lunes, 27 de julio de 2015

26 de Julio de 1952 - A 63 años del fallecimiento de la jefa espiritual del Movimiento Nacional Justicialista - Compañera Eva Duarte de Perón

EFEMÉRIDES: 26 de Julio de 1952 - A 63 años del fallecimiento de la jefa espiritual del Movimiento Nacional Justicialista - Compañera Eva Duarte de Perón

 Hace 63 años pasaba a la inmortalidad Eva Perón la señora de los humildes y abanderada de los pobres. Fue una activa impulsora y celosa guardiana de la revolución justicialista. Esposa, amiga y compañera de Juan Domingo Perón, fundadora del Movimiento Peronista Femenino, activa impulsora del voto femenino y la igualdad de la mujer, creó la Fundación Eva Perón con el cual dio un gran “abrazo de justicia y amor al Pueblo”, como ella misma la definìa. Amada por los pobres y las clases trabajadoras, fue el gran signo de escándalo y locura para las oligarquías, los vendepatria y los sabios y privilegiados. En su funeral, fue despedida por la expresión de dolor popular más multitudinaria y numerosa de la historia argentina. Recordamos parte de su pensamiento escrito: LAS MUJERES Y MI MISION Mi trabajo en el movimiento femenino nació y creció, lo mismo que mi obra de ayuda social y que mi actividad sindical: poco a poco y más bien por fuerza de las circunstancias que por decisión mía. No será esto lo que muchos se imaginan que ocurrió... pero es la verdad. Más romántico o más poético o más literario y novelesco sería que yo dijese por ejemplo que todo lo que hago ahora lo intuía... como una vocación o como un destino especial. ¡Pero no es así! Lo único que traje al campo de estas luchas como preparación fueron sentimientos como aquellos que me hacían pensar en el problema de los pobres y de los ricos. Pero nada más. Nunca imaginé que me iba a tocar algún día encabezar un movimiento femenino en mi país y menos aun un movimiento político. Las circunstancias me abrieron el camino. ¡Ah! Pero yo no me quedé en mi cómodo lugar de Eva Perón. Camino que se abrió entre mis ojos fue camino que tomé, si andar por él podía ayudar un poco a la causa de Perón, que es la causa del pueblo. Yo me imagino que muchas otras mujeres han visto antes que yo los caminos que recorro. La única diferencia entre ellas y yo es que ellas se quedaron y yo me largué. En realidad yo debo confesar que si me animé a la lucha no fue por mí sino por él... ¡por Perón! él me animó a subir. ¡Me sacó de la "bandada de gorriones"! Me enseñó mis primeros pasos de todas mis andanzas. Después, no me faltó nunca el estímulo poderoso y extraordinario de su amor. Reconozco, ante todo, que empecé trabajando en el movimiento femenino porque así lo exigía la causa de Perón. Todo comenzó poco a poco. Cuando me di cuenta presidía ya un movimiento político femenino... y, sobre la marcha, tuve que aceptar la conducción espiritual de las mujeres de mi Patria. Esto me exigió meditar los problemas de la mujer. Y más que meditarlos me exigió sentirlos y sentirlos a la luz de la doctrina con la que Perón empezaba a construir una Nueva Argentina. Recuerdo con qué extraordinario cariño de amigo y de maestro fue el General Perón mostrándome los infinitos problemas de la mujer en mi Patria y en el mundo. En esas conversaciones advertí una vez más lo genial de su figura. Millones de hombres han pasado como él frente al problema cada vez más agudo de la mujer en la humanidad de este siglo angustiado, y creo que muy pocos se han detenido y lo han penetrado como él, como Perón, hasta lo más íntimo. él me enseñó en esto, como en todas las cosas, el camino. Las feministas del mundo dirán que empezar así un movimiento femenino es poco femenino... ¡empezar reconociendo en cierto modo la superioridad de un hombre! No me interesa sin embargo la crítica. Además, reconocer la superioridad de Perón es una cosa distinta. ¡Además... me he propuesto escribir la verdad!
 QUISIERA MOSTRARLES UN CAMINO Lo primero que tuve que hacer en el movimiento femenino de mi Patria, fue resolver el viejo problema de los derechos políticos de la mujer. Durante un siglo -el siglo oscuro y doloroso de la oligarquía egoísta y vende patria- políticos de todos los partidos prometieron muchas veces dar el voto a la mujer. Promesas que nunca cumplieron, como todas las que ellos hicieron al pueblo. Tal vez fue eso una suerte. Si las mujeres hubiésemos empezado a votar en los tiempos de la oligarquía, el desengaño hubiese sido demasiado grande... ¡Tan grande como el engaño mismo de aquellas elecciones en la que todo desmán, todo fraude y toda mentira eran normales! Mejor que no hayamos tenido entonces ningún derecho. Ahora tenemos una ventaja sobre los hombres: ¡No hemos sido burladas...! ¡No hemos entrado en ninguna rara confabulación política! No nos ha manoseado todavía la lucha de ambiciones... Y, sobre todo, nacemos a la vida cívica bajo la bandera de Perón, cuyas elecciones son modelo de pureza y honradez, tal como lo reconocen incluso sus más enconados adversarios, que sólo se rinden a la verdad cuando no es posible inventar ya una sola mentira. Hoy la mujer argentina puede votar y... yo no voy a repetir la frase de un político que al ofrecer a sus conciudadanos una ley electoral dijo demasiado solemnemente:"- Sepa el pueblo votar." No. Yo creo que el pueblo siempre supo votar. Lo malo es que no siempre le fue posible votar. Con la mujer sucede lo mismo. Y sabrá votar. Aunque no es fundamental en el movimiento femenino, el voto es su instrumento poderoso y con él las mujeres del mundo tenemos que conquistar todos nuestros derechos... o mejor dicho el gran derecho de ser simplemente mujeres y poder cumplir así, en forma total y absoluta, la misión que como mujeres debemos cumplir en la humanidad. Lo que yo creo que no podemos olvidar jamás es una cosa que siempre repite Perón a los hombres...: que el voto, vale decir la "política", no es un fin sino u medio... Yo creo que los hombres, en su gran mayoría, sobre todo en los grandes partidos políticos, no entendieron nunca bien esto. Nuestro destino de mujeres depende de que no hagamos lo mismo. Pero... yo no quiero detenerme tanto en este asunto de los derechos políticos de la mujer. Más que eso me interesa ahora la mujer misma. Siento que necesita salvarse. Yo quisiera mostrarle un camino.
UNA IDEA Porque en realidad con las mujeres debe suceder lo mismo que con los hombres, las familias o las naciones: mientras no son económicamente libres, nadie les asigna ningún dinero. Me imagino que mucha gente verá en esta opinión mía, muy personal y muy mía, un concepto demasiado materialista. Y no es así. Yo creo en los valores espirituales. Por otra parte, eso es lo que nos enseña la doctrina justicialista de Perón. Por eso mismo, porque creo en el espíritu, considero que es urgente conciliar en la mujer su necesidad de ser esposa y madre con esa otra necesidad de derechos que como persona humana digna lleva también en lo más íntimo de su corazón. Y un principio de solución pienso yo que será aquella pequeña independencia económica de la que he hablado. Si no hallamos una solución a nuestro dilema, pronto sucederá en el mundo una cosa inconcebible: sólo aceptarán constituir un hogar verdadero (no medio hogar o medio matrimonio) las mujeres menos capaces... las que no encuentren fuera del matrimonio o del hogar otra solución "económica" que sustente sus derechos mínimos. Descenderá entonces la jerarquía de madre de familia al nivel de lo ridículo. Se dirá -y ya se está diciendo- que sólo las tontas queman las naves casándose, creando un hogar, cargándose de hijos. ¡Y eso no puede suceder en el mundo! Son los valores morales los que han quebrado en esta actualidad desastrosa: y no serán los hombres quienes los restituyan a su antiguo prestigio... y no serán tampoco las mujeres masculinizadas. No. ¡Serán otra vez las madres! Esto no sé como probarlo, pero lo siento como una verdad absoluta. Pero ¿cómo conciliar todas las cosas? Para mí sería muy sencillo y no sé si por demasiado sencillo me parece demasiado fácil y a lo mejor... impracticable; aunque muchas veces he visto cómo las cosas que todos estiman demasiado simples son la clave del éxito, el secreto de la victoria. Pienso que habría que empezar por señalar para cada mujer que se casa una asignación mensual desde el día de su matrimonio. Un sueldo que pague a las madres toda la nación y que provenga de los ingresos de todos los que trabajan en el país, incluidas las mujeres. Nadie dirá que no es justo que paguemos un trabajo que, aunque no se vea, requiere cada día el esfuerzo de millones y millones de mujeres cuyo tiempo, cuya vida se gasta en esa monótona pero pesada tarea de limpiar la casa, cuidar la ropa, servir la mesa, criar los hijos..., etc. Aquella asignación podría ser inicialmente la mitad del salario medio nacional y así la mujer ama de casa, señora del hogar, tendría un ingreso propio ajeno a la voluntad del hombre. Luego podrían añadirse a ese sueldo básico los aumentos por cada hijo, mejoras en caso de viudez, pérdida por ingreso a las filas del trabajo, en una palabra todas las modalidades que se consideren útiles a fin de que no se desvirtúen los propósitos iniciales. Yo solamente lanzo la idea. Será necesario darle forma y convertirla, se conviene, en realidad. Yo sé que para nosotros, las mujeres de mi Patria, el problema no es grave ni urgente. Por eso no quiero llevar todavía esta idea al terreno de las realizaciones. Será mejor que la idea sea meditada por todas. Cuando llegue el momento la idea estará madura. La solución que yo aporto es para que no se sienta menos la mujer que funda un hogar que la mujer que gana su vida en una fábrica o en una oficina. Pero no es toda la solución del viejo problema. Hay que añadir a ella una mejor utilización del progreso y de la técnica al servicio del hogar. Y es necesario elevar la cultura general de la mujer para que todo eso: independencia económica y progreso técnico sepa usarlo en beneficio de sus derechos y de su libertad sin que pierda de vista su maravillosa condición de mujer; lo único que no puede y que no debe perder jamás si no quiere perderlo todo. Todo esto me recuerda un poco aquello que fue el programa básico de Perón en su lucha por la liberación de los obreros. él decía que era menester elevar la cultura social, dignificar el trabajo y humanizar el capital. Yo, imitándolo siempre, me permito decir que para salvar a la mujer y por lo tanto al hogar es necesario también elevar la cultura femenina, dignificar el trabajo y humanizar su economía dándole cierta independencia individual mínima. Solamente así, la mujer podrá prepararse para ser esposa y madre tal como se prepara para ser una dactilógrafa... Así se salvarán muchas mujeres de la delincuencia y la prostitución que son fruto de su esclavitud económica. Así se salvará el hogar del desprestigio y le dará verdadera jerarquía de piedra fundamental de la humanidad. Sé que mi solución es más bien una puerta que un camino. Veo que es todavía poco lo que ella significa y que es incompleta. Creo que es necesario hacer mucho más todavía que eso. Porque no se trata de devolver al hogar un prestigio que nunca tuvo sino de darle el que nunca conoció. Yo he tenido que crear muchos institutos donde se cuida a los niños, queriendo sustituir una cosa que es insustituible: una madre y un hogar. Pero sueño siempre con el día en que no sean ya necesarios... cuando la mujer sea lo que debe ser; reina y señora de una familia digna, libre de toda necesidad económica apremiante. Para que ese día llegue es necesario que el movimiento femenino de cada país y del mundo entero se una en el esfuerzo que tiende a realizar el gran objetivo; y que el Justicialismo sea una realidad en todas partes. De nada nos valdría un movimiento femenino organizado en un mundo sin justicia social. Sería como un gran movimiento obrero en un mundo sin trabajo. ¡No serviría para nada! -Eva Perón, “la razón de mi vida”
 LA INTUICION DE LA MUJER El General, en su discurso inaugural, hizo un elogio a la intuición femenina; yo creo también en la intuición femenina de una manera especial y me permito recurrir a esa intuición en esta escuela en que las alumnas y alumnos de una cultura superior pueden colaborar conmigo para tratar de profundizar y de ahondar nuestra historia del peronismo. La intuición no es para mí otra cosa que la inteligencia del corazón; por eso es también facultad y virtud de las mujeres, porque nosotras vivimos guiadas más bien por el corazón que por la inteligencia. Los hombres viven de acuerdo con lo que razonan; nosotras vivimos de acuerdo con lo que sentimos; el amor nos domina el corazón, y todo lo vemos en la vida con los ojos del amor. Yo aquí, como mujer y como peronista, voy a tratar de profundizar la historia del peronismo con el corazón. Los hombres sienten y sufren menos que nosotras; no es un defecto, la naturaleza que es sabia sabrá por qué lo ha hecho. Pero nosotras las mujeres, cuando amamos a un niño, cuando amamos a un anciano, tratamos de consolidar su felicidad. Los hombres con más facilidad pueden destruir, pueden matar. Porque ellos no saben lo que cuesta un hombre; nosotras, sí. -Eva Perón, ”Historia del Peronismo”
 PERON ES BANDERA DE LA HUMANIDAD Perón no sólo es esperanza para los argentinos. Perón ya no nos pertenece; Perón es bandera para todos los pueblos con sed de justicia, con sed de reivindicaciones y con sed de igualdad. Yo he podido comprobar cómo nos envidian muchos porque lo tenemos a Perón; cómo nos quieren otros por lo mismo y cómo disfrutan otros en que haya tantos malos argentinos, creyendo que los malos argentinos serán más y que lo dejarán pasar a Perón, para poder cumplir ellos su política de imperialismo, ya sea de derecha o de izquierda. Los que las disfrutan son las fuerzas del mal en esta Argentina en que los argentinos nos sentimos orgullosos, pero no como antes, por una cuestión de novelería, porque no éramos argentinos con dignidad. Hoy somos argentinos en toda la extensión de la palabra. Somos los argentinos que soñaron los patriotas de ayer, somos los argentinos ya reivindicados, a quienes ha colocado en el sitio de privilegio, el genio, el creador, el conductor, el guía: el general Perón. -Eva Perón, ”Historia del Peronismo”
EL ESPIRITU OLIGARCA EN LA HISTORIA Yo le tengo miedo al espíritu oligarca, por una simple razón. El espíritu oligarca se opone completamente al espíritu del pueblo. Son dos cosas totalmente distintas, como el día y la noche, como el aceite y el vinagre. Vamos a demostrar el espíritu oligarca en la historia, trayendo algunos ejemplos. Yo, en mis luchas diarias –y ustedes lo habrán visto- para ser una buena peronista, trato de ser más humilde, trato de arrojar fuera de mí cualquier vanidad que pudiera albergar mi corazón. Yo no podría ser la esposa del General Perón, ni buena peronista, si tuviera vanidad, orgullo y, sobre todo, ambición, porque la ambición es el espíritu oligarca que perdería completamente a nuestro movimiento. Yo no sé qué pensarán de mi los historiadores y los que comentan la historia, pero yo creo firmemente –y de esta idea no me podrán sacar- que la causa de todos los males de la historia de los pueblos es, precisamente, el predominio del espíritu oligarca sobre el predominio del espíritu del pueblo. ¿Cuál es el espíritu oligarca? Para mí, es el afán de privilegio, es la soberbia, es el orgullo, es la vanidad y es la ambición; es decir, lo que hizo sufrir en Egipto a millares y millares de esclavos que vivían y morían construyendo las pirámides; es el orgullo, la soberbia y la vanidad de unos cuantos privilegiados que hacían sufrir en Grecia y en Roma a los ilotas y a los esclavos; es el espíritu de oligarca de unos pocos espartanos y aristócratas y de unos pocos patricios que gobernaban a Esparta, a Atenas y a Roma; el sufrimiento de millones y millones de hindúes se debió al orgullo de las sectas dominantes; el dolor de la Edad Media se debió a la soberbia de los señores feudales, de los reyes y de los emperadores ambiciosos, que sólo pensaban en dominar a sus iguales; el sufrimiento que provocó la rebeldía del pueblo francés en 1789, la Revolución Francesa, tiene su causa en los privilegios de la nobleza y del alto clero; la Rusia de los zares, que hizo nacer en el mundo la revolución comunista, es otra expresión más de los sufrimientos que ha provocado el espíritu oligarca, la vanidad, la ambición, el egoísmo y el orgullo de unos pocos aplastando a las masas. El peronismo que triunfa el 17 de Octubre es la primera victoria real del espíritu del pueblo sobre la oligarquía. La Revolución Francesa, tal como la historia lo atestigua –y yo trato de profundizarla y de leer mucho de lo que se ha escrito- no fue realizada por el pueblo, sino por la burguesía. Esto no lo recordamos muy frecuentemente. La burguesía explotó el desquicio real en ese pueblo hambriento, desposeído y es por eso que preferimos recordar de la Revolución Francesa tres palabras de su lema: Libertad, Igualdad y Fraternidad, tres hermosas palabras de los intelectualoides franceses que decían cosas muy hermosas, pero que realizaban muy poco. Y es por eso que nos olvidamos de algo extraordinario. Nos olvidamos que la Constitución de 1789 prohibía la agremiación. ¿Puede una revolución ser del pueblo, cuando dicta una Constitución prohibiendo la agremiación? El pueblo siguió a la burguesía, pero ésta no respondió honrada y lealmente a ese pueblo, que se jugó la vida en la calle.La Revolución Francesa quiso suprimir, y lo consiguió, hasta con la guillotina, al privilegio aristocrático, pero trajo al mundo el concepto de la libertad individual absoluta, creando con ese concepto otros privilegios, como el de la riqueza, que condujo luego rápidamente al capitalismo. La revolución rusa también quiso suprimir a la oligarquía aristocrática, utilizando para ello al pueblo, cuya reacción violenta provocó también la muerte de los zares. Pero después se creó en Rusia una nueva oligarquía: la de unos cuantos hombres que no consultan al pueblo, sino que simplemente lo llevan hacia donde quieren. Ellos no hacen lo que el pueblo quiere, sino que el pueblo tiene que hacer lo que ellos quieren. Creo que hay una pequeña diferencia… Tan oligárquico es el sistema feudal como el absolutismo de los reyes, como el sistema de casta que imperó en nuestro país, sistema cerrado con la "Yale" de los apellidos ilustres que nosotros conocemos. Tanto más ilustres esos apellidos cuanto más dinero tenían en el Banco. Tan oligárquico es el sistema capitalista que domina desde Wall Street como el sistema comunista imperante en Rusia. Por ello, afirmo que el peronismo nacido el 17 de Octubre es una victoria del auténtico pueblo sobre la oligarquía. Y para que esa victoria no se pierda, como se perdió la Revolución Francesa y la revolución rusa, es necesario que los dirigentes del movimiento peronista no se dejen influenciar por el espíritu oligarca. Es necesario, para ello, que todas estas cosas que decimos no caigan en el vacío. Yo a veces observo que cuando se dicen cosas importantísimas, nos las aplauden, si tenemos razón, pero en la práctica hacen esos mismos que aplaudieron todo lo contrario. Hay que aplaudir y gritar menos y actuar más. Claro que al decir esto hablo en general. Nuestro movimiento es muy serio, porque tenemos un hombre, el General Perón, que está quemando su vida por legarnos consolidada su doctrina y por entregarnos y depositar en nuestras manos la bandera justicialista y una Patria socialmente justa, económicamente libre y políticamente soberana.
EL HAMBRE Y LOS INTERESES El arma de los imperialismos es el hambre. Nosotros, los pueblos sabemos lo que es morir de hambre. El talón de Aquiles del imperialismo son sus intereses. Donde esos intereses del imperialismo se llamen "petróleo" basta, para vencerlos, con echar una piedra en cada pozo. Donde se llame cobre o estaño basta con que se rompan las máquinas que los extraen de la tierra o que se crucen de brazos los trabajadores explotados... ¡No pueden vencemos! Basta con que nos decidamos. Así quiso que fuese Perón entre nosotros y vencimos. Ya no podrán jamás arrebatarnos nuestra justicia, nuestra libertad y nuestra soberanía. Tendrían que matarnos uno por uno a todos los argentinos. Y eso ya no podrán hacerlo jamás.
EL ODIO Y EL AMOR En años de lucha he aprendido cómo juegan su papel en el gobierno de los pueblos las fuerzas políticas nacionales e internacionales, las fuerzas económicas y espirituales de la tierra, y cómo se disfrazan las ambiciones de los hombres. Yo he visto a Perón enfrentándolos de pie, sereno e imperturbable, mirando siempre más allá de su vida y de su tiempo, con los ojos puestos exclusivamente en la felicidad de su pueblo y en la grandeza de su Patria. Nada ni nadie pudo ni podrá apartarlo de su camino. Yo recuerdo cómo, en los primeros tiempos de su lucha, debió enfrentar la calumnia que intentaba separarlo de sus descamisados: decían que él era un peligro para el pueblo porque era militar. Algunos años después, como la calumnia no prosperó, sus enemigos trataron de enfrentarlo con las fuerzas armadas. Decían que Perón intentaba crear una fuerza en los trabajadores para sustituir el influjo militar en el Gobierno de la República. Sobre todas estas cosas quiero decir la verdad ¡mi auténtica verdad! y espero que alguna vez se imponga sobre tanta mentira, o por lo menos -aunque no me crean- sirva para algo a los pueblos del mundo en sus luchas por la justicia y por la libertad. Declaro que pertenezco ineludiblemente y para siempre a la "ignominiosa raza de los pueblos". De mí no se dirá jamás que traicioné a mi pueblo, mareada por las alturas del poder y de la gloria. Eso lo saben todos los pobres y todos los ricos de mi tierra, por eso me quieren los descamisados y los otros me odian y me calumnian. Nadie niega en mi Patria que, para bien o para mal, yo no me dejé arrancar el alma que traje de la calle. Por eso, porque sigo pensando y sintiendo como pueblo, no he podido vencer todavía nuestro "resentimiento" con la oligarquía que nos explotó. ¡Ni quiero vencerlo! Lo digo todos los días con mi vieja indignación descamisada, dura y torpe, pero sincera como la luz que no sabe cuando alumbra y cuando quema. Como el viento que no distingue entre borrar las nubes del cielo y sembrar la desolación en su camino. No entiendo los términos medios ni las cosas equilibradas. Sólo reconozco dos palabras como hijas predilectas de mi corazón: el odio y el amor. Nunca sé cuando odio ni cuando estoy amando, y en este encuentro confuso del odio y del amor frente a la oligarquía de mi tierra -y frente a todas las oligarquías del mundo- no he podido encontrar el equilibrio que me reconcilie con las fuerzas que sirvieron antaño entre nosotros a la raza maldita de los explotadores.
LOS ALTOS CÍRCULOS Me rebelo indignada con todo el veneno de mi odio, o con todo el incendio de mi amor -no lo sé todavía-, en contra del privilegio que constituyen todavía los altos círculos de las fuerzas armadas y clericales. Tengo plena conciencia de lo que escribo. Sé lo que sienten y lo que piensan de esos círculos los hombres y mujeres humildes que constituyen el pueblo. Todos los pueblos de la humanidad. Yo no los condeno personalmente. Aunque personalmente me combatieron y me combaten como enemiga declarada de sus propósitos y de sus intenciones. En el fondo de mi corazón, yo no deseo otra cosa que salvarlos con mi acusación, señalándoles el camino del pueblo por donde llega el porvenir de la humanidad. Yo sé que la religión es el alma de los pueblos y que a los pueblos les gusta ver en sus ejércitos la fuerza pujante de sus muchachos como garantía de su libertad y expresión de la grandeza de su Patria. Pero sé también que a los pueblos les repugna la prepotencia militar que se atribuye el monopolio de la Patria, y que no se concilian la humildad y la pobreza de Cristo con la fastuosa soberbia de los dignatarios eclesiásticos que se atribuyen el monopolio absoluto de la religión. La Patria es del pueblo, lo mismo que la Religión. No soy antimilitarista ni anticlerical en el sentido en que quieren hacerme aparecer mis enemigos. Lo saben los humildes sacerdotes del pueblo que me comprenden a despecho de algunos altos dignatarios del clero rodeados y cegados por la oligarquía. Lo saben los hombres honrados que en las fuerzas armadas no han perdido contacto con el pueblo. Los que no quieren comprenderme son los enemigos del pueblo metidos a militares. Ellos desprecian al pueblo y por eso desprecian a Perón, que siendo militar abrazó la causa del pueblo aún a costa de abandonar en cierto momento su carrera militar. Yo veo no sólo el panorama de mi propia tierra. Veo el panorama del mundo y en todas partes hay pueblos sometidos por gobiernos que explotan a sus pueblos en beneficio propio o de lejanos intereses. Y detrás de cada gobierno impopular he aprendido a ver ya la presencia militar, solapada y encubierta o descarada y prepotente. En este mensaje de mis verdades, no puedo callar esta verdad irrefutable que se cierne como la más grande sombra cubriendo los horizontes de la humanidad. Es necesario que los pueblos destruyan los altos círculos de sus fuerzas militares gobernando a las naciones. ¿Cómo? Abriendo al pueblo sus cuadros dirigentes. Los ejércitos deben ser del pueblo y servirlo. Deben servir a la causa de la justicia y de la libertad. Es necesario convencerlos de que la Patria no es una geografía de fronteras más o menos dilatadas sino que es el pueblo. La Patria sufre o es feliz en el pueblo que la forma. En la hora de nuestra raza, en la hora de los pueblos, la Patria alcanzará su más alta verdad. Es necesario que los ejércitos del mundo defiendan a sus pueblos sirviendo la causa de la justicia y de la libertad. Solamente así se salvarán los pueblos de caer en el odio contra "eso" que antes se llamaba Patria, y que era una mentira más ¡una bella mentira que inventó la oligarquía cuando empezó a vender la dignidad del pueblo, es decir la dignidad augusta y maravillosa de la Patria!
 EL PUEBLO ES LA ÚNICA FUERZA Yo no sé si no será posible que alguna vez el mundo cancele todo cuanto signifique una fuerza de agresión y desaparezca la necesidad de sostener ejércitos para la defensa, pero mientras eso -que sería lo ideal, acaso lo sobrenatural o lo imposible- no suceda, los pueblos del mundo deben cuidar que sus fuerzas militares no se conviertan en cadenas o instrumentos de su propia opresión. El ejército de mi Patria custodió en 1946 las elecciones que consagraron a Perón presidente de los argentinos. En aquella ocasión, fueron sus militares una garantía para el pueblo. A pesar de eso, yo considero que la función militar no debe ser en ningún caso garantía cívica de la justicia y la libertad. Porque la fuerza suele tentar a los hombres, lo mismo que el dinero. La garantía de la voluntad soberana del pueblo debe estar en el propio pueblo. Sacarla de sus manos es reconocerle una debilidad que no existe, porque los pueblos constituimos por nosotros mismos la fuerza más poderosa que poseen las naciones. Lo único que debemos hacer es adquirir plena conciencia del poder que poseemos y no olvidarnos de que nadie puede hacer nada sin el pueblo, que nadie puede hacer tampoco nada que no quiera el pueblo. ¡Sólo basta que los pueblos nos decidamos a ser dueños de nuestros propios destinos! Todo lo demás es cuestión de enfrentar al destino. ¡Basta eso para vencer! ¡Y si no que lo diga nuestro pueblo!

SERVIR AL PUEBLO En estos momentos el mundo es una inmensa fortaleza. Todos los gobiernos han sido dominados por los altos círculos de sus fuerzas armadas. Así como la Edad Media fue clerical y la iglesia gobernó sobre los pueblos por medio de los reyes y los reyes dominaron a los pueblos valiéndose del clero, así en la Edad de nuestro siglo las fuerzas armadas mandan sobre los pueblos infiltradas en los gobiernos de las naciones y los gobiernos oprimen y sojuzgan y explotan a los pueblos valiéndose del instrumento colosal de sus ejércitos. Todo es militar en este mundo nuestro. Yo no diría una sola palabra si las fuerzas armadas fuesen instrumentos fieles al pueblo. Pero no es así: casi siempre son carne de oligarquía. O porque la oligarquía copó los altos círculos de la oficialidad, o porque los oficiales a los que el pueblo dio a sus fuerzas armadas se entregaron, olvidándose del pueblo, de sus dolores, y de su inmenso dolor. Nosotros, el pueblo, tenemos que ganar las altas jerarquías de las fuerzas armadas de las naciones. No se trata de destruirlas, aunque yo pienso que alguna vez serán inútiles. Se trata de convertirlas al pueblo y después, cuando todos sus dirigentes -sus oficialessean carne y alma del pueblo, habrá que permanecer alertas, vigilándolas para que no se entreguen otra vez. No creo que la solución sea la que adoptaron los espartanos en los años de su decadencia y que los generales tengan que ser elegidos por el pueblo. El pueblo sólo tiene que elegir a sus gobernantes para que ellos hagan lo que el pueblo quiere. Los generales deben servir al gobierno del pueblo con plena y absoluta conciencia de que nada en la Nación puede sobreponerse ni oponerse a la voluntad del pueblo.
LA GRANDEZA O LA FELICIDAD La patria no es patrimonio de ninguna fuerza. La patria es el pueblo y nada puede sobreponerse al pueblo sin que corran peligro la libertad y la justicia. Las fuerzas armadas sirven a la patria sirviendo al pueblo. El gran error de algunas fuerzas armadas consiste en creer que servir a la patria es una cosa distinta. Entonces, en aras de lo que ellos creen que es la patria, no les importa sacrificar al pueblo, sometiéndolo a las reglas de la prepotencia militar. En todos los siglos de la historia ha sucedido lo mismo. El espíritu militar ha considerado que el gran ideal de su existencia consistía en alcanzar la grandeza de la Nación y que, ante ese objetivo supremo se justificaba todo, incluso sacrificar la felicidad del pueblo. Perón nos ha enseñado que la felicidad del pueblo es lo primero; que no se puede hacer la grandeza de un país con un pueblo que no tiene bienestar. Las fuerzas armadas del mundo deben convencerse de esta absoluta verdad del peronismo. Si no es así, los pueblos mismos, por su propia mano, con la conciencia plena de nuestro poderío insuperable, las iremos borrando de la historia de la humanidad.
SOMOS MÁS FUERTES Todas estas ideas y razones me llevan a decirle a mi pueblo y a todos los pueblos del mundo en este mensaje de mis verdades: nadie puede más que nosotros. Somos más fuertes que todas las fuerzas armadas de todas las naciones juntas. Si nosotros no queremos que la fuerza bruta de las armas nos domine, no podrá dominarnos. Con las armas pueden matarnos, pero morir de hambre es más doloroso, y nosotros sabemos lo que es morir por hambre! No podrán matarnos. Los soldados son hijos nuestros y no se atreverán a tirar sobre sus madres aunque los manden miles y miles de oficiales entregados y vendidos a la oligarquía. Podrán vencemos un día, en la noche o de sorpresa, pero si al día siguiente nos largamos a la calle, o nos negamos a trabajar, o saboteamos todo cuanto ellos quieran mandar; tendrán que resignarse a devolvernos la libertad y la justicia. Si toda esta resistencia puede organizarse, mejor; si no, lo mismo venceremos con tal de que tengamos plena conciencia de nuestro poderío soberano. Debemos convencernos definitivamente de una sola cosa: de que el gobierno debe ser del pueblo y que nadie sino el pueblo puede ocuparlo, porque, si no, no será tampoco para el pueblo. La hora de los pueblos no será alcanzada por nuestro siglo si no exigimos participación activa en el gobierno de las naciones. Pero ¿cómo? Como nosotros lo hemos hecho en nuestra tierra, gracias a Perón. Llevando a los obreros y a las mujeres del pueblo a los más altos cargos y responsabilidades del Estado. Y cuidando después que los dirigentes políticos del pueblo y los dirigentes sindicales no pierdan contacto con las masas que representan. Los gobernantes del pueblo deben seguir viviendo con el pueblo. Es una condición fundamental para que los pueblos no empiecen a sentirse traicionados. Y para gobernar con sentido real de lo auténticamente popular. VIVIR CON EL PUEBLO Es lindo vivir con el pueblo. Sentirlo de cerca, sufrir con sus dolores y gozar con la simple alegría de su corazón. Pero nada de todo eso se puede si previamente no se ha decidido definitivamente encarnarse en el pueblo, hacerse una sola carne con él para que todo dolor y toda tristeza y angustia y toda alegría del pueblo sea lo mismo que si fuese nuestra. Eso es lo que yo hice, poco a poco en mi vida. Por eso el pueblo me alegra y me duele. Me alegra cuando lo veo feliz y cuando yo puedo añadir un poco de mi vida a su felicidad. Me duele cuando sufre. Cuando los hombres del pueblo o quienes tienen obligación de servirlo en vez de buscar la felicidad del pueblo lo traicionan. También tengo para ellos una palabra dura y amarga en este mensaje de mis verdades. Yo los he visto marearse por las alturas. Dirigentes obreros entregados a los amos de la oligarquía por una sonrisa, por un banquete o por unas monedas. Los denuncio como traidores entre la inmensa masa de trabajadores de mi pueblo y de todos los pueblos. Hay que cuidarse de ellos: son los peores enemigos del pueblo porque han renegado de nuestra raza. Sufrieron con nosotros pero se olvidaron de nuestro dolor para gozar la vida sonriente que nosotros les dimos otorgándoles una jerarquía sindical. Conocieron el mundo de la mentira, de la riqueza, de la vanidad y en vez de pelear ante ellos por nosotros, por nuestra dura y amarga verdad, se entregaron. No volverán jamás, pero si alguna vez volviesen habría que sellarles la frente con el signo infamante de la traición.
LAS JERARQUÍAS CLERICALES Entre los hombres fríos de mi tiempo señalo a las jerarquías clericales cuya inmensa mayoría padece de una inconcebible indiferencia frente a la realidad sufriente de los pueblos. Declaro con absoluta sinceridad que me duelen como un desengaño estas palabras de mi dura verdad. Yo no he visto sino por excepción entre los altos dignatarios del clero generosidad y amor... como se merecía de ellos la doctrina de Cristo, fuente que inspiró a la doctrina de Perón. En ellos simplemente he visto mezquinos y egoístas intereses y una sórdida ambición de privilegio. Yo los acuso desde mi indignidad, no para el mal sino para el bien. No les reprocho haberlo combatido sordamente a Perón desde sus conciliábulos con la oligarquía. No les reprocho haber sido ingratos con Perón, que les dio de su corazón cristiano lo mejor de su buena voluntad y de su fe. Les reprocho haber abandonado a los pobres, a los humildes, a los descamisados, a los enfermos, y haber preferido en cambio la gloria y los honores de la oligarquía. Les reprocho haber traicionado a Cristo que tuvo misericordia de las turbas. Les reprocho olvidarse del pueblo y haber hecho todo lo posible por ocultar el nombre y la figura de Cristo tras la cortina de humo con que lo inciensan. Yo soy y me siento cristiana. Soy católica, pero no comprendo que la religión de Cristo sea compatible con la oligarquía y el privilegio. Esto no lo entenderé jamás. Como no lo entiende el pueblo. El clero de los nuevos tiempos, si quiere salvar al mundo de la destrucción espiritual, tiene que convertirse al cristianismo. Empezar por descender al pueblo. Como Cristo, vivir con el pueblo, sufrir con el pueblo, sentir con el pueblo. Porque no viven ni sufren ni sienten ni piensan con el pueblo, estos años de Perón están pesando sobre sus corazones sin despertar una sola resonancia. Tienen el corazón cerrado y frío. ¡Ah, si supieran qué lindo es el pueblo, se lanzarían a conquistarlo para Cristo que hoy, como hace dos mil años, tiene misericordia de las turbas! LA RELIGIÓN Cristo les pidió que evangelizasen a los pobres y ellos no debieron jamás abandonar al pueblo donde está la inmensa masa oprimida de los pobres. Los políticos clericales de todos los tiempos y en todos los países quieren ejercer el dominio y aún la explotación del pueblo por medio de la iglesia y la religión. Muchas veces, para desgracia de la fe, el clero ha servido a los políticos enemigos del pueblo predicando una estúpida resignación... que no sé todavía cómo puede conciliarse con la dignidad humana ni con la sed de Justicia cuya bienaventuranza se canta en el Evangelio. También el clero político pretende ejercer en todos los países el dominio y aún la explotación del pueblo por medio del gobierno, lo que también es peligroso para la felicidad del pueblo. Los dos caminos del clericalismo político y de la política clerical deben ser evitados por los pueblos del mundo si quieren ser alguna vez felices. Yo no creo, como Lenín, que la religión sea el opio de los pueblos. La religión debe ser, en cambio, la liberación de los pueblos; porque cuando el hombre se enfrenta con Dios alcanza las alturas de su extraordinaria dignidad. Si no hubiese Dios, si no estuviésemos destinados a Dios, si no existiese religión, el hombre sería un poco de polvo derramado en el abismo de la eternidad. Pero Dios existe y por El somos dignos, y por El todos somos iguales, y ante Él nadie tiene privilegios sobre nadie. ¡Todos somos iguales! Yo no comprendo entonces por qué, en nombre de la religión y en nombre de Dios, puede predicarse la resignación frente a la injusticia. Ni por qué no puede en cambio reclamarse, en nombre de Dios y en nombre de la religión, esos supremos derechos de todos a la justicia y a la libertad. La religión no ha de ser jamás instrumento de opresión para los pueblos. Tiene que ser bandera de rebeldía. La religión está en el alma de los pueblos porque los pueblos viven cerca de Dios, en contacto con el aire puro de la inmensidad. Nadie puede impedir que los pueblos tengan fe. Si la perdiesen, toda la humanidad estaría perdida para siempre. Yo me rebelo contra las "religiones" que hacen agachar la frente de los hombres y el alma de los pueblos. Eso no puede ser religión. La religión debe levantar la cabeza de los hombres. Yo admiro a la religión que puede hacerle decir a un humilde descamisado frente a un emperador: "¡Yo soy lo mismo que Usted, hijo de Dios!" La religión volverá a tener su prestigio entre los pueblos si sus predicadores la enseñan así: como fuerza de rebeldía y de igualdad, no como instrumento de opresión. Predicar la resignación es predicar la esclavitud. Es necesario, en cambio, predicar la libertad y la justicia. ¡Es el amor el único camino por el que la religión podrá llegar a ver el día de los pueblos! LOS AMBICIOSOS Enemigos del pueblo son también los ambiciosos. Muchas veces los he visto llegar hasta Perón, primero como amigos mansos y leales, y yo misma me engañé con ellos, que proclamaban una lealtad que después tuve que desmentir. Los ambiciosos son fríos como culebras pero saben disimular demasiado bien. Son enemigos del pueblo porque ellos no servirán jamás sino a sus intereses personales. Yo los he perseguido en el movimiento peronista y los seguiré persiguiendo implacablemente en defensa del pueblo. Son los caudillos. Tienen el alma cerrada a todo lo que no sean ellos. No trabajan para una doctrina ni les interesa el ideal. La doctrina y el ideal son ellos. La hora de los pueblos no llegará con ningún caudillo porque los caudillos mueren y los pueblos son eternos. Por eso es grande Perón, porque no tiene otra ambición que la felicidad de su pueblo y la grandeza de su Patria. Y porque ha creado una doctrina -una doctrina es un ideal- para que su pueblo siga su doctrina y no su nombre. Yo pienso, en cambio, que los pueblos cuando encuentran un hombre digno de ellos, no siguen su doctrina, sino su nombre. Porque en el hombre y en el nombre ven encarnarse a la doctrina misma y no pueden concebir la doctrina sin su creador. Por eso yo no puedo concebir al justicialismo sin Perón, y por eso he declarado tantas veces que yo soy peronista, no justicialista. Porque el justicialismo es la doctrina, en cambio el peronismo es Perón y la doctrina. ¡La realidad viva que nos hizo y que nos hace felices! Los caudillos en cambio, los ambiciosos, no tienen doctrina porque no tienen otra conducta que su egoísmo. Hay que buscarlos y marcarlos a fuego para que nunca se conviertan en dueños de la vida y las haciendas del pueblo. Yo los he conocido de cerca y de frente, y algunas veces incluso me han engañado, por lo menos momentáneamente. Hay que identificarlos y hay que destruirlos. La causa del pueblo exige nada más que hombres del pueblo que trabajen para el pueblo, no para ellos. En esto se distinguen los ambiciosos: en que trabajan para ellos, nada más que para ellos. Nunca buscan la felicidad del pueblo, siempre buscan más bien su propia vanidad y enriquecerse pronto. El dinero, el poder y los honores son las tres grandes "causas", los tres "ideales" de todos los ambiciosos. No he conocido ningún ambicioso que no buscase alguna de estas tres cosas o las tres al mismo tiempo. Los pueblos deben cuidar a los hombres que elige para regir sus destinos. Y deben rechazarlos y destruirlos cuando los vean sedientos de riqueza, de poder o de honores. La sed de riquezas es fácil de ver. Es lo primero que aparece a la vista de todos. Sobre todo a los dirigentes sindicales hay que cuidarlos mucho. Se marean también ellos y no hay que olvidar que cuando un político se deja dominar por la ambición es nada más que un ambicioso; pero cuando un dirigente sindical se entrega al deseo de dinero, de poder o de honores es un traidor y merece ser castigado como un traidor. El poder y los honores seducen también intensamente a los hombres y los hacen ambiciosos. Empiezan a trabajar para ellos y se olvidan del pueblo. Esta es la única manera de identificarlos. El pueblo tiene que conocerlos y destruirlos. Solamente así, los pueblos serán libres. Porque todo ambicioso es un prepotente capaz de convertirse en un tirano. ¡Hay que cuidarse de ellos como del diablo!

NO QUISIERA MORIRME…
 No quisiera morirme, por Perón y por mis descamisados. No por mí, que he vivido todo lo que tenía que vivir. Perón y los pobres me necesitan. ¿Sabrán mis "grasitas" todo lo que yo los quiero?

 -Eva Perón, “Mi Mensaje”. “
¡Toquen suave, muchachos! La serenata tiembla frente al balcón en alto donde la hermana duerme. Tiene un suspiro tenue que se anuda en la trenza. Le dice adiós un pájaro. Juan la besa en la frente.
 Toquen suave, muchachos, que el silencio nos duela, cómo duelen las cosas que se van y no vuelven. Pero Ella vuelve siempre, y ha de volver inmensa cuando Juan, una tarde de mayo, nos regrese...
¡Toquen suave, muchachos! No se olviden que duerme. Se han callado los astros. La vida se detiene”. -Cátulo Castillo

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