La modificación del tipo de cambio: sus causas y consecuencias.
Siempre que se habla de economía –en cualquiera de sus variables- hay que tener presente
que detrás de cada idea, de cada intervención, de cada medida de política económica, hay
intereses concretos. Las cuestiones técnicas son siempre subordinadas a la política, que es
la que define el rumbo y, por lo tanto, el sector social que se busca beneficiar. “No tenemos
un modelo económico, tenemos un proyecto político” dijo CFK hace unos meses.
Recientemente ha retomado el centro de la escena el tema del tipo de cambio. Esta es una
variable central para una economía en desarrollo como la nuestra, pero las fuertes
fluctuaciones que se observaron tienen que llevarnos a la prudencia acerca de las hipótesis a
desarrollar.
En los últimos años se observó un incremento de precios y salarios muy por encima de la
devaluación de la moneda. La consecuencia de ello es el abaratamiento de los productos
valuados en dólares (importaciones, turismo) y la mejora del salario medido en esa misma
moneda (o, desde la mirada empresaria, el aumento del costo de la mano de obra en
términos internacionales). O sea, hubo un incremento del salario real, aumentó el poder de
compra.
Esto afecta a sectores industriales que compiten con producción importada y que no han
logrado el suficiente desarrollo como para que esa competencia no sea un escollo para
producir. Para ellos, el tipo de cambio elevado es una barrera (cambiaria) que los ayuda en
esa competencia. Sin embargo, para sectores industriales ya desarrollados o para el sector
agropecuario, el tipo de cambio elevado significa, lisa y llanamente, un incremento de su
renta.
En este contexto es que se dio el fenómeno de la caída de reservas del BCRA que se
observa desde principios de 2011, cuando llegamos a tener algo más de U$S 52.000
millones. Desde ese momento, se fueron reduciendo las divisas por una variedad importante
de razones: incremento de la importaciones (se achicó el superávit comercial), pérdida de la
soberanía energética, incremento del turismo en el exterior, abultados pagos de deuda
contraída por anteriores gestiones, y fuga de capitales (entre otras).
El último punto jugó un rol central en la historia económica y (principalmente) política de
nuestro país. Era una herramienta de presión de los sectores dominantes, lo que les otorgaba
un poder de veto sobre las políticas públicas. Hasta finales de 2011 la adquisición de
divisas era libre y cualquier que quisiera comprar podía hacerlo sin necesidad (previa) de
justificar el origen de esos fondos. Así, quien tuviera la capacidad de coordinar con los
empresarios más grandes (en términos económicos) del país, podía generar una corrida
afectando seriamente la estabilidad cambiaria. Esto ocurrió en el 2008 (año de la crisis
política originada alrededor de la disputa por la renta agraria que suponía la resolución
125), en el 2009 (año de disputa electoral) y en el 2011 (año de renovación presidencial).
En esos años hubo un marcado incremento de la formación de activos externos (fuga de
capitales).
Esta dinámica logró revertirse mediante la limitación impuesta a la compra de divisas (lo
que Clarín llama cepo). La fuga de capitales logró detenerse de manera considerable (llegó
a superar los U$S 23.000 millones en 2008, los U$S 14.000 millones en 2009 y los U$S
21.500 millones en 2011). El éxito de las limitaciones se observa en que menguaron y se
revirtieron las corridas cambiarias a partir de su implementación a fines de 2011: en 2012 la
formación de activos externos (fuga de capitales) fue de U$S 3404 millones y en los
primeros 9 meses de 2013 (último dato publicado), fue de U$S -356 millones. O sea,
reingresaron al país esos dólares fugados previamente.
En este contexto el gobierno nacional decide modificar el tipo de cambio. Aquí es
importante volver a señalar que esto no se debió a que debe haber una paridad entre los
pesos circulantes (base monetaria) y los dólares de las reservas (mediado por el tipo de
cambio). Esa paridad sólo se debe dar en un régimen que lo explicite, como lo fue la
convertibilidad (aún así no se cumplía). Es por esta razón que una parte del endeudamiento
público externo, durante los 90, fue a parar a las reservas: para sostener la paridad entre el
peso y el dólar. Las reservas son un medio de cambio que nos sirven para importar lo que
no producimos y para pagar la deuda que contrajeron otras gestiones. También han servido
para evitar corridas cambiarias como las de los últimos días. Pero no hay ninguna razón
económica para que deban coincidir con la base monetaria.
En los últimos meses presenciamos una aceleración del gradualismo con el que se venía
devaluando la moneda nacional. Las “espaladas anchas” que otorgó la política de
acumulación de reservas, permitió la administración del tipo de cambio –mediante la mayor
o menor intervención del BCRA en el mercado cambiario (conocida como “flotación
sucia”)- y en los últimos meses se había llegado a devaluar al 40/45% anual.
El gradualismo de la política permitía morigerar el impacto de la medida en lo que respecta
a la inflación (todos los costos de reposición de los productos importados acompañan esta
variable, y los que tienen componentes producidos en el extranjero lo hacen
proporcionalmente). A su vez, daba cuenta de la fortaleza del Estado para contener
cualquier intento de generar caos alrededor del tipo de cambio.
Sin embargo, la devaluación pequeña y gradual tenía dos efectos negativos vinculados al
comercio exterior. En primer lugar, los importadores tenían fuertes incentivos a adelantar
pagos, mientras que por otro lado, los exportadores los tenían para retrasar cobros. Los
primeros porque, devaluando 3 centavos por día, el precio en pesos de sus importaciones
aumentaría a ese ritmo, mientras que para los segundos sucedía lo contrario con sus cobros.
Ambas situaciones afectaban en el corto plazo a las reservas del BCRA, porque las que se
requerían para importaciones se adelantaban y las que debían entrar por exportaciones, se
retrasaban.
Llegado a este estado de situación, cabría suponer que el gobierno decidió reacomodar el
precio del dólar y que por un tiempo prolongado se mantendrá estable. Así, el miércoles 22
de enero se registró una fuerte suba de la divisa como consecuencia del retiro voluntario del
BCRA del mercado (alrededor de 25 centavos en el día) pero sin mayores repercusiones.
Sin embargo, al día siguiente, se llegaron a realizar operaciones con más de un peso de
devaluación, pudiendo contener la escalada con la simple pero sólida intervención del
BCRA.
En este punto cabría resaltar que el salto de más de un peso en la cotización del dólar
estuvo vinculado con una operación (desestabilizadora) que realizó la petrolera Shell (pagó
voluntariamente $8,4 cuando cotizaba $7,3). De esta forma, se disparó el precio de
referencia (buscando generar un desmadre) que luego fue reduciéndose con la intervención
señalada. No hay explicación sustentada en una racionalidad económica para que una
empresa decida pagar a $8,4 algo que el mercado se lo ofrece a $7,3 (y deberá responder
ante sus accionistas).
Por esta misma razón es que cabría poner en duda la efectividad potencial del
reacomodamiento del tipo de cambio como camino a inducir la liquidación de
exportaciones y eliminación de adelantos de importaciones. En la entrevista resaltada en el
cuadro, el ministro desliza esa posibilidad: serían las decisiones acertadas si el parámetro es
económico. Lo mismo que pagar por algo $7,3 en lugar de $8,4. Sin embargo, hay motivos
de sobra (como la operación de Shell) para sospechar que el stablishment no está teniendo
una racionalidad económica, sino política. Ya no ponen en cuestión algunos puntos de
rentabilidad. Cuestionan la continuidad de un proyecto político que no consulta y acuerda
con ellos todas las decisiones trascendentes. Es por esto que, unidos y organizados, es muy
probable que sigan sin liquidar la cosecha y adelanten importaciones, siempre y cuando se
le siga permitiendo estas operatorias. Cuanto más esmerilen las reservas, más probabilidad
de obtener el resultado que buscan con las corridas cambiarias: el caos y el cambio de
gobierno.
Sin embargo, no tienen las condiciones para satisfacer sus deseos. El gobierno salió a
demostrar su fortaleza y logró contener el intento de golpe de mercado (bajando la
cotización a $7,75) y al día siguiente redobla la apuesta liberando la adquisición de divisas
para atesoramiento, dando una señal de holgura en este sentido. Sobre este asunto es
importante remarcar dos cosas. En primer lugar, no es que se vuelva a la situación original
donde cualquiera puede comprar la cantidad de dólares que desee sin justificar el origen de
los pesos con los que los adquiere, sino que dependerá del “flujo de ingresos” que tenga
declarado. Esto son los ingresos mensuales del comprador. Por otro lado, solo podrán
adquirir divisas para atesoramiento las personas físicas y no las jurídicas (estas son
empresas, que pueden acceder a divisas pero no para atesorar sino para importar o girar
dividendos en el caso de las extranjeras).
Por último, es importante señalar que, si bien va a seguir existiendo un mercado paralelo e
ilegal, la posibilidad de adquisición para quienes tengan sus ingresos declarados (y tributen
sobre ellos), tendrá un efecto sobre el mercado paralelo (de hecho, había superado los $13 y
cerró la semana en $12) reduciendo las expectativas devaluatorias y todo lo que ello
conlleva (principalmente, inflación). Creemos que este mecanismo funcionará como
limitante para el mercado ilegal del dólar (muy a pesar del deseo de algunos) porque se
generará un precio de referencia al cual se puede acceder, limitadamente por el flujo de
ingresos, pero que dejaría de hacer rentable no declarar ingresos.
Si un agente económico, por ejemplo, un comerciante, un arquitecto, un psicólogo o el
titular de cualquier profesión liberal que no declara sus ventas evadiendo el pago de IVA o
no factura sus servicios carece de posibilidades de acceder al mercado legal de cambios. La
diferencia entre los costos de declarar sus ventas y la diferencia que podría llegar a
generarse accediendo al dólar oficial, daría cuenta de un techo, un disciplinamiento virtuoso
(que excluye a los evasores incentivando la regularización fiscal, y disminuye las tensiones
cambiarias). Desde ya que el mercado ilegal podría seguir consiguiendo abastecimiento,
por medio de actividades inconfesables, reñidas con la ley y que requerían de ingenierías
más complejas que no serían simplemente declarar ingresos sino blanquear capitales.
Otro mecanismo virtuoso que se podría estimular es el de blanqueo de sueldos. Muchos
empleados en relación de dependencia cobran una porción de su salario de manera
informal. Esta situación puede llegar a excluirlos del mercado de cambios o disminuir su
capacidad de compra de divisas. Así se generaría un incentivo para que los empleados
presionen a empleadores en este sentido, principalmente en un contexto como el actual,
donde los trabajadores adquirieron capacidad de negociación.
De todas formas, siendo un mercado ilegal, opaco y pequeño, pueden generarse fuertes
fluctuaciones en períodos breves. Pero si quienes lo desean, logran desmadrar ese mercado,
el efecto manada se vería extremadamente limitado. Se podría concluir, utilizando un
lenguaje poco apropiado (por neoclásico o neoliberal), que el costo marginal del blanquear
ingresos funcionaría como disciplinador de la “brecha” entre el tipo de cambia oficial y el
ilegal.
La Cámpora Secretaria Nacional de Formación
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