A 41 AÑOS DEL FALLECIMIENTO DEL GENERAL PERÓN
Un día como hoy, de 1974, fallece Juan Domingo Perón. Tres veces presidente de los argentinos,
creador del movimiento peronista, el mayor partido de masas del mundo occidental, luchó
incesantemente por mejorar el destino de los desposeídos y establecer la justicia social, alterando la
base productiva agraria y dependiente del país y promoviendo su acelerada industrialización.
Creador y nacionalizador de los instrumentos básicos de un Estado industrialista y promotor, en
sólo nueve años de gobierno nacionalizó la empresa petrolífera YPF, la red de ferrocarriles, el
comercio exterior y los depósitos bancarios, creando Agua y Energía Eléctrica, Gas del Estado,
Aerolíneas Argentinas, ELMA, Líneas Marítimas del Estado, la Comisión Nacional de Energía
Atómica y el Centro Atómico Bariloche, haciendo particular hincapié en el desarrollo tecnológico
como factor clave de la independencia económica. Creó también el CONICET y la Universidad
Obrera, estableciendo la gratuidad de toda la enseñanza pública, construyó una inusitada cantidad
de escuelas y llevó a cabo una auténtica revolución sanitaria, no sólo en el aumento exponencial de
las camas disponibles en el sistema de salud pública sino también en la abrupta reducción de la
mortalidad infantil y el exitoso combate contra tres males endémicos: el paludismo, la tuberculosis
y la sífilis. A instancias de su esposa Eva Perón se consiguió al fin sancionar el voto femenino, con
lo que nuestro sistema electoral fue por primera vez, realmente universal. Tomó antiguos reclamos
sindicalistas, anarquistas y socialistas, así como leyes que no se llevaban a la práctica, y
adaptándolas a los nuevos tiempos puso en marcha y en efectiva ejecución una formidable
legislación social y laboral, dentro de la que cabe mencionar estatuto del peón, los derechos del
trabajador, los derechos de la ancianidad, los convenios colectivos de trabajo, la ley de previsión
social, la ley de accidentes de trabajo, la ley de vivienda obrera, el sueldo anual complementario, las
escuelas sindicales, la ley de creación de la justicia del trabajo, los regímenes de jubilación, las
reglamentaciones de las condiciones del trabajo y del descanso, las proveedurías sindicales,
introduciendo además, las agregadurías obreras en las delegaciones diplomáticas en el exterior. Pero
tal vez el mayor aporte de su obra, la reforma más trascendente de la historia argentina en el siglo
XX, fuera la Constitución de 1949, la primera junto a las de México y la República de Weimar en
adscribir al constitucionalismo social que concibe al ser humano no sólo como un poseedor de
derechos individuales sino fundamentalmente como acreedor de derechos sociales cuya satisfacción
debe garantizar ineludiblemente el Estado. La avanzada Constitución de 1949, que sancionaba
además la estratégica nacionalización del subsuelo argentino fue absurda e ilegalmente anulada
mediante un decreto presidencial de un régimen de facto ante la algarabía de una constelación de
fuerzas y dirigentes políticos superados por la historia. Las transformaciones producidas en tan sólo
nueve años de gobiernos fueron tan significativas y de tal magnitud que, mientras fue principal
obsesión de todos los gobiernos posteriores a 1955 anularlas y volverlas atrás, al mismo tiempo
garantizaron, a pesar de las persecuciones y las campañas de silenciamiento y difamación, la
vigencia tanto del movimiento peronista como de su líder, quien pudo regresar al país recién tras 17
años de exilio. La proscripción que pesaba sobre él se prolongó un año más, y fue recién en 1973
que en las elecciones convocadas tras la renuncia a la primera magistratura de su delegado Héctor J.
Cámpora, pudo presentarse a elecciones presidenciales, en las que se impuso con más del 60% de
los votos. Lamentablemente para el país, su salud se encontraba seriamente deteriorada y su edad
era muy avanzada, por lo que pudo gobernar apenas unos meses.
El adiós
Las honras fúnebres para despedirlo fueron un acontecimiento multitudinario, que se inscribió en la
“tradición” que ya habían dejado, antes de él, los funerales de Hipólito Yrigoyen y Eva Perón. El
país se paralizó literalmente. No hubo cines, comercios, ni colegios abiertos. La CGT y la CGE
dictaron un cese de actividades en señal de duelo. Los restos de Perón fueron velados en la capilla
de la quinta presidencial de Olivos hasta las 8 de la mañana del día 2; luego fueron trasladados a la
Catedral Metropolitana para una misa de cuerpo presente; concluido el responso, el féretro,
colocado en una cureña y flanqueado por granaderos, fue conducido al Palacio Legislativo, donde
permaneció hasta la mañana del jueves 4.
Se calcula que durante esas 46 horas y media que el cuerpo permaneció en el Congreso desfilaron
ante él casi 135 mil personas. Más de un millón se quedaron a las puertas sin poder ingresar. 14
milímetros de agua cayeron sobre Buenos Aires. La lluvia torrencial parecía brindar la escenografía
adecuada para una despedida de esa envergadura. Una multitud se agolpó a lo largo de las avenidas
Callao y del Libertador llorando y acompañando el traslado de los restos del General.
Pero ese día la gente sólo tenía ojos para el ataúd. A lo largo de 15 kilómetros, desde el Congreso
hasta la Quinta Presidencial de Olivos, más de 8000 soldados y cientos de miles de personas lo
despidieron agitando pañuelos blancos y gritando su nombre bajo la lluvia. Las imágenes de dolor
recorrieron el mundo. Dos días atrás, el diario Noticias había salido a la calle con una tapa que
quedó en la historia: “DOLOR”, decía su título, y debajo un texto redactado por Rodolfo Walsh .
“El general Perón, figura central de la política argentina en los últimos 30 años, murió ayer a las
13:15. En la conciencia de millones de hombres y mujeres la noticia tardará en volverse tolerable.
Más allá del fragor de la lucha política que lo envolvió, la Argentina llora a un líder excepcional.”
Acababa de morir el hombre que había definido los últimos treinta años de vida política de la
Argentina.
MI GENERAL...
Por Alejandro Pandra
Nació un 8 de octubre de 1895 en Lobos, Buenos Aires, y pasó su infancia entre la geografía dura e
inclemente de la pampa y la Patagonia del Centenario.
Entró a los dieciséis años al Colegio Militar, se convirtió en un estudioso y brillante oficial de
Estado Mayor, y como tal conoció el dramático escenario de la política europea entre las dos
grandes guerras.
Se conjuró con otros coroneles del ejército para clausurar el 4 de junio de 1943 la década infame y
para redimir la patria y salvar de la humillación a los trabajadores y los desposeídos.
Fue tomado por el pueblo por un hombre providencial, un intermediario con el cielo, un profeta
que, como Moisés, lo guiara por el desierto hacia la tierra prometida, le diera de comer cuando tenía
hambre y lo protegiera del enemigo interior y exterior.
Dotó a los humildes de dignidad, de doctrina y de organización. Los hizo pueblo, y los consideró lo
mejor que tenemos. Hasta que en la jornada del 17 de octubre de 1945 su nombre se hizo bandera y
se desató, inconmensurable, todopoderosa, incontenible, jubilosa, imparable, la esperanza popular.
Pronto unió su destino al de una mujer de un carisma inigualado que se iba a constituir en el nervio
de su liderazgo, en la llama ardiente de la revolución, en puente insobornable con los débiles y
postergados, los desamparados y marginales, los niños, los trabajadores, los humildes, las mujeres,
los ancianos.
Desde entonces fue sin discusión, ininterrumpidamente, la primera figura política, excluyente y
hegemónica, a lo largo de tres décadas. Presidente de la nación elegido tres veces en forma
constitucional, siempre con más de la mitad de los votos, y en la última oportunidad con más de dos
tercios de ellos.
Gobernó durante nueve años recibiendo un país colonial, sojuzgado, postergado, devastado,
sometido, de rodillas, y lo puso de pie y a la cabeza preeminente de América latina, hasta
convertirlo en ejemplo luminoso para todos los pueblos del planeta.
Fundó la tercera posición internacional, y el continentalismo y el universalismo iberoamericano con
proyección al siglo XXI. Señaló el camino concreto para impulsar la integración continental y
propuso a Brasil y Chile echar las bases de una unidad que se denominaría ABC.
Para construir una patria justa, libre y soberana, logró la dignificación del trabajo, la humanización
del capital, la protección al desvalido, una prodigiosa multiplicación de escuelas y hospitales, la
avasallante potencialidad industrial de tantas fábricas levantadas y las mejoras al obrero y al peón
rural.
Argentina quedó entonces a la vanguardia de la investigación de la fisión nuclear, exportaba
heladeras y tornos a los Estados Unidos, fabricaba locomotoras de diseño propio y aviones a
reacción cuando sólo otros cinco países del mundo lo hacían, construía automóviles, puentes y
muchos miles de kilómetros de rutas.
Promovió el deporte como nunca antes ni después, levantó establecimientos educacionales de todo
tipo (más que en el resto de nuestra historia), miles de centros de salud (bajando en solo dos años
los casos de paludismo de 23.000 a 500), los actuales cuarteles del ejército, hoteles de turismo
todavía no superados, fenomenales complejos de esparcimiento y piletas y balnearios populares,
barrios extraordinarios de un estilo perpetuo e inextinguible, y nada menos que quinientas mil
viviendas.
Una flota fluvial de última generación que llegó a ser la primera del subcontinente y la cuarta del
orbe; de los astilleros argentinos se botó el barco mercante de mayor tonelaje de América latina; se
construyó el aeropuerto internacional más grande y seguro del mundo. El país produjo tolueno
sintético y contó con una planta petroquímica de avanzada.
La clase trabajadora participaba en más de la mitad de la renta nacional (hoy apenas supera el 30%)
y gozaba de pleno empleo y de las mejores y más avanzadas leyes sociales de la historia. Se
instituyó la jubilación, el aguinaldo, las vacaciones pagas, la indemnización.
El país produjo todo el carbón, el aluminio, el gas y el petróleo que consumía. Se construyó una
planta y un plan nacional de energía atómica modelo. Siderurgia y altos hornos. Se redujo a cero la
deuda externa. Se duplicó la renta nacional hasta alcanzar la mitad del producto bruto
sudamericano. Se redistribuyó la riqueza en forma espectacular.
Se nacionalizó el patrimonio de los argentinos, el comercio exterior, la banca y los servicios
públicos, de infraestructura y transporte, y se promovió un fantástico plan de obra pública. Se
reformó la Constitución y se incorporaron a la misma derechos sociales de vanguardia.
En resumen: se produjo una fenomenal revolución, inmensa, que alumbró el siglo, y que finalmente
hizo realidad la felicidad del pueblo y la grandeza de la nación.
Pero la barbarie oligárquica e imperial puso al país al borde de la guerra civil y desterró su imagen
en la impiadosa conjura de los odios y mentiras. Perseguido, difamado, proscrito y peregrino de
diez suelos extraños, siguió siempre conduciendo en forma sublime y magistral las inclaudicables
luchas de su pueblo fiel.
Concretó el sueño añorado por millones cuando después de dieciocho largos años de exilio regresó
desencarnado, victorioso y en paz a la patria, en la plenitud de la primavera del 72, y pronto al
poder por varios meses más, para dar por consumado el milagro del retorno. Eran los días de un
optimismo inexpugnable: la historia parecía abrazar el futuro.
Pero el 20, el día más oscuro de junio del 73, sellaría el paradigma del futuro nacional, a modo de
una fotografía del desenvolvimiento de la historia durante los tiempos siguientes. Más de tres
millones de personas querían participar de la fiesta ese día, pero la fiesta no pudo ser.
Cumplida cabalmente su misión en la tierra, un día como hoy hace treinta y un años, el 1º de julio
de 1974, el águila emprendió su vuelo. Y ascendió al lugar donde los hombres no sufren las
pequeñeces de los hombres.
Murió viejo, en la cama, sin las botas puestas, pero derrotando como glorioso general el ancestral
estigma del destino hasta entonces inexorable que había condenado a expirar en el ingrato destierro
a José Gervasio Artigas, a José de San Martín, a Juan Manuel de Rosas, a tantos otros.
Y apenas a meses de haber tocado el cielo con las manos, pronto se sabría lo que es morder el polvo
hasta la asfixia. El odio y la infamia lo persiguieron a él mismo, incluso mucho después de
entonces, hasta profanar su morada en la ciudad de los muertos, como antes se había profanado
vilmente a su compañera.
Sin embargo, todavía hoy la magia de su signo alienta a quienes levantan su bandera, y estremece a
quienes siguen conmovidos el eco de su historia.
Los que lo conocieron y lo oyeron, los que lo amaron y lo siguieron, más de tres décadas después lo
llevan, vivo, vibrante, siempre presente en el corazón. Es que quien ha visto la esperanza no la
olvida: la busca. Siempre. Bajo todos los cielos y en toda la gente.
Se llamaba Juan Domingo Perón... Y en la lucha que emprendiera por la justicia y la dignidad de su
pueblo, por siglos se seguirán ganando batallas al conjuro de su nombre.
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