos. Inicialmente lo había hecho como forma de proteger el valor de sus ingresos frente a elevados índices de in"ación, pero no dejó de hacerlo durante períodos de estabilidad. Más aún, esa práctica se prolonga hoy, cuando —crisis internacional mediante— el dólar ya no representa la más rentable de las alternativas de inversión posibles. En síntesis, para quienes deenden esta tesis, la preferencia por el dólar ya no es un comportamiento racional. Y si no es racional, entonces, no es económico. Es cultural. Karl Polanyi consideraba que el esfuerzo –relativamente exitoso– del liberalismo por desencastrar a la economía de las relaciones sociales que la producían y contenían había sido la gran transformación de la modernidad. Pero al mismo tiempo señalaba que ese esfuerzo estaba, en última instancia, destinado al fracaso: no sólo porque desde el inicio de ese proceso la sociedad había ofrecido resistencia frente al dominio creciente del mercado autorregulado, sino, fundamentalmente, porque la economía nunca podría autonomizarse por completo de la sociedad (Polanyi, 2001). La visión de una economía desanclada de las relaciones sociales ha sido, sin embargo, una ilusión poderosa y persistente. Ella se expresa, por ejemplo, en alternativas como la que presentan hoy los debates sobre el dólar: ¿son factores económicos o culturales los que explican la dolarización? Contra lo que la ciencia económica suele pensar, las relaciones sociales –y las representaciones que ellas producen– son constitutivas de la acción económica. No se trata entonces de plantear una disyuntiva (¿economía o cultura?) sino, más bien, una conjunción: ¿qué tipo de cultura de la economía produce determinadas prácticas y dónde tiene su origen histórico y social? 14 CULTURA SOCIAL DEL DÓLAR Cálculos y racionalidades Para quienes entienden la dolarización de las prácticas económicas como un problema cultural, la persistencia de la preferencia de los argentinos por el dólar es irracional. ¿Cuál es el criterio en que se funda esa caracterización? Esencialmente, la existencia de alternativas de inversión más rentables que el dólar. Ahora bien, ¿cómo se evalúan esas alternativas? ¿Para quiénes? ¿En qué marco temporal? Los actores sociales que participan de la demanda de dólares en la Argentina son múltiples. Empresas multinacionales que giran utilidades a sus casas matrices, importadores de diverso tipo, empresarios locales que fugan ganancias al exterior evadiendo obligaciones scales, redes de contrabando y otros negocios ilegales, profesionales y asalariados de niveles medios y altos que compran dólares para atesorar en sus casas o en las cajas de seguridad de los bancos, personas que viajan al exterior o que quieren comprar una vivienda (cuyo mercado está dolarizado desde hace casi 40 años) e inmigrantes que envían remesas a sus países de origen son algunos de los más visibles. No todos pesan de igual modo en el volumen general de la demanda y, sobre todo, no todos buscan los dólares para los mismos nes, ni en los mismos circuitos, ni con la misma frecuencia, ni con igual información ni tampoco haciendo los mismos cálculos. Si se acepta la existencia de estas diferencias entre actores es preciso reconocer también que las alternativas al dólar no son siempre las mismas, ni están igualmente disponibles para todos. Aun si pensamos en el universo de quienes recurren al dólar como forma de inversión, las diferencias son notables. En 2012, un estudio realizado por dos economistas de la UBA (Malic y Asiain, 2012) concluyó que, si se consideraba el período iniciado en 2003, la compra de dólares había sido la peor alternativa de inversión para los pequeños ahorristas argentinos. La conclusión era el resultado de comparar los rendimientos nominales en 2012 de tres inversiones hipotéticas realizadas en 2003: en dólares, en plazo jo y en acciones líderes. ¿Cuáles son las premisas que se encuentran detrás de un ejercicio de este tipo? En primer lugar, que se trata de alternativas de inversión igualmente disponibles para todos los agentes (en este caso, los pequeños ahorristas); en segundo, que la evaluación de la rentabilidad potencial comparada es el elemento central en la decisión de inversión de estos actores; en tercero, que el horizonte temporal sobre el que se proyecta una inversión se conoce de antemano. Mariana Luzzi. Economía y cultura… 15 Sin embargo, estas premisas no se verican necesariamente. En primer lugar, colocar dinero en un plazo jo o comprar acciones son operaciones necesariamente mediadas por el sistema nanciero; comprar dólares para su atesoramiento debajo del colchón, no. Al mismo tiempo, la inversión en los mercados de acciones exige un mínimo de conocimientos sobre el funcionamiento de las nanzas que no todas las personas con capacidad de ahorro poseen o pueden fácilmente adquirir. En segundo lugar, entre los múltiples criterios que inciden en las decisiones de inversión no sólo se encuentra la evaluación de la rentabilidad, sino también (y entre otros) la de los riesgos. En un país con una historia reciente marcada por distintos episodios de congelamiento de depósitos, para muchos ahorristas la intermediación de los bancos puede ser algo que se tiende a evitar, más que a elegir. Finalmente, las evaluaciones que comparan el rendimiento pasado de diferentes inversiones parten de una información que los ahorristas no conocían en el momento de invertir (la evolución en el tiempo de la cotización del dólar, o de las acciones en cuestión). Más aún, asumen como cerrado un horizonte temporal que en aquel momento se encontraba abierto y por lo tanto era difícilmente comparable. Pero además ignoran que, en el caso de los pequeños ahorristas, esa apertura temporal es un rasgo constitutivo de lo que el ahorro representa para muchos de ellos: una forma de resguardo frente a un futuro incierto. Para Pierre Bourdieu, el homo economicus es una suerte de “monstruo antropológico”, un práctico con cabeza de teórico producido por eruditos que ponen en la cabeza de los agentes que estudian sus propias representaciones sobre las prácticas de aquellos (Bourdieu, 2005). Su alternativa frente a la noción de razón económica contenida en aquel modelo es la idea de que los agentes sociales tienen conductas razonables más que racionales, es decir, pueden llevar adelante prácticas de las que es posible dar cuenta a partir de la hipótesis de la racionalidad, sin que esas prácticas estén fundadas en el cálculo racional (Bourdieu, 1997). Esa distancia entre razonabilidad y racionalidad (en el sentido en que la entiende la teoría económica) es fundamental para comprender el problema del que nos ocupamos aquí. Ella permite dar cuenta de las formas plurales que asumen las prácticas económicas y de las distintas representaciones a que dan lugar, al tiempo que señala las diferencias entre estas y los modos eruditos de comprensión de la vida económica. ¿Cómo se transforman las prácticas? Según un estudio realizado en 2006 por la Reserva Federal de Estados Unidos la Argentina se encuentra entre los países con mayor circulación de dólares en billetes, con 1.300 dólares por habitante (Zaiat, 2012: 82-83). 16 CULTURA SOCIAL DEL DÓLAR La estadística es contundente en tanto permite aproximarse a la magnitud de activos que, sin salir del país, son mantenidos por fuera del sistema nanciero –en cajas de seguridad o en el “colchón”. Si a esto se le suma la existencia de una fuga de capitales elevada y persistente, el resultado es un importante nivel de recursos nacionales que no logra ser canalizado hacia el nanciamiento de la inversión. Por estos motivos, la desdolarización de las prácticas económicas constituye un objetivo mayor de la política pública. Ahora bien, ¿cómo es posible producir una transformación semejante? En los últimos dos años, las medidas implementadas por las autoridades apuntaron exclusivamente a cerrar las vías de acceso libre al dólar, eliminando la compra de divisas con nes de atesoramiento y aumentando los controles para la compra para otros propósitos. Sin embargo, tal como lo muestran Alejandro Bercovich y Alejandro Rebossio en un trabajo reciente, el aumento de aquellas restricciones no necesariamente ha forzado una desdolarización de las prácticas económicas (Bercovich y Rebossio, 2013). Al contrario, como en muchos otros casos, el principal resultado de la imposición de una nueva legalidad ha sido la creación de nuevas ilegalidades –incluyendo el estímulo de un mercado de cambio paralelo. El ahorro en dólares forma parte del repertorio nanciero de una parte de la sociedad argentina desde hace cuatro décadas. Es una práctica en la que se han socializado al menos dos generaciones y que, aunque en su origen estuvo indisociablemente ligada al crecimiento de la in"ación, con el tiempo fue mostrando cierta autonomía respecto de ella. En ese sentido, su persistencia hoy se explica tanto por la búsqueda de un refugio frente al deterioro del poder de compra del peso, como por su carácter inercial: es una práctica aprendida, que forma parte del repertorio de experiencia de los agentes. Por estos motivos, para revertirla o desalentarla es necesario algo más que un cambio de normativa. Es preciso, en primer lugar, formular alternativas viables frente a ella. Y para eso resulta indispensable reconocer que no todos los agentes que ahorran en dólares son iguales, ni ahorran con los mismos objetivos, ni tienen idénticas representaciones sobre el ahorro y el dólar. Y si los actores son diferentes, las políticas dirigidas hacia ellos también deberían serlo. Mariana Luzzi. Economía y cultura… 17 Una de las principales limitaciones para plantear alternativas frente al ahorro en dólares está en el sistema bancario. Si bien los niveles de bancarización aumentaron notoriamente en los últimos 15 años, producto sobre todo de la imposición del pago de haberes a través de cuentas bancarias, el vínculo de una parte importante de los clientes bancarios con las instituciones nancieras es muy limitado. A la falta de familiaridad con la inversión nanciera se suma también el peso de experiencias pasadas de congelamiento y reprogramación forzada de depósitos, lo cual no necesariamente mantiene a los ahorristas alejados de los bancos pero sí disminuye su disposición para buscar su asesoramiento experto y realizar colocaciones por plazos largos. En este sentido, la construcción de alternativas al ahorro en dólares no puede ser independiente de una re"exión sobre el sistema nanciero y el rol que se le quiere asignar en el desarrollo económico y social. Para todos los casos, pero fundamentalmente para el de los pequeños ahorristas, la construcción de alternativas aceptables al ahorro en divisas depende en buena medida de una reformulación progresiva del funcionamiento del sistema bancario, en la que se garanticen tanto el acceso universal a los servicios nancieros como la protección de los usuarios. Otra de las dicultades para la disminución del peso del dólar en las prácticas económicas está en la dolarización del mercado inmobiliario. Como se ha señalado en repetidas oportunidades, ese rasgo —excepcional en la región— es uno de los principales obstáculos para la desdolarización, en la medida en que el acceso a la vivienda es una de las nalidades primordiales del ahorro de amplios sectores de la población. Tanto la reformulación del sistema nanciero como la desdolarización del mercado inmobiliario son cambios que no pueden producirse de un día para el otro; al contrario, son transformaciones lentas, que el Estado debe encarar como objetivos de largo plazo. Para ello, es preciso que las políticas públicas asuman que el recurso al dólar no es un fenómeno homogéneo, sino el resultado de un conjunto heterogéneo de prácticas económicas realizadas por diferentes actores, en las que se ponen en juego distintas racionalidades y representaciones. Seguramente, el reconocimiento de esa pluralidad no garantice por sí solo el éxito buscado; pero sin él, todo intento de desdolarización parece condenado al fracaso.
Bibliografìa
Bercovich, A. y Rebossio, A. (2013). Estoy verde. Historia de una pasión argentina. Buenos Aires, Aguilar. Bourdieu, P. (1997). Razones prácticas. Barcelona, Anagrama. Bourdieu, P. (2005). Las estructuras sociales de la economía. Buenos Aires, Manantial. Malic, E. y Asiain, A. (2012) El dólar, ¿la mejor opción para el ahorrista? Cátedra Nacional de Economía. Arturo Jauretche., visitado
el 19 de julio de 2013.
Polanyi, K. (2001). La gran transformación. México, FCE.
Zaiat, A. (2012). Economía a contramano. Cómo entender la economía política. Buenos Aires, Planeta
Mariana LUZZI
DOCTORA EN SOCIOLOGÍA
Para la teoría económica, la moneda es un instrumento neutral destinado a facilitar los intercambios entre distintos individuos o unidades económicas. Si todo va bien, ese instrumento debe desempeñar cuatro funciones diferentes: ser unidad de cuenta, medio de pago, medio de cambio y reserva de valor. La identicación de esas funciones es la base para la denición conceptual de la moneda, y también para la evaluación de las monedas realmente existentes: aquellas que cumplan con todas las funciones serán consideradas fuertes o sanas, aquellas incapaces de desempeñarlas todas, serán débiles o incluso enfermas. La sociología y la antropología conciben al dinero –y por extensión a las monedas–, de un modo distinto: se trata, ante todo, de hechos sociales. Esto signica que, más allá de su existencia objetiva (como monedas, billetes, asientos bancarios u otros), el dinero es siempre la expresión de relaciones sociales. Y lo es al menos en dos sentidos: son lazos sociales los que dan existencia a ese objeto con capacidad para operar como equivalente general y son también lazos sociales los que a través de su uso se crean, recrean y transforman constantemente. En consecuencia, cómo, cuándo y para qué se use el dinero o se elija una moneda u otra no es una cuestión puramente instrumental, sino que responde a los modos en que diferentes relaciones sociales se tejen en distintos momentos y lugares, dando lugar a prácticas plurales y conguraciones sociales distintas. Es desde esta perspectiva que proponemos abordar la cuestión del persistente uso del dólar en la economía argentina. ¿Economía vs cultura? Desde nales de 2011, cuando comenzaron las restricciones a la compra de moneda extranjera, el lugar del dólar en la economía argentina ha vuelto a ser tema privilegiado de debate en diferentes Mariana Luzzi. Economía y cultura… 13 escenarios, y muy particularmente en los medios de comunicación. Periodistas especializados en economía, funcionarios públicos, economistas, politólogos y otros profesionales convocados en calidad de expertos son las voces de una discusión que rápidamente se estructuró en torno de una constatación: la preferencia de los argentinos por el dólar no es sólo una cuestión económica, sino también —y, para algunos, sobre todo— un “problema cultural”. Aunque en realidad nadie aventura una denición precisa del problema, éste parece tener más bien las características de una patología: “trastorno obsesivo compulsivo (TOC) con el dólar”, “psicosis verde”, “elemento folklórico nacional y obsesivo”, “ebre del dólar” son algunas de las expresiones más utilizadas para designarlo. La persistencia del fenómeno a lo largo del tiempo, su carácter recurrente y sobre todo su irracionalidad son los elementos que justican aquella designación: después de varias décadas, una parte importante de la sociedad argentina ahorra en dólares, tanto dentro como fuera de los bancos. Inicialmente lo había hecho como forma de proteger el valor de sus ingresos frente a elevados índices de in"ación, pero no dejó de hacerlo durante períodos de estabilidad. Más aún, esa práctica se prolonga hoy, cuando —crisis internacional mediante— el dólar ya no representa la más rentable de las alternativas de inversión posibles. En síntesis, para quienes deenden esta tesis, la preferencia por el dólar ya no es un comportamiento racional. Y si no es racional, entonces, no es económico. Es cultural. Karl Polanyi consideraba que el esfuerzo –relativamente exitoso– del liberalismo por desencastrar a la economía de las relaciones sociales que la producían y contenían había sido la gran transformación de la modernidad. Pero al mismo tiempo señalaba que ese esfuerzo estaba, en última instancia, destinado al fracaso: no sólo porque desde el inicio de ese proceso la sociedad había ofrecido resistencia frente al dominio creciente del mercado autorregulado, sino, fundamentalmente, porque la economía nunca podría autonomizarse por completo de la sociedad (Polanyi, 2001). La visión de una economía desanclada de las relaciones sociales ha sido, sin embargo, una ilusión poderosa y persistente. Ella se expresa, por ejemplo, en alternativas como la que presentan hoy los debates sobre el dólar: ¿son factores económicos o culturales los que explican la dolarización? Contra lo que la ciencia económica suele pensar, las relaciones sociales –y las representaciones que ellas producen– son constitutivas de la acción económica. No se trata entonces de plantear una disyuntiva (¿economía o cultura?) sino, más bien, una conjunción: ¿qué tipo de cultura de la economía produce determinadas prácticas y dónde tiene su origen histórico y social? 14 CULTURA SOCIAL DEL DÓLAR Cálculos y racionalidades Para quienes entienden la dolarización de las prácticas económicas como un problema cultural, la persistencia de la preferencia de los argentinos por el dólar es irracional. ¿Cuál es el criterio en que se funda esa caracterización? Esencialmente, la existencia de alternativas de inversión más rentables que el dólar. Ahora bien, ¿cómo se evalúan esas alternativas? ¿Para quiénes? ¿En qué marco temporal? Los actores sociales que participan de la demanda de dólares en la Argentina son múltiples. Empresas multinacionales que giran utilidades a sus casas matrices, importadores de diverso tipo, empresarios locales que fugan ganancias al exterior evadiendo obligaciones scales, redes de contrabando y otros negocios ilegales, profesionales y asalariados de niveles medios y altos que compran dólares para atesorar en sus casas o en las cajas de seguridad de los bancos, personas que viajan al exterior o que quieren comprar una vivienda (cuyo mercado está dolarizado desde hace casi 40 años) e inmigrantes que envían remesas a sus países de origen son algunos de los más visibles. No todos pesan de igual modo en el volumen general de la demanda y, sobre todo, no todos buscan los dólares para los mismos nes, ni en los mismos circuitos, ni con la misma frecuencia, ni con igual información ni tampoco haciendo los mismos cálculos. Si se acepta la existencia de estas diferencias entre actores es preciso reconocer también que las alternativas al dólar no son siempre las mismas, ni están igualmente disponibles para todos. Aun si pensamos en el universo de quienes recurren al dólar como forma de inversión, las diferencias son notables. En 2012, un estudio realizado por dos economistas de la UBA (Malic y Asiain, 2012) concluyó que, si se consideraba el período iniciado en 2003, la compra de dólares había sido la peor alternativa de inversión para los pequeños ahorristas argentinos. La conclusión era el resultado de comparar los rendimientos nominales en 2012 de tres inversiones hipotéticas realizadas en 2003: en dólares, en plazo jo y en acciones líderes. ¿Cuáles son las premisas que se encuentran detrás de un ejercicio de este tipo? En primer lugar, que se trata de alternativas de inversión igualmente disponibles para todos los agentes (en este caso, los pequeños ahorristas); en segundo, que la evaluación de la rentabilidad potencial comparada es el elemento central en la decisión de inversión de estos actores; en tercero, que el horizonte temporal sobre el que se proyecta una inversión se conoce de antemano. Mariana Luzzi. Economía y cultura… 15 Sin embargo, estas premisas no se verican necesariamente. En primer lugar, colocar dinero en un plazo jo o comprar acciones son operaciones necesariamente mediadas por el sistema nanciero; comprar dólares para su atesoramiento debajo del colchón, no. Al mismo tiempo, la inversión en los mercados de acciones exige un mínimo de conocimientos sobre el funcionamiento de las nanzas que no todas las personas con capacidad de ahorro poseen o pueden fácilmente adquirir. En segundo lugar, entre los múltiples criterios que inciden en las decisiones de inversión no sólo se encuentra la evaluación de la rentabilidad, sino también (y entre otros) la de los riesgos. En un país con una historia reciente marcada por distintos episodios de congelamiento de depósitos, para muchos ahorristas la intermediación de los bancos puede ser algo que se tiende a evitar, más que a elegir. Finalmente, las evaluaciones que comparan el rendimiento pasado de diferentes inversiones parten de una información que los ahorristas no conocían en el momento de invertir (la evolución en el tiempo de la cotización del dólar, o de las acciones en cuestión). Más aún, asumen como cerrado un horizonte temporal que en aquel momento se encontraba abierto y por lo tanto era difícilmente comparable. Pero además ignoran que, en el caso de los pequeños ahorristas, esa apertura temporal es un rasgo constitutivo de lo que el ahorro representa para muchos de ellos: una forma de resguardo frente a un futuro incierto. Para Pierre Bourdieu, el homo economicus es una suerte de “monstruo antropológico”, un práctico con cabeza de teórico producido por eruditos que ponen en la cabeza de los agentes que estudian sus propias representaciones sobre las prácticas de aquellos (Bourdieu, 2005). Su alternativa frente a la noción de razón económica contenida en aquel modelo es la idea de que los agentes sociales tienen conductas razonables más que racionales, es decir, pueden llevar adelante prácticas de las que es posible dar cuenta a partir de la hipótesis de la racionalidad, sin que esas prácticas estén fundadas en el cálculo racional (Bourdieu, 1997). Esa distancia entre razonabilidad y racionalidad (en el sentido en que la entiende la teoría económica) es fundamental para comprender el problema del que nos ocupamos aquí. Ella permite dar cuenta de las formas plurales que asumen las prácticas económicas y de las distintas representaciones a que dan lugar, al tiempo que señala las diferencias entre estas y los modos eruditos de comprensión de la vida económica. ¿Cómo se transforman las prácticas? Según un estudio realizado en 2006 por la Reserva Federal de Estados Unidos la Argentina se encuentra entre los países con mayor circulación de dólares en billetes, con 1.300 dólares por habitante (Zaiat, 2012: 82-83). 16 CULTURA SOCIAL DEL DÓLAR La estadística es contundente en tanto permite aproximarse a la magnitud de activos que, sin salir del país, son mantenidos por fuera del sistema nanciero –en cajas de seguridad o en el “colchón”. Si a esto se le suma la existencia de una fuga de capitales elevada y persistente, el resultado es un importante nivel de recursos nacionales que no logra ser canalizado hacia el nanciamiento de la inversión. Por estos motivos, la desdolarización de las prácticas económicas constituye un objetivo mayor de la política pública. Ahora bien, ¿cómo es posible producir una transformación semejante? En los últimos dos años, las medidas implementadas por las autoridades apuntaron exclusivamente a cerrar las vías de acceso libre al dólar, eliminando la compra de divisas con nes de atesoramiento y aumentando los controles para la compra para otros propósitos. Sin embargo, tal como lo muestran Alejandro Bercovich y Alejandro Rebossio en un trabajo reciente, el aumento de aquellas restricciones no necesariamente ha forzado una desdolarización de las prácticas económicas (Bercovich y Rebossio, 2013). Al contrario, como en muchos otros casos, el principal resultado de la imposición de una nueva legalidad ha sido la creación de nuevas ilegalidades –incluyendo el estímulo de un mercado de cambio paralelo. El ahorro en dólares forma parte del repertorio nanciero de una parte de la sociedad argentina desde hace cuatro décadas. Es una práctica en la que se han socializado al menos dos generaciones y que, aunque en su origen estuvo indisociablemente ligada al crecimiento de la in"ación, con el tiempo fue mostrando cierta autonomía respecto de ella. En ese sentido, su persistencia hoy se explica tanto por la búsqueda de un refugio frente al deterioro del poder de compra del peso, como por su carácter inercial: es una práctica aprendida, que forma parte del repertorio de experiencia de los agentes. Por estos motivos, para revertirla o desalentarla es necesario algo más que un cambio de normativa. Es preciso, en primer lugar, formular alternativas viables frente a ella. Y para eso resulta indispensable reconocer que no todos los agentes que ahorran en dólares son iguales, ni ahorran con los mismos objetivos, ni tienen idénticas representaciones sobre el ahorro y el dólar. Y si los actores son diferentes, las políticas dirigidas hacia ellos también deberían serlo. Mariana Luzzi. Economía y cultura… 17 Una de las principales limitaciones para plantear alternativas frente al ahorro en dólares está en el sistema bancario. Si bien los niveles de bancarización aumentaron notoriamente en los últimos 15 años, producto sobre todo de la imposición del pago de haberes a través de cuentas bancarias, el vínculo de una parte importante de los clientes bancarios con las instituciones nancieras es muy limitado. A la falta de familiaridad con la inversión nanciera se suma también el peso de experiencias pasadas de congelamiento y reprogramación forzada de depósitos, lo cual no necesariamente mantiene a los ahorristas alejados de los bancos pero sí disminuye su disposición para buscar su asesoramiento experto y realizar colocaciones por plazos largos. En este sentido, la construcción de alternativas al ahorro en dólares no puede ser independiente de una re"exión sobre el sistema nanciero y el rol que se le quiere asignar en el desarrollo económico y social. Para todos los casos, pero fundamentalmente para el de los pequeños ahorristas, la construcción de alternativas aceptables al ahorro en divisas depende en buena medida de una reformulación progresiva del funcionamiento del sistema bancario, en la que se garanticen tanto el acceso universal a los servicios nancieros como la protección de los usuarios. Otra de las dicultades para la disminución del peso del dólar en las prácticas económicas está en la dolarización del mercado inmobiliario. Como se ha señalado en repetidas oportunidades, ese rasgo —excepcional en la región— es uno de los principales obstáculos para la desdolarización, en la medida en que el acceso a la vivienda es una de las nalidades primordiales del ahorro de amplios sectores de la población. Tanto la reformulación del sistema nanciero como la desdolarización del mercado inmobiliario son cambios que no pueden producirse de un día para el otro; al contrario, son transformaciones lentas, que el Estado debe encarar como objetivos de largo plazo. Para ello, es preciso que las políticas públicas asuman que el recurso al dólar no es un fenómeno homogéneo, sino el resultado de un conjunto heterogéneo de prácticas económicas realizadas por diferentes actores, en las que se ponen en juego distintas racionalidades y representaciones. Seguramente, el reconocimiento de esa pluralidad no garantice por sí solo el éxito buscado; pero sin él, todo intento de desdolarización parece condenado al fracaso.
Bibliografìa
Bercovich, A. y Rebossio, A. (2013). Estoy verde. Historia de una pasión argentina. Buenos Aires, Aguilar. Bourdieu, P. (1997). Razones prácticas. Barcelona, Anagrama. Bourdieu, P. (2005). Las estructuras sociales de la economía. Buenos Aires, Manantial. Malic, E. y Asiain, A. (2012) El dólar, ¿la mejor opción para el ahorrista? Cátedra Nacional de Economía. Arturo Jauretche.
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