jueves, 17 de septiembre de 2015

El golpe de 1955 y el peronismo en la resistencia

                                    El golpe de 1955 y el peronismo en la resistencia
Comisión de Historia de La Cámpora

No me olvides, no me olvides no me olvides, es la flor del que se fue. No me olvides, no me olvides. No me olvides, volveremos otra vez. Es el novio de la patria de la patria que le espera. Volverán los nomeolvides, volverán en primavera. ¡No me olvides, no me olvides, no me olvides! Canta el pueblo de Perón. No me olvides sobre el pecho, no me olvides pegadito al corazón. Poema de Arturo Jauretche, escrito en 1955. Ante la prohibición de todos los símbolos peronistas, se comenzó a usar la flor del nomeolvides como forma de recordar la lealtad a Perón 

El 16 de septiembre de 1955 se produjo el golpe cívico-militar contra el gobierno democrático de Perón. Ese golpe, más allá de sus brutalidades totalitarias, fue la expresión de una alianza de intereses que reaccionaron contra los diez años de conquistas sociales que había producido el peronismo. Entender su dinámica interna y la resistencia social que se le opuso es importante para comprender la historia reciente de nuestro país, así como también los intereses permanentes de los sectores privilegiados de la Argentina. El peronismo, entre su aparición como sujeto político-social con la movilización del 17 de octubre de 1945 y durante el primer periodo como gobierno, entre 1946 y 1955, dio comienzo a un nuevo ciclo histórico, creando una nueva subjetividad política en los sectores populares. Había nacido una identidad clara, decisiva y divisoria de aguas, en tanto representaba intereses y aspiraciones de una mayoría social. El golpe de Estado de 1955 inauguró un nuevo segmento de este capítulo histórico, donde las clases subalternas, ya sin el control del gobierno se enfrentaron a una correlación de fuerzas cambiantes, en general desfavorable. Esta nueva situación implicó la creación de otras formas de expresión y organización del peronismo. Al mismo tiempo, se produjeron reacomodamientos doctrinarios, a partir de pensarse ya no como un amplio frente que debía conducir un gobierno nacional, sino como un movimiento político que, anulada la vía electoral, debía imaginar escenarios de insurrección, boicot, o huelgas como formas de lucha principales. El nombre que adquirió esta etapa es el de “resistencia peronista”, cuyos puntos extremos que lo limitan en el tiempo van de 1955 hasta 1973, cuando después de 18 años, el peronismo puede acceder nuevamente al gobierno por medio de elecciones. El golpe de estado del 1955 contó con el apoyo de distintos actores socioeconómicos cuyas contradicciones internas determinaron parte de la dinámica y las características de este proceso histórico. Por un lado, la intención de los sectores oligárquicos tradicionales (aliados a un ya residual “imperio” británico -en claro declive respecto a EEUU-) de restaurar el ya viejo modelo agroexportador, sin condiciones históricas para lograrlo. Desde la década del 30, y de forma mucho más notable, desde 1943, la Argentina había dejado de ser aquella economía de simple exportación de materias primas. Ahora existía un mercado interno importante, producciones industriales diversas, un Estado articulando intereses y vastos sectores sociales trabajadores y clases medias que se habían incorporado a la producción y el consumo. El retorno a la Argentina de las pasturas, los terratenientes y los peones de bajos salarios era, sencillamente, impracticable. Los grandes empresarios locales, vinculados a la Unión Industrial Argentina, y que habían sido uno de los grandes beneficiarios de la década peronista tendrán como expectativa, luego del golpe del 55, una mayor acumulación del capital para generar el recambio tecnológico en sus plantas y mayores niveles de competitividad. El fin del peronismo como experiencia de gobierno, les garantizaba el fin de la profundización de las conquistas sociales y laborales, y un freno al avance del poder de los trabajadores dentro de las fábricas. El modelo político que acompañó este momento histórico fue el “desarrollismo”, en sintonía con los planes norteamericanos de “modernización” en América latina desde finales de la década del 50 y los 60. Una forma de ver materializada esta alianza es con la llegada de inversiones industriales en el sector automotriz: los países centrales, representados en las firmas líderes del mercado automotor, lograron penetrar dentro del mercado interno local, volviendo “industria nacional” la fabricación de autos, lo que en verdad se reducía al ensamble de piezas importadas. Así, la burguesía industrial local pasó a ser un socio minoritario dentro de una estructura productiva de alcance global, manejada por grandes empresas internacionales, generando una nueva forma de dependencia, en tanto las mayores rentabilidades quedaban para el capital extranjero, así como el control de todo el proceso productivo y comercial. Una vez consolidado el poder militar a fines de 1955, la disputa interna entre los proyectos de dependencia (uno ligado a la economía agroexportadora, el otro a una industrialización bajo control externo), terminó definiéndose en favor de la última alianza descripta (EEUU y burguesía local). Esta forma de “desarrollo”, sin embargo nunca llegó a producir un salto cualitativo que le permita al país convertirse en una economía industrial en forma plena. La importación de los productos de mayor valor agregado, aún en los sectores donde supuestamente estaba la clave del desarrollo nacional, así como la dependencia de inversiones extranjeras o toma de deuda para suplir el déficit generado por este esquema siguieron funcionando como las lógicas predominantes de la economía argentina. Es importante detenerse en esta cuestión: este nuevo proyecto económico se asentaba en la inversión extranjera como agente dinamizador de la estructura productiva, y la llegada de flujos de capital a nuestro país, permitió momentánea euforia producto de la mejora artificial en la balanza de pagos. Es decir, mientras duró el boom inversor generó mayores divisas, lo que permitió un equilibrio entre los pagos de las importaciones y las exportaciones (algo que, en la última fase del peronismo había sido uno los mayores problemas económicos). Sin embargo, esto funcionaba como un espejismo, porque una vez desarrollado el proceso de inversión, producción, venta y acumulación, la parte de las ganancias empresarias no se reinvertían en el país, sino que se fugaban, volviendo a las casas matrices en los países centrales. De esta manera, la balanza volvía a ser deficitaria. A lo que habría que agregar algo clave: luego del Golpe de 1955, la Argentina ingresaría en el FMI, el Banco Mundial y el Club de Paris, iniciando de a poco el ciclo de deuda externa. Lo que provocó el comienzo de la vinculación con el dólar como elemento cada vez más central en las ecuaciones económicas internas del país. Así, el retiro cíclico de capitales mermaba la cantidad de moneda norteamericana, obligando a aplicar los planes de ajuste y las mega devaluaciones, símbolos de los planes económicos de la época. 

La resistencia peronista en la fábrica Pero como la historia demuestra, ningún modelo, sistema o estructura entra en crisis sólo por su propia dinámica, es necesario que un sujeto social concreto lo cuestione. Los sectores populares, los trabajadores organizados, aún en un marco de retroceso después de la caída del peronismo, lograron frenar, al menos parcialmente, los objetivos de este nuevo modelo de acumulación. Para lograr tener un éxito final, el nuevo proyecto de los sectores dominantes necesitaba mayores grados de explotación en las fábricas (lo que traducido al lenguaje de sus defensores sería mayores grados de “productividad”) lo que chocó con la legislación laboral del peronismo. El miedo a una reacción social incontrolable, los gobiernos anti peronistas no se atrevieron a tocar aquella legislación laboral durante estas décadas. De hecho, la defensa de las conquistas laborales y sociales fue una constante de la resistencia peronista y funcionó como el “programa” tácito de los sectores populares. No casualmente es allí donde el primer gobierno dictatorial posterior al golpe puso su energía represiva: a la proscripción general del peronismo le siguió el encarcelamiento masivo de delegados y activistas gremiales junto a la clausura de sindicatos y los intentos por reemplazar a las conducciones tradicionales por otras no peronistas. El objetivo era debilitar al movimiento obrero, generando condiciones para una “racionalización” del proceso productivo, en otras palabras, el objetivo era transferir el poder dentro de la fábrica de los trabajadores a los empresarios. Pero frente a la impotencia de los dirigentes sindicales (y, en muchos casos, su paulatina vinculación con los gobiernos militares o directamente con las empresas) surgieron comisiones internas clandestinas que bajo nuevos liderazgos juveniles comenzaron a usar el sabotaje pasivo o activo, las huelgas focalizadas y las tomas de fábricas como forma de lucha impidiendo o debilitando ese avance patronal. La resistencia peronista contó con distintas fases, cada una con sus peculiaridades, aunque con una identidad que permitió aglutinarlas como una experiencia común. Una de ellas fue la necesidad de readecuar el funcionamiento de la base social peronista al nuevo escenario: de ser dirección política del Estado a tener que hacer política contra un Estado de carácter represivo y prescriptivo. Todo un aprendizaje social, teniendo en cuenta el acostumbramiento de una década donde lo normal era esperar soluciones desde las instituciones. La primera etapa de la resistencia tendrá a John William Cooke, quien había sido diputado nacional durante el gobierno peronista, al mando, designado por Perón en su primer exilio desde el Paraguay. Cooke quedó encargado de organizar la resistencia integral, entendida esta como una batalla librada en todos los terrenos donde se pudiera expresar la contradicción de intereses entre las masas peronistas y las fuerzas reaccionarias. Esto podía darse en el ámbito sindical (sabotaje, huelgas, etc), el militar (como el levantamiento del general Valle en 1956) y circunstancialmente -y de forma camuflada- el electoral (ya sea llamando al voto en blanco o con alianzas tácticas como el voto por Frondizi en 1958). La idea era generar un desgaste paulatino, de menor a mayor, acumulando pequeñas victorias pero cada vez en mayor cantidad, hasta que la estructura de poder quedara paralizada. El objetivo, en todos los casos era la vuelta de Perón al país, para reiniciar otra etapa de ofensiva, y retornar al gobierno. Si bien esto no se lograría en el corto plazo, como suponían los militantes de la segunda mitad de los años 50, la estrategia se mostró correcta, cuando Perón pudo regresar de la mano de la movilización social y el desgaste del anti peronismo que, en todas sus formas, tuvo que resignarse a convocar a elecciones democráticas en 1973. La masificación de las comisiones internas de fábrica llevaron a una legalización de hecho y luego de derecho de la actividad sindical. Esta situación llevó a los gobiernos militares o civiles pero basado en la proscripción al peronismo (como los de Frondizi o Illia) a cambiar la estrategia hacia el movimiento obrero. La ofensiva sobre la fábrica se fue desacelerando, ante la capacidad de respuesta de los trabajadores contra los empresarios y el Estado. El formato de la represión lisa y llana, y la búsqueda por hacer desaparecer al peronismo como expresión política fueron, finalmente, dejados de lado, al advertirse que eran objetivos imposibles de ser realizados. De alguna manera, los sectores dominantes vuelven a pensar distintas formas de “incorporar” al peronismo al sistema: domesticarlo, negociar con algunas de sus ramas, proponer distintas fórmulas de un “peronismo sin Perón”, como caminos para contener la respuesta social creciente, sin entregar el poder que habían recuperado los sectores conservadores después de 1955. Este cambio de estrategia y la moderación del objetivo de construir una sociedad pos peronista, encubría, en verdad, la imposibilidad de imponer un proyecto económico que rompiera la inercia que aún tenían los cambios que había producido el peronismo entre 1945 y 1955. Las fuerzas oligárquicas, de nuevo con llegada directa a los despachos oficiales habían logrado varios puntos de su agenda: la liberalización del control de cambios y de precios, la abolición del I.A.P.I, la entrada del país a los organismos de créditos internacionales, la aparición de un crecimiento constante de la deuda (antes del golpe de Estado el 1976 la Argentina ya debía 7 mil millones de dólares, con Frondizi, en 1958, la deuda era de 2 mil millones, hasta el final del gobierno de Perón era nula). Pero aún con estas victorias relevantes, el bloque dominante no pudo durante los años 50 y 60 cambiar la matriz productiva del país que había configurado el peronismo. Los términos distributivos entre capital y trabajo no pudieron ser modificados drásticamente, la sociedad de pleno empleo se mantuvo, y la legislación laboral permaneció casi intacta. El rol del Estado, por ende, tampoco fue radicalmente modificado, salvo algunos puntos concretos: se privatizaron los colectivos y el frigorífico Lisandro de La Torre -luego de una guerra callejera sin precedentes en nuestra historia, con una ocupación, huelga general y el despido de 9.000 obreros-, pero la función de servir de articulación con la economía no la perdió, aunque ahora, evidentemente, esa articulación estuvo enfocada en ayudar a consolidarse al nuevo capital concentrado local en alianza con el trasnacional. 

El “empate hegemónico” y el ensayo represivo de Onganía 
Los distintos traspiés de las clases dominantes y la imposibilidad de la resistencia de transformar el desgaste en contraofensiva, llevó a un agotamiento de las fuerzas en conflicto. Este “empate” desembocó en la llegada de otro interregno militar, esta vez encabezado por Juan Carlos Onganía, un hombre de perfil mediocre, ultracatólico, que imaginaba un régimen de 20 o 30 años conducido por él mismo, sin apertura democrática. Durante su mandato, que apenas duró cuatro años, supuestamente enfocado en “modernizar” el país, a partir de aumentar la concentración de capital. El objetivo era que, mediante una mayor inversión tecnológica, se podría reemplazar mano de obra y, de esta manera, debilitar la centralidad que tenían los sindicatos industriales. Al mismo tiempo, se prohibieron los partidos políticos por tiempo indeterminado, se coptó a las burocracias sindicales, se reprimió masivamente al movimiento estudiantil (y aún más, se persiguió a reconocidos docentes universitarios, provocando un exilio en masa, lo que se conoció como “la noche de los bastones largos”). Además, se devaluó la moneda y se congelaron los salarios. En conclusión, estas medidas avanzaron sobre los ingresos de los sectores populares y beneficiaron al capital monopólico internacional, verdadero ganador de esta etapa histórica. Luego de un impasse donde reinó la confusión popular, la movilización social retornó con más fuerza, y con una desconocida alianza hasta el momento: la alianza entre trabajadores industriales y el movimiento estudiantil, que tuvo un protagonismo fundamental durante el “Cordobazo” en 1969, pero impregnó a toda la época. Así, ya entrados los años 60, se produjeron insurrecciones y movilizaciones populares como el Cordobazo, el Rosariazo , el Viborazo etc, donde además de mostrar la deslegitimación del régimen militar, se planteó por primera vez desde el golpe de 1955, una alternativa de poder que superaba la estrategia defensiva en que habían quedado los sectores populares. Todo un ciclo de luchas comenzaba ahora, con la juventud como protagonista, el clima de insurrección social y cultural que emergía en muchos países del mundo en ese momento y las características propias de la Argentina, donde el sujeto peronista encontraba el resquicio para volver a poner en la agenda el regreso del líder exiliado. Así, ya no solo se planteaba la retirada de la dictadura, sino que se ponía en cuestión el papel de las cúpulas sindicales, así como la raíz de la dependencia económica. 

La crisis del gobierno militar y el auge de la movilización social
El Cordobazo terminó por limar el poder ya en declive de Onganía, que debió renunciar. Las fuerzas armadas lo reemplazaron por Marcelo Levingston, que a los pocos meses cedió el lugar a Alejandro Lanusse, quien estaría encargado de buscar una salida política al avance de la movilización popular que ya se había mostrado con fuerza durante el gobierno de Onganía. El gobierno de Lannuse, desde su inicio en 1971 estuvo signado por buscar alguna fórmula política que permitiera a las fuerzas armadas retirarse del gobierno, sin ceder todo al peronismo. De esa manera, durante ese año se levantó la prohibición para la actividad política, y comenzaron a tener visibilidad pública los partidos y dirigentes. En ese contexto, Perón todavía desde el exilio en España logró reunir a buena parte del sistema político democrática, a través de la convocatoria de “La hora del pueblo”. Se reunían allí peronistas, radicales, socialistas y conservadores. Todos pugnaban por el restablecimiento de la democracia sin proscripciones, lo cual constituía el objetivo central del peronismo desde 1955. Frente a esto, el gobierno militar de Lanusse propuso el GAN (Gran Acuerdo Nacional) que pretendía erigirse como un acuerdo entre los partidos políticos y las fuerzas armadas, cuyo fin era salvar el honor de las dictaduras que se habían sucedido en los últimos años, y controlar, al menos en parte, la salida democrática. Sin embargo, Perón rechazó el acuerdo y, ante la decisión del gobierno de que los candidatos a presidente tenían que tener residencia en el país, el líder justicialista decidió conformar el FREJULI, encabezado por Héctor Cámpora, donde confluyeron el peronismo, el movimiento de integración y desarrollo, MID, de Arturo Frondizi y sectores de izquierda. Pero el retorno del peronismo estuvo lejos de ser un juego de alta política solamente. Las condiciones sociales y políticas que permitieron el triunfo de Cámpora y luego el regreso de Perón, se construyeron en la movilización popular que había comenzado después del golpe del 55, pero que a comienzos de los setenta tuvo un nuevo pulso, a partir de la incorporación de miles de jóvenes enrolados en la Juventud Peronista. Toda una generación que, en su gran mayoría apenas tenía recuerdos de infancia del peronismo en el poder, o directamente había nacido durante la proscripción, se sumó a la política. Confluían para eso un ambiente general, en buena parte del mundo, con la explosión cultural de los años sesenta que había puesto a los jóvenes en un lugar protagónico como no se había visto antes. La misma identidad “juvenil” fue una creación de aquellos años, con reivindicaciones propias, como la libertad, el combate a la sociedad de consumo, o la ligazón entre sectores medios intelectuales y el mundo del trabajo. Pero además de ese contexto general, que se vivía tanto en Argentina como en Francia o Estados Unidos, una coyuntura local imprimió un carácter absolutamente único: estos jóvenes se incorporaron a un movimiento existente, con raíces populares inocultables, y una experiencia de lucha pero también de gobierno. El peronismo funcionó así como un gran receptor que en esos años tuvo la elasticidad necesaria para incorporar un nuevo lenguaje, más vinculado a la izquierda por momentos, como la consigna de “socialismo nacional”, que estaba ausente en los orígenes del movimiento, o la dinámica movilizadora y de estructuras de militancia en sectores medios y estudiantiles. Este fenómeno fue contemporáneo con un cierto desprestigio de algunos dirigentes sindicales tradicionales que habían entrado en una dinámica negociadora con los poderes militares de turno y habían, en muchos casos, privilegiado sus propios intereses antes que la pertenencia al movimiento peronista. La juventud sirvió, así, como un aire fresco en la larga lucha que venía llevando a cabo el movimiento peronista para recuperar el poder. Su irrupción a comienzos de los años setenta, en un contexto de crisis del régimen militar, ayudó a que tenga un lugar destacado en la campaña electoral de 1973. 

martes, 18 de agosto de 2015

San Martín en la memoria popular

Uno, dos, tres, muchos San Martín

El 17 de agosto de 1850, en un pequeño poblado al norte de Francia, moría José de San Martín. ¿Quién había sido este hombre, que moría desterrado, en medio de privaciones, pero que, al mismo tiempo, sería recordado como una figura fundamental de la historia argentina y americana? San Martín no es sólo una biografía “heroica”, sino una trayectoria vital donde se funden la identidad española y americana, la carrera militar profesional y la intuición de líder político, la aventura del cruce de los Andes y la gestión burocrática de gobierno. El hombre que moría en Francia una mañana de agosto de 1850 era un hombre al que no le fueron ajenas las grandes tensiones de la época. De Yapeyú al mundo Como sabemos, San Martín nació en Yapeyú, un poblado dedicado a la producción agrícola y ganadera, muy lejos de Buenos Aires, con una gran presencia de población indígena y mestiza. Un pequeño círculo de familias de origen español ocupaban los puestos políticos y comerciales más importantes, como era usual en la colonia. Yapeyú, ubicado sobre las costas del río Uruguay en la provincia de Corrientes, había sido fundado por los jesuitas unos años antes del nacimiento de San Martín. Este era el tipo de sociedad en que nació el futuro Libertador, signada por las barreras sociales propias de la era colonial y a la vez, una fuerte presencia de poblaciones indígenas y criollas que poco tiempo después tendrían un papel protagónico durante el proceso de independencia. Un americano español Como tantos otros hijos de españoles, San Martín fue enviado a Madrid para seguir sus estudios y comenzar la carrera militar. Cuando se produjo la invasión francesa en 1808 San Martín era, antes que nada, un oficial del ejército español. San Martín participa como militar de la defensa española ante la invasión de Napoleón pero, a la vez, está ligado a los sectores españoles contrarios a la monarquía absolutista que representaba Fernando VII. Una vez terminada la invasión francesa, el movimiento de las Juntas (de espíritu liberal, que había incluso sancionado una Constitución y pretendía derrotar al absolutismo) fue aplastado por las fuerzas monárquicas. Es ahí cuando San Martín decide viajar a la “América española” donde esa lucha parece todavía posible. Así, mientras San Martín retornaba a sus pagos en 1814, en Europa se consolidaba el absolutismo con la vuelta del rey español Fernando VII al trono. Este capítulo de la vida de San Martín muestra cómo la identidad nacional estaba atravesando un momento de crisis para su generación. Nacido en América, con acento español en el habla por su paso como estudiante y militar en España, la identidad de San Martín no estuvo por fuera de la lucha política que vivió Europa y las colonias. San Martín en América Junto a otros hombres que tendrían un papel protagónico en las guerras de independencia, San Martín se integró a la Logia Lautaro, que luego de su llegada a nuestras costas comenzó a tener una incidencia política fundamental para la vida política del Río de la Plata . 1 Un tiempo antes la revolución estalló en América. La Revolución de Mayo en Buenos Aires se convirtió en uno de los focos rebeldes más importantes del continente. Aquí comienza a reforzarse la identidad americana de San Martín, cada vez más escindida de su origen español, en un contexto donde la disyuntiva se define claramente en torno a la libertad del continente americano respecto al Imperio absolutista de España. En este proceso revolucionario, no exento de internas que luego perfilarían distintos modelos de país, se produce la caída del primer Triunvirato. La conformación de un nuevo gobierno tendría ya 1 Habían tomado el nombre de Lautaro como homenaje al cacique araucano que había resistido contra las fuerzas del español Valdivia logrando capturarlo y ajusticiarlo haciéndolo beber oro líquido. Todo un mensaje de cara a lo que sería su accionar. a San Martín y la logia Lautaro como actores de primera línea, impulsando una nueva dinámica a la revolución, mucho más decidida al camino de la emancipación política. La primera acción militar de San Martín sería en la batalla de San Lorenzo, en la actual provincia de Santa Fe. Luego, el gobierno de Triunvirato lo enviaría al Norte, donde remplazaría en la jefatura del ejército a Manuel Belgrano, quien llevaba largo tiempo conteniendo el avance de los realistas. San Martín cambió la táctica de la guerra: dejó a Martín Miguel de Güemes con sus “Infernales” al frente de la resistencia guerrillera contra el invasor, replegándose en la zona de Cuyo, donde tendría el cargo de gobernador. La construcción de un ejército popular En ese momento es cuando se produce la construcción del ejército de los Andes y en donde se visualiza la concreción del proyecto político-económico de San Martín. El avance de la guerra de independencia implicaba hacerle frente a los problemas de la gestión económica y la decisión de sobre quién debía recaer los gastos militares, fundamentales en un contexto bélico. Puso a sus hombres a trabajar en la producción de pólvora y fusiles y para esto expropió en parte a las clases acomodada de Mendoza. Años después, la historia oficial construiría sobre esta decisión audaz y revolucionaria, la alegre historia de las damas de la alta sociedad donando sus joyas. En este proceso de construcción de una identidad nacional, es importante notar que el ejército de los Andes no tuvo nunca una lógica “argentina”, sino que fue un ejército americano, ya que representaba en su interior las fuerzas de lo que luego sería Argentina y de lo que sería Chile a través del futuro general O´Higgins. San Martín construyó en sus años de gobierno un vínculo igualitario con los indígenas de la zona a quienes reconocía como los dueños de las tierras que iba a atravesar. Asimismo también tuvo una política de integración con los esclavos de origen africano. Es en este período cuando el contexto del fuerte absolutismo europeo hace replantear a los revolucionarios la necesidad de darse la independencia de España. Esta situación estuvo marcada por la posibilidad planteada por Belgrano y San Martín en el Congreso de Tucumán de 1816 de que fuera coronado un rey proveniente del corazón del imperio español en América: un rey inca. Fueron derrotados en esta posición, pero dejaron claro que, ante el contexto que se enfrentaban, la posibilidad de una monarquía constitucional era un avance importantísimo si se garantizaba la independencia. Luego de los triunfos militares del ejército de los andes comenzaron a vislumbrarse cada vez más claros dos proyectos diferentes para las nuevas provincias unidas. San Martín quería seguir hacia Perú, corazón del imperio, dejando en claro que la liberación era americana y que no había posibilidad de ser libres si cada región no se sumaba a esta lucha. Este proyecto fue acompañado por el otro gran libertador, Simón Bolívar. Por otro lado estaba el gobierno de Buenos Aires combatiendo contra el artiguismo, queriendo detener la marcha americana para centrarse únicamente en intereses portuarios. Libertador de América y exiliado político En Perú, sin grandes combates, ordenó la libertad de vientres como lo había hecho la Asamblea del año XIII y generó la medida más confrontada en ese período: la abolición de la servidumbre indígena. A partir de esta situación, los criollos peruanos que utilizaban a los indios como mano de obra comenzaron a llamarlo Rey José y a decir que quería perpetuarse en el poder. San Martín se vio debilitado y cedió el mando a Simón Bolívar, luego de la entrevista de Guayaquil en 1822. San Martín se vio imposibilitado de quedarse en su pago porque le habían puesto precio a su cabeza por desobedecer una orden de Bs As. Por eso se fue a Europa donde va a tener una actividad profusa en la búsqueda del reconocimiento de las independencias americanas por las potencias. San Martín, argentino Quiso volver a la patria llamado por Manuel Dorrego, pero antes de bajar del barco se enteró de su asesinato provocado por la “revolución de diciembre de 1828”, emprendida por el general unitario Lavalle al frente de las tropas que combatieron al Brasil en la Banda Oriental. Ante el desenlace, un desilusionado San Martín le explica a O’Higgins: “En el estado de exaltación a que han llegado las pasiones… no queda otro arbitrio que el exterminio de uno de los dos partidos”. Lavalle, acorralado ante el inminente fracaso de su golpe, quiso entregarle a San Martín la gobernación de la Provincia de Buenos Aires, pero éste se niega y emprende su regreso a Europa, no sin antes decirle a su antiguo subordinado Juan Lavalle que “el general San Martín jamás desenvainará su espada para combatir a sus paisanos”. En Europa, este hombre que había nacido en Yapeyú y que luchó por el sueño de la liberación americana, se transformó en una fuente de consejo sobre los temas de la futura Argentina. Su rol como consejero lo hizo ser partícipe de los procesos políticos que se desarrollaban en su patria y fue por eso que decidió tomar postura cuando las potencias imperiales de Inglaterra y Francia acecharon nuestro territorio. Le hizo llegar su sable corvo a Juan Manuel de Rosas como forma de reconocimiento a quien había resistido el intento de sojuzgamiento imperial en la Vuelta de Obligado. Fue su última gran acción antes de su muerte en 1850. San Martín entró en la historia como uno de los Libertadores de nuestra patria y de la América toda y se le reconoce como hecho fundante de la liberación el cruce de los Andes con su ejército. En nuestra época y desde la Argentina vemos que otro hombre que nació el mismo día que él pero del año sanmartiniano de 1950 decretado por el General Perón, también se ha convertido en un libertador de nuestro pueblo que estaba oprimido bajo las fuerzas neoliberales impuestas de afuera y de adentro. Ese hombre fue Néstor Carlos Kirchner y su cruce de los Andes fue su entrada en la casa de gobierno indicando que no iba a dejar las convicciones en la puerta generando de esa manera un nuevo ejército, otra vez del pueblo, que lo acompañaría en esta nueva gesta patriótica de recuperación de un destino de soberanía, independencia, justicia y dignidad para todos los argentinos.

martes, 4 de agosto de 2015

Situación con el tipo de cambio en la actualidad

La modificación del tipo de cambio: sus causas y consecuencias.
 Siempre que se habla de economía –en cualquiera de sus variables- hay que tener presente que detrás de cada idea, de cada intervención, de cada medida de política económica, hay intereses concretos. Las cuestiones técnicas son siempre subordinadas a la política, que es la que define el rumbo y, por lo tanto, el sector social que se busca beneficiar. “No tenemos un modelo económico, tenemos un proyecto político” dijo CFK hace unos meses. Recientemente ha retomado el centro de la escena el tema del tipo de cambio. Esta es una variable central para una economía en desarrollo como la nuestra, pero las fuertes fluctuaciones que se observaron tienen que llevarnos a la prudencia acerca de las hipótesis a desarrollar. En los últimos años se observó un incremento de precios y salarios muy por encima de la devaluación de la moneda. La consecuencia de ello es el abaratamiento de los productos valuados en dólares (importaciones, turismo) y la mejora del salario medido en esa misma moneda (o, desde la mirada empresaria, el aumento del costo de la mano de obra en términos internacionales). O sea, hubo un incremento del salario real, aumentó el poder de compra. Esto afecta a sectores industriales que compiten con producción importada y que no han logrado el suficiente desarrollo como para que esa competencia no sea un escollo para producir. Para ellos, el tipo de cambio elevado es una barrera (cambiaria) que los ayuda en esa competencia. Sin embargo, para sectores industriales ya desarrollados o para el sector agropecuario, el tipo de cambio elevado significa, lisa y llanamente, un incremento de su renta. En este contexto es que se dio el fenómeno de la caída de reservas del BCRA que se observa desde principios de 2011, cuando llegamos a tener algo más de U$S 52.000 millones. Desde ese momento, se fueron reduciendo las divisas por una variedad importante de razones: incremento de la importaciones (se achicó el superávit comercial), pérdida de la soberanía energética, incremento del turismo en el exterior, abultados pagos de deuda contraída por anteriores gestiones, y fuga de capitales (entre otras). El último punto jugó un rol central en la historia económica y (principalmente) política de nuestro país. Era una herramienta de presión de los sectores dominantes, lo que les otorgaba un poder de veto sobre las políticas públicas. Hasta finales de 2011 la adquisición de divisas era libre y cualquier que quisiera comprar podía hacerlo sin necesidad (previa) de justificar el origen de esos fondos. Así, quien tuviera la capacidad de coordinar con los empresarios más grandes (en términos económicos) del país, podía generar una corrida afectando seriamente la estabilidad cambiaria. Esto ocurrió en el 2008 (año de la crisis política originada alrededor de la disputa por la renta agraria que suponía la resolución 125), en el 2009 (año de disputa electoral) y en el 2011 (año de renovación presidencial). En esos años hubo un marcado incremento de la formación de activos externos (fuga de capitales). Esta dinámica logró revertirse mediante la limitación impuesta a la compra de divisas (lo que Clarín llama cepo). La fuga de capitales logró detenerse de manera considerable (llegó a superar los U$S 23.000 millones en 2008, los U$S 14.000 millones en 2009 y los U$S 21.500 millones en 2011). El éxito de las limitaciones se observa en que menguaron y se revirtieron las corridas cambiarias a partir de su implementación a fines de 2011: en 2012 la formación de activos externos (fuga de capitales) fue de U$S 3404 millones y en los primeros 9 meses de 2013 (último dato publicado), fue de U$S -356 millones. O sea, reingresaron al país esos dólares fugados previamente. En este contexto el gobierno nacional decide modificar el tipo de cambio. Aquí es importante volver a señalar que esto no se debió a que debe haber una paridad entre los pesos circulantes (base monetaria) y los dólares de las reservas (mediado por el tipo de cambio). Esa paridad sólo se debe dar en un régimen que lo explicite, como lo fue la convertibilidad (aún así no se cumplía). Es por esta razón que una parte del endeudamiento público externo, durante los 90, fue a parar a las reservas: para sostener la paridad entre el peso y el dólar. Las reservas son un medio de cambio que nos sirven para importar lo que no producimos y para pagar la deuda que contrajeron otras gestiones. También han servido para evitar corridas cambiarias como las de los últimos días. Pero no hay ninguna razón económica para que deban coincidir con la base monetaria. En los últimos meses presenciamos una aceleración del gradualismo con el que se venía devaluando la moneda nacional. Las “espaladas anchas” que otorgó la política de acumulación de reservas, permitió la administración del tipo de cambio –mediante la mayor o menor intervención del BCRA en el mercado cambiario (conocida como “flotación sucia”)- y en los últimos meses se había llegado a devaluar al 40/45% anual. El gradualismo de la política permitía morigerar el impacto de la medida en lo que respecta a la inflación (todos los costos de reposición de los productos importados acompañan esta variable, y los que tienen componentes producidos en el extranjero lo hacen proporcionalmente). A su vez, daba cuenta de la fortaleza del Estado para contener cualquier intento de generar caos alrededor del tipo de cambio. Sin embargo, la devaluación pequeña y gradual tenía dos efectos negativos vinculados al comercio exterior. En primer lugar, los importadores tenían fuertes incentivos a adelantar pagos, mientras que por otro lado, los exportadores los tenían para retrasar cobros. Los primeros porque, devaluando 3 centavos por día, el precio en pesos de sus importaciones aumentaría a ese ritmo, mientras que para los segundos sucedía lo contrario con sus cobros. Ambas situaciones afectaban en el corto plazo a las reservas del BCRA, porque las que se requerían para importaciones se adelantaban y las que debían entrar por exportaciones, se retrasaban.

 Llegado a este estado de situación, cabría suponer que el gobierno decidió reacomodar el precio del dólar y que por un tiempo prolongado se mantendrá estable. Así, el miércoles 22 de enero se registró una fuerte suba de la divisa como consecuencia del retiro voluntario del BCRA del mercado (alrededor de 25 centavos en el día) pero sin mayores repercusiones. Sin embargo, al día siguiente, se llegaron a realizar operaciones con más de un peso de devaluación, pudiendo contener la escalada con la simple pero sólida intervención del BCRA. En este punto cabría resaltar que el salto de más de un peso en la cotización del dólar estuvo vinculado con una operación (desestabilizadora) que realizó la petrolera Shell (pagó voluntariamente $8,4 cuando cotizaba $7,3). De esta forma, se disparó el precio de referencia (buscando generar un desmadre) que luego fue reduciéndose con la intervención señalada. No hay explicación sustentada en una racionalidad económica para que una empresa decida pagar a $8,4 algo que el mercado se lo ofrece a $7,3 (y deberá responder ante sus accionistas). Por esta misma razón es que cabría poner en duda la efectividad potencial del reacomodamiento del tipo de cambio como camino a inducir la liquidación de exportaciones y eliminación de adelantos de importaciones. En la entrevista resaltada en el cuadro, el ministro desliza esa posibilidad: serían las decisiones acertadas si el parámetro es económico. Lo mismo que pagar por algo $7,3 en lugar de $8,4. Sin embargo, hay motivos de sobra (como la operación de Shell) para sospechar que el stablishment no está teniendo una racionalidad económica, sino política. Ya no ponen en cuestión algunos puntos de rentabilidad. Cuestionan la continuidad de un proyecto político que no consulta y acuerda con ellos todas las decisiones trascendentes. Es por esto que, unidos y organizados, es muy probable que sigan sin liquidar la cosecha y adelanten importaciones, siempre y cuando se le siga permitiendo estas operatorias. Cuanto más esmerilen las reservas, más probabilidad de obtener el resultado que buscan con las corridas cambiarias: el caos y el cambio de gobierno. Sin embargo, no tienen las condiciones para satisfacer sus deseos. El gobierno salió a demostrar su fortaleza y logró contener el intento de golpe de mercado (bajando la cotización a $7,75) y al día siguiente redobla la apuesta liberando la adquisición de divisas para atesoramiento, dando una señal de holgura en este sentido. Sobre este asunto es importante remarcar dos cosas. En primer lugar, no es que se vuelva a la situación original donde cualquiera puede comprar la cantidad de dólares que desee sin justificar el origen de los pesos con los que los adquiere, sino que dependerá del “flujo de ingresos” que tenga declarado. Esto son los ingresos mensuales del comprador. Por otro lado, solo podrán adquirir divisas para atesoramiento las personas físicas y no las jurídicas (estas son empresas, que pueden acceder a divisas pero no para atesorar sino para importar o girar dividendos en el caso de las extranjeras). Por último, es importante señalar que, si bien va a seguir existiendo un mercado paralelo e ilegal, la posibilidad de adquisición para quienes tengan sus ingresos declarados (y tributen sobre ellos), tendrá un efecto sobre el mercado paralelo (de hecho, había superado los $13 y cerró la semana en $12) reduciendo las expectativas devaluatorias y todo lo que ello conlleva (principalmente, inflación). Creemos que este mecanismo funcionará como limitante para el mercado ilegal del dólar (muy a pesar del deseo de algunos) porque se generará un precio de referencia al cual se puede acceder, limitadamente por el flujo de ingresos, pero que dejaría de hacer rentable no declarar ingresos. Si un agente económico, por ejemplo, un comerciante, un arquitecto, un psicólogo o el titular de cualquier profesión liberal que no declara sus ventas evadiendo el pago de IVA o no factura sus servicios carece de posibilidades de acceder al mercado legal de cambios. La diferencia entre los costos de declarar sus ventas y la diferencia que podría llegar a generarse accediendo al dólar oficial, daría cuenta de un techo, un disciplinamiento virtuoso (que excluye a los evasores incentivando la regularización fiscal, y disminuye las tensiones cambiarias). Desde ya que el mercado ilegal podría seguir consiguiendo abastecimiento, por medio de actividades inconfesables, reñidas con la ley y que requerían de ingenierías más complejas que no serían simplemente declarar ingresos sino blanquear capitales. Otro mecanismo virtuoso que se podría estimular es el de blanqueo de sueldos. Muchos empleados en relación de dependencia cobran una porción de su salario de manera informal. Esta situación puede llegar a excluirlos del mercado de cambios o disminuir su capacidad de compra de divisas. Así se generaría un incentivo para que los empleados presionen a empleadores en este sentido, principalmente en un contexto como el actual, donde los trabajadores adquirieron capacidad de negociación. De todas formas, siendo un mercado ilegal, opaco y pequeño, pueden generarse fuertes fluctuaciones en períodos breves. Pero si quienes lo desean, logran desmadrar ese mercado, el efecto manada se vería extremadamente limitado. Se podría concluir, utilizando un lenguaje poco apropiado (por neoclásico o neoliberal), que el costo marginal del blanquear ingresos funcionaría como disciplinador de la “brecha” entre el tipo de cambia oficial y el ilegal.

La Cámpora Secretaria Nacional de Formación

El dólar, un problema económico y cultural de la Argentina

Economía y cultura en las interpretaciones sobre los usos del dólar en la Argentina
Mariana LUZZI
DOCTORA EN SOCIOLOGÍA

 Para la teoría económica, la moneda es un instrumento neutral destinado a facilitar los intercambios entre distintos individuos o unidades económicas. Si todo va bien, ese instrumento debe desempeñar cuatro funciones diferentes: ser unidad de cuenta, medio de pago, medio de cambio y reserva de valor. La identi‚cación de esas funciones es la base para la de‚nición conceptual de la moneda, y también para la evaluación de las monedas realmente existentes: aquellas que cumplan con todas las funciones serán consideradas fuertes o sanas, aquellas incapaces de desempeñarlas todas, serán débiles o incluso enfermas. La sociología y la antropología conciben al dinero –y por extensión a las monedas–, de un modo distinto: se trata, ante todo, de hechos sociales. Esto signi‚ca que, más allá de su existencia objetiva (como monedas, billetes, asientos bancarios u otros), el dinero es siempre la expresión de relaciones sociales. Y lo es al menos en dos sentidos: son lazos sociales los que dan existencia a ese objeto con capacidad para operar como equivalente general y son también lazos sociales los que a través de su uso se crean, recrean y transforman constantemente. En consecuencia, cómo, cuándo y para qué se use el dinero o se elija una moneda u otra no es una cuestión puramente instrumental, sino que responde a los modos en que diferentes relaciones sociales se tejen en distintos momentos y lugares, dando lugar a prácticas plurales y con‚guraciones sociales distintas. Es desde esta perspectiva que proponemos abordar la cuestión del persistente uso del dólar en la economía argentina. ¿Economía vs cultura? Desde ‚nales de 2011, cuando comenzaron las restricciones a la compra de moneda extranjera, el lugar del dólar en la economía argentina ha vuelto a ser tema privilegiado de debate en diferentes Mariana Luzzi. Economía y cultura… 13 escenarios, y muy particularmente en los medios de comunicación. Periodistas especializados en economía, funcionarios públicos, economistas, politólogos y otros profesionales convocados en calidad de expertos son las voces de una discusión que rápidamente se estructuró en torno de una constatación: la preferencia de los argentinos por el dólar no es sólo una cuestión económica, sino también —y, para algunos, sobre todo— un “problema cultural”. Aunque en realidad nadie aventura una de‚nición precisa del problema, éste parece tener más bien las características de una patología: “trastorno obsesivo compulsivo (TOC) con el dólar”, “psicosis verde”, “elemento folklórico nacional y obsesivo”, “‚ebre del dólar” son algunas de las expresiones más utilizadas para designarlo. La persistencia del fenómeno a lo largo del tiempo, su carácter recurrente y sobre todo su irracionalidad son los elementos que justi‚can aquella designación: después de varias décadas, una parte importante de la sociedad argentina ahorra en dólares, tanto dentro como fuera de los bancos. Inicialmente lo había hecho como forma de proteger el valor de sus ingresos frente a elevados índices de in"ación, pero no dejó de hacerlo durante períodos de estabilidad. Más aún, esa práctica se prolonga hoy, cuando —crisis internacional mediante— el dólar ya no representa la más rentable de las alternativas de inversión posibles. En síntesis, para quienes de‚enden esta tesis, la preferencia por el dólar ya no es un comportamiento racional. Y si no es racional, entonces, no es económico. Es cultural. Karl Polanyi consideraba que el esfuerzo –relativamente exitoso– del liberalismo por desencastrar a la economía de las relaciones sociales que la producían y contenían había sido la gran transformación de la modernidad. Pero al mismo tiempo señalaba que ese esfuerzo estaba, en última instancia, destinado al fracaso: no sólo porque desde el inicio de ese proceso la sociedad había ofrecido resistencia frente al dominio creciente del mercado autorregulado, sino, fundamentalmente, porque la economía nunca podría autonomizarse por completo de la sociedad (Polanyi, 2001). La visión de una economía desanclada de las relaciones sociales ha sido, sin embargo, una ilusión poderosa y persistente. Ella se expresa, por ejemplo, en alternativas como la que presentan hoy los debates sobre el dólar: ¿son factores económicos o culturales los que explican la dolarización? Contra lo que la ciencia económica suele pensar, las relaciones sociales –y las representaciones que ellas producen– son constitutivas de la acción económica. No se trata entonces de plantear una disyuntiva (¿economía o cultura?) sino, más bien, una conjunción: ¿qué tipo de cultura de la economía produce determinadas prácticas y dónde tiene su origen histórico y social? 14 CULTURA SOCIAL DEL DÓLAR Cálculos y racionalidades Para quienes entienden la dolarización de las prácticas económicas como un problema cultural, la persistencia de la preferencia de los argentinos por el dólar es irracional. ¿Cuál es el criterio en que se funda esa caracterización? Esencialmente, la existencia de alternativas de inversión más rentables que el dólar. Ahora bien, ¿cómo se evalúan esas alternativas? ¿Para quiénes? ¿En qué marco temporal? Los actores sociales que participan de la demanda de dólares en la Argentina son múltiples. Empresas multinacionales que giran utilidades a sus casas matrices, importadores de diverso tipo, empresarios locales que fugan ganancias al exterior evadiendo obligaciones ‚scales, redes de contrabando y otros negocios ilegales, profesionales y asalariados de niveles medios y altos que compran dólares para atesorar en sus casas o en las cajas de seguridad de los bancos, personas que viajan al exterior o que quieren comprar una vivienda (cuyo mercado está dolarizado desde hace casi 40 años) e inmigrantes que envían remesas a sus países de origen son algunos de los más visibles. No todos pesan de igual modo en el volumen general de la demanda y, sobre todo, no todos buscan los dólares para los mismos ‚nes, ni en los mismos circuitos, ni con la misma frecuencia, ni con igual información ni tampoco haciendo los mismos cálculos. Si se acepta la existencia de estas diferencias entre actores es preciso reconocer también que las alternativas al dólar no son siempre las mismas, ni están igualmente disponibles para todos. Aun si pensamos en el universo de quienes recurren al dólar como forma de inversión, las diferencias son notables. En 2012, un estudio realizado por dos economistas de la UBA (Malic y Asiain, 2012) concluyó que, si se consideraba el período iniciado en 2003, la compra de dólares había sido la peor alternativa de inversión para los pequeños ahorristas argentinos. La conclusión era el resultado de comparar los rendimientos nominales en 2012 de tres inversiones hipotéticas realizadas en 2003: en dólares, en plazo ‚jo y en acciones líderes. ¿Cuáles son las premisas que se encuentran detrás de un ejercicio de este tipo? En primer lugar, que se trata de alternativas de inversión igualmente disponibles para todos los agentes (en este caso, los pequeños ahorristas); en segundo, que la evaluación de la rentabilidad potencial comparada es el elemento central en la decisión de inversión de estos actores; en tercero, que el horizonte temporal sobre el que se proyecta una inversión se conoce de antemano. Mariana Luzzi. Economía y cultura… 15 Sin embargo, estas premisas no se veri‚can necesariamente. En primer lugar, colocar dinero en un plazo ‚jo o comprar acciones son operaciones necesariamente mediadas por el sistema ‚nanciero; comprar dólares para su atesoramiento debajo del colchón, no. Al mismo tiempo, la inversión en los mercados de acciones exige un mínimo de conocimientos sobre el funcionamiento de las ‚nanzas que no todas las personas con capacidad de ahorro poseen o pueden fácilmente adquirir. En segundo lugar, entre los múltiples criterios que inciden en las decisiones de inversión no sólo se encuentra la evaluación de la rentabilidad, sino también (y entre otros) la de los riesgos. En un país con una historia reciente marcada por distintos episodios de congelamiento de depósitos, para muchos ahorristas la intermediación de los bancos puede ser algo que se tiende a evitar, más que a elegir. Finalmente, las evaluaciones que comparan el rendimiento pasado de diferentes inversiones parten de una información que los ahorristas no conocían en el momento de invertir (la evolución en el tiempo de la cotización del dólar, o de las acciones en cuestión). Más aún, asumen como cerrado un horizonte temporal que en aquel momento se encontraba abierto y por lo tanto era difícilmente comparable. Pero además ignoran que, en el caso de los pequeños ahorristas, esa apertura temporal es un rasgo constitutivo de lo que el ahorro representa para muchos de ellos: una forma de resguardo frente a un futuro incierto. Para Pierre Bourdieu, el homo economicus es una suerte de “monstruo antropológico”, un práctico con cabeza de teórico producido por eruditos que ponen en la cabeza de los agentes que estudian sus propias representaciones sobre las prácticas de aquellos (Bourdieu, 2005). Su alternativa frente a la noción de razón económica contenida en aquel modelo es la idea de que los agentes sociales tienen conductas razonables más que racionales, es decir, pueden llevar adelante prácticas de las que es posible dar cuenta a partir de la hipótesis de la racionalidad, sin que esas prácticas estén fundadas en el cálculo racional (Bourdieu, 1997). Esa distancia entre razonabilidad y racionalidad (en el sentido en que la entiende la teoría económica) es fundamental para comprender el problema del que nos ocupamos aquí. Ella permite dar cuenta de las formas plurales que asumen las prácticas económicas y de las distintas representaciones a que dan lugar, al tiempo que señala las diferencias entre estas y los modos eruditos de comprensión de la vida económica. ¿Cómo se transforman las prácticas? Según un estudio realizado en 2006 por la Reserva Federal de Estados Unidos la Argentina se encuentra entre los países con mayor circulación de dólares en billetes, con 1.300 dólares por habitante (Zaiat, 2012: 82-83). 16 CULTURA SOCIAL DEL DÓLAR La estadística es contundente en tanto permite aproximarse a la magnitud de activos que, sin salir del país, son mantenidos por fuera del sistema ‚nanciero –en cajas de seguridad o en el “colchón”. Si a esto se le suma la existencia de una fuga de capitales elevada y persistente, el resultado es un importante nivel de recursos nacionales que no logra ser canalizado hacia el ‚nanciamiento de la inversión. Por estos motivos, la desdolarización de las prácticas económicas constituye un objetivo mayor de la política pública. Ahora bien, ¿cómo es posible producir una transformación semejante? En los últimos dos años, las medidas implementadas por las autoridades apuntaron exclusivamente a cerrar las vías de acceso libre al dólar, eliminando la compra de divisas con ‚nes de atesoramiento y aumentando los controles para la compra para otros propósitos. Sin embargo, tal como lo muestran Alejandro Bercovich y Alejandro Rebossio en un trabajo reciente, el aumento de aquellas restricciones no necesariamente ha forzado una desdolarización de las prácticas económicas (Bercovich y Rebossio, 2013). Al contrario, como en muchos otros casos, el principal resultado de la imposición de una nueva legalidad ha sido la creación de nuevas ilegalidades –incluyendo el estímulo de un mercado de cambio paralelo. El ahorro en dólares forma parte del repertorio ‚nanciero de una parte de la sociedad argentina desde hace cuatro décadas. Es una práctica en la que se han socializado al menos dos generaciones y que, aunque en su origen estuvo indisociablemente ligada al crecimiento de la in"ación, con el tiempo fue mostrando cierta autonomía respecto de ella. En ese sentido, su persistencia hoy se explica tanto por la búsqueda de un refugio frente al deterioro del poder de compra del peso, como por su carácter inercial: es una práctica aprendida, que forma parte del repertorio de experiencia de los agentes. Por estos motivos, para revertirla o desalentarla es necesario algo más que un cambio de normativa. Es preciso, en primer lugar, formular alternativas viables frente a ella. Y para eso resulta indispensable reconocer que no todos los agentes que ahorran en dólares son iguales, ni ahorran con los mismos objetivos, ni tienen idénticas representaciones sobre el ahorro y el dólar. Y si los actores son diferentes, las políticas dirigidas hacia ellos también deberían serlo. Mariana Luzzi. Economía y cultura… 17 Una de las principales limitaciones para plantear alternativas frente al ahorro en dólares está en el sistema bancario. Si bien los niveles de bancarización aumentaron notoriamente en los últimos 15 años, producto sobre todo de la imposición del pago de haberes a través de cuentas bancarias, el vínculo de una parte importante de los clientes bancarios con las instituciones ‚nancieras es muy limitado. A la falta de familiaridad con la inversión ‚nanciera se suma también el peso de experiencias pasadas de congelamiento y reprogramación forzada de depósitos, lo cual no necesariamente mantiene a los ahorristas alejados de los bancos pero sí disminuye su disposición para buscar su asesoramiento experto y realizar colocaciones por plazos largos. En este sentido, la construcción de alternativas al ahorro en dólares no puede ser independiente de una re"exión sobre el sistema ‚nanciero y el rol que se le quiere asignar en el desarrollo económico y social. Para todos los casos, pero fundamentalmente para el de los pequeños ahorristas, la construcción de alternativas aceptables al ahorro en divisas depende en buena medida de una reformulación progresiva del funcionamiento del sistema bancario, en la que se garanticen tanto el acceso universal a los servicios ‚nancieros como la protección de los usuarios. Otra de las di‚cultades para la disminución del peso del dólar en las prácticas económicas está en la dolarización del mercado inmobiliario. Como se ha señalado en repetidas oportunidades, ese rasgo —excepcional en la región— es uno de los principales obstáculos para la desdolarización, en la medida en que el acceso a la vivienda es una de las ‚nalidades primordiales del ahorro de amplios sectores de la población. Tanto la reformulación del sistema ‚nanciero como la desdolarización del mercado inmobiliario son cambios que no pueden producirse de un día para el otro; al contrario, son transformaciones lentas, que el Estado debe encarar como objetivos de largo plazo. Para ello, es preciso que las políticas públicas asuman que el recurso al dólar no es un fenómeno homogéneo, sino el resultado de un conjunto heterogéneo de prácticas económicas realizadas por diferentes actores, en las que se ponen en juego distintas racionalidades y representaciones. Seguramente, el reconocimiento de esa pluralidad no garantice por sí solo el éxito buscado; pero sin él, todo intento de desdolarización parece condenado al fracaso.


 Bibliografìa
Bercovich, A. y Rebossio, A. (2013). Estoy verde. Historia de una pasión argentina. Buenos Aires, Aguilar. Bourdieu, P. (1997). Razones prácticas. Barcelona, Anagrama. Bourdieu, P. (2005). Las estructuras sociales de la economía. Buenos Aires, Manantial. Malic, E. y Asiain, A. (2012) El dólar, ¿la mejor opción para el ahorrista? Cátedra Nacional de Economía. Arturo Jauretche. , visitado el 19 de julio de 2013. Polanyi, K. (2001). La gran transformación. México, FCE. Zaiat, A. (2012). Economía a contramano. Cómo entender la economía política. Buenos Aires, Planeta

lunes, 27 de julio de 2015

26 de Julio de 1952 - A 63 años del fallecimiento de la jefa espiritual del Movimiento Nacional Justicialista - Compañera Eva Duarte de Perón

EFEMÉRIDES: 26 de Julio de 1952 - A 63 años del fallecimiento de la jefa espiritual del Movimiento Nacional Justicialista - Compañera Eva Duarte de Perón

 Hace 63 años pasaba a la inmortalidad Eva Perón la señora de los humildes y abanderada de los pobres. Fue una activa impulsora y celosa guardiana de la revolución justicialista. Esposa, amiga y compañera de Juan Domingo Perón, fundadora del Movimiento Peronista Femenino, activa impulsora del voto femenino y la igualdad de la mujer, creó la Fundación Eva Perón con el cual dio un gran “abrazo de justicia y amor al Pueblo”, como ella misma la definìa. Amada por los pobres y las clases trabajadoras, fue el gran signo de escándalo y locura para las oligarquías, los vendepatria y los sabios y privilegiados. En su funeral, fue despedida por la expresión de dolor popular más multitudinaria y numerosa de la historia argentina. Recordamos parte de su pensamiento escrito: LAS MUJERES Y MI MISION Mi trabajo en el movimiento femenino nació y creció, lo mismo que mi obra de ayuda social y que mi actividad sindical: poco a poco y más bien por fuerza de las circunstancias que por decisión mía. No será esto lo que muchos se imaginan que ocurrió... pero es la verdad. Más romántico o más poético o más literario y novelesco sería que yo dijese por ejemplo que todo lo que hago ahora lo intuía... como una vocación o como un destino especial. ¡Pero no es así! Lo único que traje al campo de estas luchas como preparación fueron sentimientos como aquellos que me hacían pensar en el problema de los pobres y de los ricos. Pero nada más. Nunca imaginé que me iba a tocar algún día encabezar un movimiento femenino en mi país y menos aun un movimiento político. Las circunstancias me abrieron el camino. ¡Ah! Pero yo no me quedé en mi cómodo lugar de Eva Perón. Camino que se abrió entre mis ojos fue camino que tomé, si andar por él podía ayudar un poco a la causa de Perón, que es la causa del pueblo. Yo me imagino que muchas otras mujeres han visto antes que yo los caminos que recorro. La única diferencia entre ellas y yo es que ellas se quedaron y yo me largué. En realidad yo debo confesar que si me animé a la lucha no fue por mí sino por él... ¡por Perón! él me animó a subir. ¡Me sacó de la "bandada de gorriones"! Me enseñó mis primeros pasos de todas mis andanzas. Después, no me faltó nunca el estímulo poderoso y extraordinario de su amor. Reconozco, ante todo, que empecé trabajando en el movimiento femenino porque así lo exigía la causa de Perón. Todo comenzó poco a poco. Cuando me di cuenta presidía ya un movimiento político femenino... y, sobre la marcha, tuve que aceptar la conducción espiritual de las mujeres de mi Patria. Esto me exigió meditar los problemas de la mujer. Y más que meditarlos me exigió sentirlos y sentirlos a la luz de la doctrina con la que Perón empezaba a construir una Nueva Argentina. Recuerdo con qué extraordinario cariño de amigo y de maestro fue el General Perón mostrándome los infinitos problemas de la mujer en mi Patria y en el mundo. En esas conversaciones advertí una vez más lo genial de su figura. Millones de hombres han pasado como él frente al problema cada vez más agudo de la mujer en la humanidad de este siglo angustiado, y creo que muy pocos se han detenido y lo han penetrado como él, como Perón, hasta lo más íntimo. él me enseñó en esto, como en todas las cosas, el camino. Las feministas del mundo dirán que empezar así un movimiento femenino es poco femenino... ¡empezar reconociendo en cierto modo la superioridad de un hombre! No me interesa sin embargo la crítica. Además, reconocer la superioridad de Perón es una cosa distinta. ¡Además... me he propuesto escribir la verdad!
 QUISIERA MOSTRARLES UN CAMINO Lo primero que tuve que hacer en el movimiento femenino de mi Patria, fue resolver el viejo problema de los derechos políticos de la mujer. Durante un siglo -el siglo oscuro y doloroso de la oligarquía egoísta y vende patria- políticos de todos los partidos prometieron muchas veces dar el voto a la mujer. Promesas que nunca cumplieron, como todas las que ellos hicieron al pueblo. Tal vez fue eso una suerte. Si las mujeres hubiésemos empezado a votar en los tiempos de la oligarquía, el desengaño hubiese sido demasiado grande... ¡Tan grande como el engaño mismo de aquellas elecciones en la que todo desmán, todo fraude y toda mentira eran normales! Mejor que no hayamos tenido entonces ningún derecho. Ahora tenemos una ventaja sobre los hombres: ¡No hemos sido burladas...! ¡No hemos entrado en ninguna rara confabulación política! No nos ha manoseado todavía la lucha de ambiciones... Y, sobre todo, nacemos a la vida cívica bajo la bandera de Perón, cuyas elecciones son modelo de pureza y honradez, tal como lo reconocen incluso sus más enconados adversarios, que sólo se rinden a la verdad cuando no es posible inventar ya una sola mentira. Hoy la mujer argentina puede votar y... yo no voy a repetir la frase de un político que al ofrecer a sus conciudadanos una ley electoral dijo demasiado solemnemente:"- Sepa el pueblo votar." No. Yo creo que el pueblo siempre supo votar. Lo malo es que no siempre le fue posible votar. Con la mujer sucede lo mismo. Y sabrá votar. Aunque no es fundamental en el movimiento femenino, el voto es su instrumento poderoso y con él las mujeres del mundo tenemos que conquistar todos nuestros derechos... o mejor dicho el gran derecho de ser simplemente mujeres y poder cumplir así, en forma total y absoluta, la misión que como mujeres debemos cumplir en la humanidad. Lo que yo creo que no podemos olvidar jamás es una cosa que siempre repite Perón a los hombres...: que el voto, vale decir la "política", no es un fin sino u medio... Yo creo que los hombres, en su gran mayoría, sobre todo en los grandes partidos políticos, no entendieron nunca bien esto. Nuestro destino de mujeres depende de que no hagamos lo mismo. Pero... yo no quiero detenerme tanto en este asunto de los derechos políticos de la mujer. Más que eso me interesa ahora la mujer misma. Siento que necesita salvarse. Yo quisiera mostrarle un camino.
UNA IDEA Porque en realidad con las mujeres debe suceder lo mismo que con los hombres, las familias o las naciones: mientras no son económicamente libres, nadie les asigna ningún dinero. Me imagino que mucha gente verá en esta opinión mía, muy personal y muy mía, un concepto demasiado materialista. Y no es así. Yo creo en los valores espirituales. Por otra parte, eso es lo que nos enseña la doctrina justicialista de Perón. Por eso mismo, porque creo en el espíritu, considero que es urgente conciliar en la mujer su necesidad de ser esposa y madre con esa otra necesidad de derechos que como persona humana digna lleva también en lo más íntimo de su corazón. Y un principio de solución pienso yo que será aquella pequeña independencia económica de la que he hablado. Si no hallamos una solución a nuestro dilema, pronto sucederá en el mundo una cosa inconcebible: sólo aceptarán constituir un hogar verdadero (no medio hogar o medio matrimonio) las mujeres menos capaces... las que no encuentren fuera del matrimonio o del hogar otra solución "económica" que sustente sus derechos mínimos. Descenderá entonces la jerarquía de madre de familia al nivel de lo ridículo. Se dirá -y ya se está diciendo- que sólo las tontas queman las naves casándose, creando un hogar, cargándose de hijos. ¡Y eso no puede suceder en el mundo! Son los valores morales los que han quebrado en esta actualidad desastrosa: y no serán los hombres quienes los restituyan a su antiguo prestigio... y no serán tampoco las mujeres masculinizadas. No. ¡Serán otra vez las madres! Esto no sé como probarlo, pero lo siento como una verdad absoluta. Pero ¿cómo conciliar todas las cosas? Para mí sería muy sencillo y no sé si por demasiado sencillo me parece demasiado fácil y a lo mejor... impracticable; aunque muchas veces he visto cómo las cosas que todos estiman demasiado simples son la clave del éxito, el secreto de la victoria. Pienso que habría que empezar por señalar para cada mujer que se casa una asignación mensual desde el día de su matrimonio. Un sueldo que pague a las madres toda la nación y que provenga de los ingresos de todos los que trabajan en el país, incluidas las mujeres. Nadie dirá que no es justo que paguemos un trabajo que, aunque no se vea, requiere cada día el esfuerzo de millones y millones de mujeres cuyo tiempo, cuya vida se gasta en esa monótona pero pesada tarea de limpiar la casa, cuidar la ropa, servir la mesa, criar los hijos..., etc. Aquella asignación podría ser inicialmente la mitad del salario medio nacional y así la mujer ama de casa, señora del hogar, tendría un ingreso propio ajeno a la voluntad del hombre. Luego podrían añadirse a ese sueldo básico los aumentos por cada hijo, mejoras en caso de viudez, pérdida por ingreso a las filas del trabajo, en una palabra todas las modalidades que se consideren útiles a fin de que no se desvirtúen los propósitos iniciales. Yo solamente lanzo la idea. Será necesario darle forma y convertirla, se conviene, en realidad. Yo sé que para nosotros, las mujeres de mi Patria, el problema no es grave ni urgente. Por eso no quiero llevar todavía esta idea al terreno de las realizaciones. Será mejor que la idea sea meditada por todas. Cuando llegue el momento la idea estará madura. La solución que yo aporto es para que no se sienta menos la mujer que funda un hogar que la mujer que gana su vida en una fábrica o en una oficina. Pero no es toda la solución del viejo problema. Hay que añadir a ella una mejor utilización del progreso y de la técnica al servicio del hogar. Y es necesario elevar la cultura general de la mujer para que todo eso: independencia económica y progreso técnico sepa usarlo en beneficio de sus derechos y de su libertad sin que pierda de vista su maravillosa condición de mujer; lo único que no puede y que no debe perder jamás si no quiere perderlo todo. Todo esto me recuerda un poco aquello que fue el programa básico de Perón en su lucha por la liberación de los obreros. él decía que era menester elevar la cultura social, dignificar el trabajo y humanizar el capital. Yo, imitándolo siempre, me permito decir que para salvar a la mujer y por lo tanto al hogar es necesario también elevar la cultura femenina, dignificar el trabajo y humanizar su economía dándole cierta independencia individual mínima. Solamente así, la mujer podrá prepararse para ser esposa y madre tal como se prepara para ser una dactilógrafa... Así se salvarán muchas mujeres de la delincuencia y la prostitución que son fruto de su esclavitud económica. Así se salvará el hogar del desprestigio y le dará verdadera jerarquía de piedra fundamental de la humanidad. Sé que mi solución es más bien una puerta que un camino. Veo que es todavía poco lo que ella significa y que es incompleta. Creo que es necesario hacer mucho más todavía que eso. Porque no se trata de devolver al hogar un prestigio que nunca tuvo sino de darle el que nunca conoció. Yo he tenido que crear muchos institutos donde se cuida a los niños, queriendo sustituir una cosa que es insustituible: una madre y un hogar. Pero sueño siempre con el día en que no sean ya necesarios... cuando la mujer sea lo que debe ser; reina y señora de una familia digna, libre de toda necesidad económica apremiante. Para que ese día llegue es necesario que el movimiento femenino de cada país y del mundo entero se una en el esfuerzo que tiende a realizar el gran objetivo; y que el Justicialismo sea una realidad en todas partes. De nada nos valdría un movimiento femenino organizado en un mundo sin justicia social. Sería como un gran movimiento obrero en un mundo sin trabajo. ¡No serviría para nada! -Eva Perón, “la razón de mi vida”
 LA INTUICION DE LA MUJER El General, en su discurso inaugural, hizo un elogio a la intuición femenina; yo creo también en la intuición femenina de una manera especial y me permito recurrir a esa intuición en esta escuela en que las alumnas y alumnos de una cultura superior pueden colaborar conmigo para tratar de profundizar y de ahondar nuestra historia del peronismo. La intuición no es para mí otra cosa que la inteligencia del corazón; por eso es también facultad y virtud de las mujeres, porque nosotras vivimos guiadas más bien por el corazón que por la inteligencia. Los hombres viven de acuerdo con lo que razonan; nosotras vivimos de acuerdo con lo que sentimos; el amor nos domina el corazón, y todo lo vemos en la vida con los ojos del amor. Yo aquí, como mujer y como peronista, voy a tratar de profundizar la historia del peronismo con el corazón. Los hombres sienten y sufren menos que nosotras; no es un defecto, la naturaleza que es sabia sabrá por qué lo ha hecho. Pero nosotras las mujeres, cuando amamos a un niño, cuando amamos a un anciano, tratamos de consolidar su felicidad. Los hombres con más facilidad pueden destruir, pueden matar. Porque ellos no saben lo que cuesta un hombre; nosotras, sí. -Eva Perón, ”Historia del Peronismo”
 PERON ES BANDERA DE LA HUMANIDAD Perón no sólo es esperanza para los argentinos. Perón ya no nos pertenece; Perón es bandera para todos los pueblos con sed de justicia, con sed de reivindicaciones y con sed de igualdad. Yo he podido comprobar cómo nos envidian muchos porque lo tenemos a Perón; cómo nos quieren otros por lo mismo y cómo disfrutan otros en que haya tantos malos argentinos, creyendo que los malos argentinos serán más y que lo dejarán pasar a Perón, para poder cumplir ellos su política de imperialismo, ya sea de derecha o de izquierda. Los que las disfrutan son las fuerzas del mal en esta Argentina en que los argentinos nos sentimos orgullosos, pero no como antes, por una cuestión de novelería, porque no éramos argentinos con dignidad. Hoy somos argentinos en toda la extensión de la palabra. Somos los argentinos que soñaron los patriotas de ayer, somos los argentinos ya reivindicados, a quienes ha colocado en el sitio de privilegio, el genio, el creador, el conductor, el guía: el general Perón. -Eva Perón, ”Historia del Peronismo”
EL ESPIRITU OLIGARCA EN LA HISTORIA Yo le tengo miedo al espíritu oligarca, por una simple razón. El espíritu oligarca se opone completamente al espíritu del pueblo. Son dos cosas totalmente distintas, como el día y la noche, como el aceite y el vinagre. Vamos a demostrar el espíritu oligarca en la historia, trayendo algunos ejemplos. Yo, en mis luchas diarias –y ustedes lo habrán visto- para ser una buena peronista, trato de ser más humilde, trato de arrojar fuera de mí cualquier vanidad que pudiera albergar mi corazón. Yo no podría ser la esposa del General Perón, ni buena peronista, si tuviera vanidad, orgullo y, sobre todo, ambición, porque la ambición es el espíritu oligarca que perdería completamente a nuestro movimiento. Yo no sé qué pensarán de mi los historiadores y los que comentan la historia, pero yo creo firmemente –y de esta idea no me podrán sacar- que la causa de todos los males de la historia de los pueblos es, precisamente, el predominio del espíritu oligarca sobre el predominio del espíritu del pueblo. ¿Cuál es el espíritu oligarca? Para mí, es el afán de privilegio, es la soberbia, es el orgullo, es la vanidad y es la ambición; es decir, lo que hizo sufrir en Egipto a millares y millares de esclavos que vivían y morían construyendo las pirámides; es el orgullo, la soberbia y la vanidad de unos cuantos privilegiados que hacían sufrir en Grecia y en Roma a los ilotas y a los esclavos; es el espíritu de oligarca de unos pocos espartanos y aristócratas y de unos pocos patricios que gobernaban a Esparta, a Atenas y a Roma; el sufrimiento de millones y millones de hindúes se debió al orgullo de las sectas dominantes; el dolor de la Edad Media se debió a la soberbia de los señores feudales, de los reyes y de los emperadores ambiciosos, que sólo pensaban en dominar a sus iguales; el sufrimiento que provocó la rebeldía del pueblo francés en 1789, la Revolución Francesa, tiene su causa en los privilegios de la nobleza y del alto clero; la Rusia de los zares, que hizo nacer en el mundo la revolución comunista, es otra expresión más de los sufrimientos que ha provocado el espíritu oligarca, la vanidad, la ambición, el egoísmo y el orgullo de unos pocos aplastando a las masas. El peronismo que triunfa el 17 de Octubre es la primera victoria real del espíritu del pueblo sobre la oligarquía. La Revolución Francesa, tal como la historia lo atestigua –y yo trato de profundizarla y de leer mucho de lo que se ha escrito- no fue realizada por el pueblo, sino por la burguesía. Esto no lo recordamos muy frecuentemente. La burguesía explotó el desquicio real en ese pueblo hambriento, desposeído y es por eso que preferimos recordar de la Revolución Francesa tres palabras de su lema: Libertad, Igualdad y Fraternidad, tres hermosas palabras de los intelectualoides franceses que decían cosas muy hermosas, pero que realizaban muy poco. Y es por eso que nos olvidamos de algo extraordinario. Nos olvidamos que la Constitución de 1789 prohibía la agremiación. ¿Puede una revolución ser del pueblo, cuando dicta una Constitución prohibiendo la agremiación? El pueblo siguió a la burguesía, pero ésta no respondió honrada y lealmente a ese pueblo, que se jugó la vida en la calle.La Revolución Francesa quiso suprimir, y lo consiguió, hasta con la guillotina, al privilegio aristocrático, pero trajo al mundo el concepto de la libertad individual absoluta, creando con ese concepto otros privilegios, como el de la riqueza, que condujo luego rápidamente al capitalismo. La revolución rusa también quiso suprimir a la oligarquía aristocrática, utilizando para ello al pueblo, cuya reacción violenta provocó también la muerte de los zares. Pero después se creó en Rusia una nueva oligarquía: la de unos cuantos hombres que no consultan al pueblo, sino que simplemente lo llevan hacia donde quieren. Ellos no hacen lo que el pueblo quiere, sino que el pueblo tiene que hacer lo que ellos quieren. Creo que hay una pequeña diferencia… Tan oligárquico es el sistema feudal como el absolutismo de los reyes, como el sistema de casta que imperó en nuestro país, sistema cerrado con la "Yale" de los apellidos ilustres que nosotros conocemos. Tanto más ilustres esos apellidos cuanto más dinero tenían en el Banco. Tan oligárquico es el sistema capitalista que domina desde Wall Street como el sistema comunista imperante en Rusia. Por ello, afirmo que el peronismo nacido el 17 de Octubre es una victoria del auténtico pueblo sobre la oligarquía. Y para que esa victoria no se pierda, como se perdió la Revolución Francesa y la revolución rusa, es necesario que los dirigentes del movimiento peronista no se dejen influenciar por el espíritu oligarca. Es necesario, para ello, que todas estas cosas que decimos no caigan en el vacío. Yo a veces observo que cuando se dicen cosas importantísimas, nos las aplauden, si tenemos razón, pero en la práctica hacen esos mismos que aplaudieron todo lo contrario. Hay que aplaudir y gritar menos y actuar más. Claro que al decir esto hablo en general. Nuestro movimiento es muy serio, porque tenemos un hombre, el General Perón, que está quemando su vida por legarnos consolidada su doctrina y por entregarnos y depositar en nuestras manos la bandera justicialista y una Patria socialmente justa, económicamente libre y políticamente soberana.
EL HAMBRE Y LOS INTERESES El arma de los imperialismos es el hambre. Nosotros, los pueblos sabemos lo que es morir de hambre. El talón de Aquiles del imperialismo son sus intereses. Donde esos intereses del imperialismo se llamen "petróleo" basta, para vencerlos, con echar una piedra en cada pozo. Donde se llame cobre o estaño basta con que se rompan las máquinas que los extraen de la tierra o que se crucen de brazos los trabajadores explotados... ¡No pueden vencemos! Basta con que nos decidamos. Así quiso que fuese Perón entre nosotros y vencimos. Ya no podrán jamás arrebatarnos nuestra justicia, nuestra libertad y nuestra soberanía. Tendrían que matarnos uno por uno a todos los argentinos. Y eso ya no podrán hacerlo jamás.
EL ODIO Y EL AMOR En años de lucha he aprendido cómo juegan su papel en el gobierno de los pueblos las fuerzas políticas nacionales e internacionales, las fuerzas económicas y espirituales de la tierra, y cómo se disfrazan las ambiciones de los hombres. Yo he visto a Perón enfrentándolos de pie, sereno e imperturbable, mirando siempre más allá de su vida y de su tiempo, con los ojos puestos exclusivamente en la felicidad de su pueblo y en la grandeza de su Patria. Nada ni nadie pudo ni podrá apartarlo de su camino. Yo recuerdo cómo, en los primeros tiempos de su lucha, debió enfrentar la calumnia que intentaba separarlo de sus descamisados: decían que él era un peligro para el pueblo porque era militar. Algunos años después, como la calumnia no prosperó, sus enemigos trataron de enfrentarlo con las fuerzas armadas. Decían que Perón intentaba crear una fuerza en los trabajadores para sustituir el influjo militar en el Gobierno de la República. Sobre todas estas cosas quiero decir la verdad ¡mi auténtica verdad! y espero que alguna vez se imponga sobre tanta mentira, o por lo menos -aunque no me crean- sirva para algo a los pueblos del mundo en sus luchas por la justicia y por la libertad. Declaro que pertenezco ineludiblemente y para siempre a la "ignominiosa raza de los pueblos". De mí no se dirá jamás que traicioné a mi pueblo, mareada por las alturas del poder y de la gloria. Eso lo saben todos los pobres y todos los ricos de mi tierra, por eso me quieren los descamisados y los otros me odian y me calumnian. Nadie niega en mi Patria que, para bien o para mal, yo no me dejé arrancar el alma que traje de la calle. Por eso, porque sigo pensando y sintiendo como pueblo, no he podido vencer todavía nuestro "resentimiento" con la oligarquía que nos explotó. ¡Ni quiero vencerlo! Lo digo todos los días con mi vieja indignación descamisada, dura y torpe, pero sincera como la luz que no sabe cuando alumbra y cuando quema. Como el viento que no distingue entre borrar las nubes del cielo y sembrar la desolación en su camino. No entiendo los términos medios ni las cosas equilibradas. Sólo reconozco dos palabras como hijas predilectas de mi corazón: el odio y el amor. Nunca sé cuando odio ni cuando estoy amando, y en este encuentro confuso del odio y del amor frente a la oligarquía de mi tierra -y frente a todas las oligarquías del mundo- no he podido encontrar el equilibrio que me reconcilie con las fuerzas que sirvieron antaño entre nosotros a la raza maldita de los explotadores.
LOS ALTOS CÍRCULOS Me rebelo indignada con todo el veneno de mi odio, o con todo el incendio de mi amor -no lo sé todavía-, en contra del privilegio que constituyen todavía los altos círculos de las fuerzas armadas y clericales. Tengo plena conciencia de lo que escribo. Sé lo que sienten y lo que piensan de esos círculos los hombres y mujeres humildes que constituyen el pueblo. Todos los pueblos de la humanidad. Yo no los condeno personalmente. Aunque personalmente me combatieron y me combaten como enemiga declarada de sus propósitos y de sus intenciones. En el fondo de mi corazón, yo no deseo otra cosa que salvarlos con mi acusación, señalándoles el camino del pueblo por donde llega el porvenir de la humanidad. Yo sé que la religión es el alma de los pueblos y que a los pueblos les gusta ver en sus ejércitos la fuerza pujante de sus muchachos como garantía de su libertad y expresión de la grandeza de su Patria. Pero sé también que a los pueblos les repugna la prepotencia militar que se atribuye el monopolio de la Patria, y que no se concilian la humildad y la pobreza de Cristo con la fastuosa soberbia de los dignatarios eclesiásticos que se atribuyen el monopolio absoluto de la religión. La Patria es del pueblo, lo mismo que la Religión. No soy antimilitarista ni anticlerical en el sentido en que quieren hacerme aparecer mis enemigos. Lo saben los humildes sacerdotes del pueblo que me comprenden a despecho de algunos altos dignatarios del clero rodeados y cegados por la oligarquía. Lo saben los hombres honrados que en las fuerzas armadas no han perdido contacto con el pueblo. Los que no quieren comprenderme son los enemigos del pueblo metidos a militares. Ellos desprecian al pueblo y por eso desprecian a Perón, que siendo militar abrazó la causa del pueblo aún a costa de abandonar en cierto momento su carrera militar. Yo veo no sólo el panorama de mi propia tierra. Veo el panorama del mundo y en todas partes hay pueblos sometidos por gobiernos que explotan a sus pueblos en beneficio propio o de lejanos intereses. Y detrás de cada gobierno impopular he aprendido a ver ya la presencia militar, solapada y encubierta o descarada y prepotente. En este mensaje de mis verdades, no puedo callar esta verdad irrefutable que se cierne como la más grande sombra cubriendo los horizontes de la humanidad. Es necesario que los pueblos destruyan los altos círculos de sus fuerzas militares gobernando a las naciones. ¿Cómo? Abriendo al pueblo sus cuadros dirigentes. Los ejércitos deben ser del pueblo y servirlo. Deben servir a la causa de la justicia y de la libertad. Es necesario convencerlos de que la Patria no es una geografía de fronteras más o menos dilatadas sino que es el pueblo. La Patria sufre o es feliz en el pueblo que la forma. En la hora de nuestra raza, en la hora de los pueblos, la Patria alcanzará su más alta verdad. Es necesario que los ejércitos del mundo defiendan a sus pueblos sirviendo la causa de la justicia y de la libertad. Solamente así se salvarán los pueblos de caer en el odio contra "eso" que antes se llamaba Patria, y que era una mentira más ¡una bella mentira que inventó la oligarquía cuando empezó a vender la dignidad del pueblo, es decir la dignidad augusta y maravillosa de la Patria!
 EL PUEBLO ES LA ÚNICA FUERZA Yo no sé si no será posible que alguna vez el mundo cancele todo cuanto signifique una fuerza de agresión y desaparezca la necesidad de sostener ejércitos para la defensa, pero mientras eso -que sería lo ideal, acaso lo sobrenatural o lo imposible- no suceda, los pueblos del mundo deben cuidar que sus fuerzas militares no se conviertan en cadenas o instrumentos de su propia opresión. El ejército de mi Patria custodió en 1946 las elecciones que consagraron a Perón presidente de los argentinos. En aquella ocasión, fueron sus militares una garantía para el pueblo. A pesar de eso, yo considero que la función militar no debe ser en ningún caso garantía cívica de la justicia y la libertad. Porque la fuerza suele tentar a los hombres, lo mismo que el dinero. La garantía de la voluntad soberana del pueblo debe estar en el propio pueblo. Sacarla de sus manos es reconocerle una debilidad que no existe, porque los pueblos constituimos por nosotros mismos la fuerza más poderosa que poseen las naciones. Lo único que debemos hacer es adquirir plena conciencia del poder que poseemos y no olvidarnos de que nadie puede hacer nada sin el pueblo, que nadie puede hacer tampoco nada que no quiera el pueblo. ¡Sólo basta que los pueblos nos decidamos a ser dueños de nuestros propios destinos! Todo lo demás es cuestión de enfrentar al destino. ¡Basta eso para vencer! ¡Y si no que lo diga nuestro pueblo!

SERVIR AL PUEBLO En estos momentos el mundo es una inmensa fortaleza. Todos los gobiernos han sido dominados por los altos círculos de sus fuerzas armadas. Así como la Edad Media fue clerical y la iglesia gobernó sobre los pueblos por medio de los reyes y los reyes dominaron a los pueblos valiéndose del clero, así en la Edad de nuestro siglo las fuerzas armadas mandan sobre los pueblos infiltradas en los gobiernos de las naciones y los gobiernos oprimen y sojuzgan y explotan a los pueblos valiéndose del instrumento colosal de sus ejércitos. Todo es militar en este mundo nuestro. Yo no diría una sola palabra si las fuerzas armadas fuesen instrumentos fieles al pueblo. Pero no es así: casi siempre son carne de oligarquía. O porque la oligarquía copó los altos círculos de la oficialidad, o porque los oficiales a los que el pueblo dio a sus fuerzas armadas se entregaron, olvidándose del pueblo, de sus dolores, y de su inmenso dolor. Nosotros, el pueblo, tenemos que ganar las altas jerarquías de las fuerzas armadas de las naciones. No se trata de destruirlas, aunque yo pienso que alguna vez serán inútiles. Se trata de convertirlas al pueblo y después, cuando todos sus dirigentes -sus oficialessean carne y alma del pueblo, habrá que permanecer alertas, vigilándolas para que no se entreguen otra vez. No creo que la solución sea la que adoptaron los espartanos en los años de su decadencia y que los generales tengan que ser elegidos por el pueblo. El pueblo sólo tiene que elegir a sus gobernantes para que ellos hagan lo que el pueblo quiere. Los generales deben servir al gobierno del pueblo con plena y absoluta conciencia de que nada en la Nación puede sobreponerse ni oponerse a la voluntad del pueblo.
LA GRANDEZA O LA FELICIDAD La patria no es patrimonio de ninguna fuerza. La patria es el pueblo y nada puede sobreponerse al pueblo sin que corran peligro la libertad y la justicia. Las fuerzas armadas sirven a la patria sirviendo al pueblo. El gran error de algunas fuerzas armadas consiste en creer que servir a la patria es una cosa distinta. Entonces, en aras de lo que ellos creen que es la patria, no les importa sacrificar al pueblo, sometiéndolo a las reglas de la prepotencia militar. En todos los siglos de la historia ha sucedido lo mismo. El espíritu militar ha considerado que el gran ideal de su existencia consistía en alcanzar la grandeza de la Nación y que, ante ese objetivo supremo se justificaba todo, incluso sacrificar la felicidad del pueblo. Perón nos ha enseñado que la felicidad del pueblo es lo primero; que no se puede hacer la grandeza de un país con un pueblo que no tiene bienestar. Las fuerzas armadas del mundo deben convencerse de esta absoluta verdad del peronismo. Si no es así, los pueblos mismos, por su propia mano, con la conciencia plena de nuestro poderío insuperable, las iremos borrando de la historia de la humanidad.
SOMOS MÁS FUERTES Todas estas ideas y razones me llevan a decirle a mi pueblo y a todos los pueblos del mundo en este mensaje de mis verdades: nadie puede más que nosotros. Somos más fuertes que todas las fuerzas armadas de todas las naciones juntas. Si nosotros no queremos que la fuerza bruta de las armas nos domine, no podrá dominarnos. Con las armas pueden matarnos, pero morir de hambre es más doloroso, y nosotros sabemos lo que es morir por hambre! No podrán matarnos. Los soldados son hijos nuestros y no se atreverán a tirar sobre sus madres aunque los manden miles y miles de oficiales entregados y vendidos a la oligarquía. Podrán vencemos un día, en la noche o de sorpresa, pero si al día siguiente nos largamos a la calle, o nos negamos a trabajar, o saboteamos todo cuanto ellos quieran mandar; tendrán que resignarse a devolvernos la libertad y la justicia. Si toda esta resistencia puede organizarse, mejor; si no, lo mismo venceremos con tal de que tengamos plena conciencia de nuestro poderío soberano. Debemos convencernos definitivamente de una sola cosa: de que el gobierno debe ser del pueblo y que nadie sino el pueblo puede ocuparlo, porque, si no, no será tampoco para el pueblo. La hora de los pueblos no será alcanzada por nuestro siglo si no exigimos participación activa en el gobierno de las naciones. Pero ¿cómo? Como nosotros lo hemos hecho en nuestra tierra, gracias a Perón. Llevando a los obreros y a las mujeres del pueblo a los más altos cargos y responsabilidades del Estado. Y cuidando después que los dirigentes políticos del pueblo y los dirigentes sindicales no pierdan contacto con las masas que representan. Los gobernantes del pueblo deben seguir viviendo con el pueblo. Es una condición fundamental para que los pueblos no empiecen a sentirse traicionados. Y para gobernar con sentido real de lo auténticamente popular. VIVIR CON EL PUEBLO Es lindo vivir con el pueblo. Sentirlo de cerca, sufrir con sus dolores y gozar con la simple alegría de su corazón. Pero nada de todo eso se puede si previamente no se ha decidido definitivamente encarnarse en el pueblo, hacerse una sola carne con él para que todo dolor y toda tristeza y angustia y toda alegría del pueblo sea lo mismo que si fuese nuestra. Eso es lo que yo hice, poco a poco en mi vida. Por eso el pueblo me alegra y me duele. Me alegra cuando lo veo feliz y cuando yo puedo añadir un poco de mi vida a su felicidad. Me duele cuando sufre. Cuando los hombres del pueblo o quienes tienen obligación de servirlo en vez de buscar la felicidad del pueblo lo traicionan. También tengo para ellos una palabra dura y amarga en este mensaje de mis verdades. Yo los he visto marearse por las alturas. Dirigentes obreros entregados a los amos de la oligarquía por una sonrisa, por un banquete o por unas monedas. Los denuncio como traidores entre la inmensa masa de trabajadores de mi pueblo y de todos los pueblos. Hay que cuidarse de ellos: son los peores enemigos del pueblo porque han renegado de nuestra raza. Sufrieron con nosotros pero se olvidaron de nuestro dolor para gozar la vida sonriente que nosotros les dimos otorgándoles una jerarquía sindical. Conocieron el mundo de la mentira, de la riqueza, de la vanidad y en vez de pelear ante ellos por nosotros, por nuestra dura y amarga verdad, se entregaron. No volverán jamás, pero si alguna vez volviesen habría que sellarles la frente con el signo infamante de la traición.
LAS JERARQUÍAS CLERICALES Entre los hombres fríos de mi tiempo señalo a las jerarquías clericales cuya inmensa mayoría padece de una inconcebible indiferencia frente a la realidad sufriente de los pueblos. Declaro con absoluta sinceridad que me duelen como un desengaño estas palabras de mi dura verdad. Yo no he visto sino por excepción entre los altos dignatarios del clero generosidad y amor... como se merecía de ellos la doctrina de Cristo, fuente que inspiró a la doctrina de Perón. En ellos simplemente he visto mezquinos y egoístas intereses y una sórdida ambición de privilegio. Yo los acuso desde mi indignidad, no para el mal sino para el bien. No les reprocho haberlo combatido sordamente a Perón desde sus conciliábulos con la oligarquía. No les reprocho haber sido ingratos con Perón, que les dio de su corazón cristiano lo mejor de su buena voluntad y de su fe. Les reprocho haber abandonado a los pobres, a los humildes, a los descamisados, a los enfermos, y haber preferido en cambio la gloria y los honores de la oligarquía. Les reprocho haber traicionado a Cristo que tuvo misericordia de las turbas. Les reprocho olvidarse del pueblo y haber hecho todo lo posible por ocultar el nombre y la figura de Cristo tras la cortina de humo con que lo inciensan. Yo soy y me siento cristiana. Soy católica, pero no comprendo que la religión de Cristo sea compatible con la oligarquía y el privilegio. Esto no lo entenderé jamás. Como no lo entiende el pueblo. El clero de los nuevos tiempos, si quiere salvar al mundo de la destrucción espiritual, tiene que convertirse al cristianismo. Empezar por descender al pueblo. Como Cristo, vivir con el pueblo, sufrir con el pueblo, sentir con el pueblo. Porque no viven ni sufren ni sienten ni piensan con el pueblo, estos años de Perón están pesando sobre sus corazones sin despertar una sola resonancia. Tienen el corazón cerrado y frío. ¡Ah, si supieran qué lindo es el pueblo, se lanzarían a conquistarlo para Cristo que hoy, como hace dos mil años, tiene misericordia de las turbas! LA RELIGIÓN Cristo les pidió que evangelizasen a los pobres y ellos no debieron jamás abandonar al pueblo donde está la inmensa masa oprimida de los pobres. Los políticos clericales de todos los tiempos y en todos los países quieren ejercer el dominio y aún la explotación del pueblo por medio de la iglesia y la religión. Muchas veces, para desgracia de la fe, el clero ha servido a los políticos enemigos del pueblo predicando una estúpida resignación... que no sé todavía cómo puede conciliarse con la dignidad humana ni con la sed de Justicia cuya bienaventuranza se canta en el Evangelio. También el clero político pretende ejercer en todos los países el dominio y aún la explotación del pueblo por medio del gobierno, lo que también es peligroso para la felicidad del pueblo. Los dos caminos del clericalismo político y de la política clerical deben ser evitados por los pueblos del mundo si quieren ser alguna vez felices. Yo no creo, como Lenín, que la religión sea el opio de los pueblos. La religión debe ser, en cambio, la liberación de los pueblos; porque cuando el hombre se enfrenta con Dios alcanza las alturas de su extraordinaria dignidad. Si no hubiese Dios, si no estuviésemos destinados a Dios, si no existiese religión, el hombre sería un poco de polvo derramado en el abismo de la eternidad. Pero Dios existe y por El somos dignos, y por El todos somos iguales, y ante Él nadie tiene privilegios sobre nadie. ¡Todos somos iguales! Yo no comprendo entonces por qué, en nombre de la religión y en nombre de Dios, puede predicarse la resignación frente a la injusticia. Ni por qué no puede en cambio reclamarse, en nombre de Dios y en nombre de la religión, esos supremos derechos de todos a la justicia y a la libertad. La religión no ha de ser jamás instrumento de opresión para los pueblos. Tiene que ser bandera de rebeldía. La religión está en el alma de los pueblos porque los pueblos viven cerca de Dios, en contacto con el aire puro de la inmensidad. Nadie puede impedir que los pueblos tengan fe. Si la perdiesen, toda la humanidad estaría perdida para siempre. Yo me rebelo contra las "religiones" que hacen agachar la frente de los hombres y el alma de los pueblos. Eso no puede ser religión. La religión debe levantar la cabeza de los hombres. Yo admiro a la religión que puede hacerle decir a un humilde descamisado frente a un emperador: "¡Yo soy lo mismo que Usted, hijo de Dios!" La religión volverá a tener su prestigio entre los pueblos si sus predicadores la enseñan así: como fuerza de rebeldía y de igualdad, no como instrumento de opresión. Predicar la resignación es predicar la esclavitud. Es necesario, en cambio, predicar la libertad y la justicia. ¡Es el amor el único camino por el que la religión podrá llegar a ver el día de los pueblos! LOS AMBICIOSOS Enemigos del pueblo son también los ambiciosos. Muchas veces los he visto llegar hasta Perón, primero como amigos mansos y leales, y yo misma me engañé con ellos, que proclamaban una lealtad que después tuve que desmentir. Los ambiciosos son fríos como culebras pero saben disimular demasiado bien. Son enemigos del pueblo porque ellos no servirán jamás sino a sus intereses personales. Yo los he perseguido en el movimiento peronista y los seguiré persiguiendo implacablemente en defensa del pueblo. Son los caudillos. Tienen el alma cerrada a todo lo que no sean ellos. No trabajan para una doctrina ni les interesa el ideal. La doctrina y el ideal son ellos. La hora de los pueblos no llegará con ningún caudillo porque los caudillos mueren y los pueblos son eternos. Por eso es grande Perón, porque no tiene otra ambición que la felicidad de su pueblo y la grandeza de su Patria. Y porque ha creado una doctrina -una doctrina es un ideal- para que su pueblo siga su doctrina y no su nombre. Yo pienso, en cambio, que los pueblos cuando encuentran un hombre digno de ellos, no siguen su doctrina, sino su nombre. Porque en el hombre y en el nombre ven encarnarse a la doctrina misma y no pueden concebir la doctrina sin su creador. Por eso yo no puedo concebir al justicialismo sin Perón, y por eso he declarado tantas veces que yo soy peronista, no justicialista. Porque el justicialismo es la doctrina, en cambio el peronismo es Perón y la doctrina. ¡La realidad viva que nos hizo y que nos hace felices! Los caudillos en cambio, los ambiciosos, no tienen doctrina porque no tienen otra conducta que su egoísmo. Hay que buscarlos y marcarlos a fuego para que nunca se conviertan en dueños de la vida y las haciendas del pueblo. Yo los he conocido de cerca y de frente, y algunas veces incluso me han engañado, por lo menos momentáneamente. Hay que identificarlos y hay que destruirlos. La causa del pueblo exige nada más que hombres del pueblo que trabajen para el pueblo, no para ellos. En esto se distinguen los ambiciosos: en que trabajan para ellos, nada más que para ellos. Nunca buscan la felicidad del pueblo, siempre buscan más bien su propia vanidad y enriquecerse pronto. El dinero, el poder y los honores son las tres grandes "causas", los tres "ideales" de todos los ambiciosos. No he conocido ningún ambicioso que no buscase alguna de estas tres cosas o las tres al mismo tiempo. Los pueblos deben cuidar a los hombres que elige para regir sus destinos. Y deben rechazarlos y destruirlos cuando los vean sedientos de riqueza, de poder o de honores. La sed de riquezas es fácil de ver. Es lo primero que aparece a la vista de todos. Sobre todo a los dirigentes sindicales hay que cuidarlos mucho. Se marean también ellos y no hay que olvidar que cuando un político se deja dominar por la ambición es nada más que un ambicioso; pero cuando un dirigente sindical se entrega al deseo de dinero, de poder o de honores es un traidor y merece ser castigado como un traidor. El poder y los honores seducen también intensamente a los hombres y los hacen ambiciosos. Empiezan a trabajar para ellos y se olvidan del pueblo. Esta es la única manera de identificarlos. El pueblo tiene que conocerlos y destruirlos. Solamente así, los pueblos serán libres. Porque todo ambicioso es un prepotente capaz de convertirse en un tirano. ¡Hay que cuidarse de ellos como del diablo!

NO QUISIERA MORIRME…
 No quisiera morirme, por Perón y por mis descamisados. No por mí, que he vivido todo lo que tenía que vivir. Perón y los pobres me necesitan. ¿Sabrán mis "grasitas" todo lo que yo los quiero?

 -Eva Perón, “Mi Mensaje”. “
¡Toquen suave, muchachos! La serenata tiembla frente al balcón en alto donde la hermana duerme. Tiene un suspiro tenue que se anuda en la trenza. Le dice adiós un pájaro. Juan la besa en la frente.
 Toquen suave, muchachos, que el silencio nos duela, cómo duelen las cosas que se van y no vuelven. Pero Ella vuelve siempre, y ha de volver inmensa cuando Juan, una tarde de mayo, nos regrese...
¡Toquen suave, muchachos! No se olviden que duerme. Se han callado los astros. La vida se detiene”. -Cátulo Castillo