Tenemos Patria
Cerca de la revolución
El 14 de mayo de 1810 llegaron al puerto de Buenos Aires los diarios europeos, con algunos meses atraso como era habitual en esos tiempos. Daban cuenta del avance del ejército francés sobre el reino de España, que había comenzado dos años atrás. A comienzos del siglo XIX las comunicaciones estaban a años luz de las velocidades actuales, sin embargo ya tenían su impacto en la realidad política. Ni bien se esparció la noticia de que la ciudad de Sevilla -uno de los últimos reductos ajenos a la dominación francesa- había caído bajo el poder de Napoleón, las fuerzas criollas que desde hace un tiempo intentaban tener una mayor autonomía respecto de la metrópoli se empezaron a movilizar. Empezaba una semana de agitación política que terminaría con la creación de una Junta de Gobierno, desatando un proceso político revolucionario que terminaría, años después, con la independencia del Río de la Plata.
La revolución de Mayo condensa un proceso que no arrancó esa semana, sino que tuvo su caldo de cultivo en las invasiones inglesas de 1806 y 1807. En el marco de la disputa entre los imperios de Gran Bretaña y España por el control de los mares y los territorios coloniales, los habitantes de Buenos Aires vivieron la experiencia de ser defensores de su propia ciudad. Fueron ellos mismos, los vecinos de a pie, quienes lograron impedir que Buenos Aires cayera en manos extranjeras, lo cual a la vez revelaba la debilidad de la estructura colonial gobernante. Para defender a ciudad del ataque inglés, se crearon milicias armadas, con la particularidad de que las tropas elegían a sus jefes, rompiendo una lógica colonial fundamental como era el orden jerárquico inmutable y la separación del pueblo en la toma de decisiones políticas. Al menos durante esta coyuntura, sectores sociales que nunca habían tenido voz ni voto alcanzaron un protagonismo inédito en la vida pública urbana. Como suele suceder, una vez que se abrió esa puerta era muy difícil volver a la situación anterior. Solo faltaba que el contexto permitiera que aquella experiencia se profundizara. La “democratización” social que produjeron las invasiones inglesas en Buenos Aires puede explicar que, pocos años después, esta ciudad fuera la que liderara el proceso revolucionario en el Río de la Plata. ¿Qué somos?
El 25 de mayo fue también un momento donde se tensionaron las identidades de pertenencia. Los revolucionarios de Mayo no tenían posibilidad de pensarse como “argentinos” (una identidad que se formaría muchos años después) sino “americanos”, con distintos grados de cercanía con la
identidad española, de acuerdo al linaje familiar, a si habían o no estudiado en Europa o la clase social a la que pertenecían. Lo que explica que el primer objetivo revolucionario fuera, antes que la independencia, lograr una mayor autonomía mediante la creación de un gobierno propio. También se jugaba allí la libertad de comercio (durante la colonia, España prohibía a todos sus territorios comerciar con cualquier otra potencia). De tal manera, no es cierto (como señaló la historiografía mitrista) que existiese una identidad nacional previa a la revolución. Los hombres de Mayo, los padres fundadores, fueron empujados a la ruptura con España, impulsados por la necesidad de resistir los embates realistas, más que por una decisión premeditada. La primera opción fue el acuerdo entre los sectores liberales de avanzada a ambas márgenes del Atlántico que tenían el objetivo común de enfrentarse al absolutismo monárquico. Ese conflicto es el conflicto central de la época, que tiene su epicentro en Europa, y repercute en América, potenciado por el carácter colonial del sometimiento a la monarquía. Lo que explica, en parte, las dilaciones y demoras para declarar la independencia entre 1812 y 1815.
La rosca política de Mayo
Entre el 18 y el 25 de mayo los vecinos de Buenos Aires presionan para que el Cabildo -que era el órgano político más importante de la Ciudad- convoque a una reunión con el fin de discutir la formación de un nuevo gobierno. Lo que está ocurriendo es inédito: una construcción de actores políticos libres donde antes sólo había súbditos. Se mezclan allí abogados que tenían lecturas e información de los acontecimientos y debates europeos, como Mariano Moreno, militares de carrera como Cornelio Saavedra y también sectores urbanos y rurales populares, que veían en la revolución un camino para superar las formas de explotación y dominación brutales que imponía el régimen colonial en la población. Como toda revolución, la de Mayo de 1810 no fue una secuencia ordenada de “héroes” que desfilaron enunciando consignas, sino un proceso político complejo, donde sectores con intereses diversos coincidiero en lo fundamental: un mayor grado de libertad y una democratización social y política, después de siglos de colonialismo. Moreno, que no participó del famoso Cabildo Abierto del día 25, pero terminaría integrando la Primera Junta como secretario, expresaba a un sector intelectual muy formado, que se había preparado para hacer carrera en la función pública colonial, pero que al mismo tiempo, en su paso por la Universidad (Moreno estudió en Chuquisaca, en la actual Bolivia) había a Montesquieu, Voltaire y Rousseau, inspiradores de la Revolución Francesa. Antes de volver a Buenos Aires, Moreno conoció la explotación salvaje que se abatía sobre los pueblos indígenas en las minas de Potosí. Con esa experiencia, Moreno volvió a Buenos Aires y se sumó rápidamente a los grupos que, en secreto, conspiraban contra el orden colonial, antes del estallido de la revolución. La formación y vivencias de Moreno lo ubicaron como una de las voces más avanzadas del proceso. La idea de libertad política y comercial iba de la mano de una emancipación social, el fin de la servidumbre indígena y un rol destacado del Estado en la economía. La obra que condensa esta plataforma política para la Revolución es el célebre “Plan revolucionario de operaciones” escrito poco después del triunfo de Mayo1. French, Castelli, Belgrano y Monteagudo, entre otros, se enrolarán en esta línea de pensamiento y acción.
Cornelio Saavedra, que presidió la Junta, era el emergente de aquellas milicias urbanas que habían surgido con las invasiones inglesas. Saavedra, que como Moreno había estudiado en el colegio San Carlos (aunque no terminó los estudios ni fue a la universidad), había hecho una carrera administrativa en el cabildo de Buenos Aires, hasta que la invasión inglesa lo puso al frente del regimiento de Patricios. Como otras milicias, la de Saavedra estaba formada por voluntarios que lo eligieron jefe. De una orientación ideológica mucho más moderada que Moreno, Saavedra representó al mismo tiempo un liderazgo importante sobre sectores populares de la población. En estas dos personalidades se sintetizan las líneas internas dentro de la Revolución, que terminarían de explotar poco tiempo después.
Pero la revolución de Mayo no se agota en los confines de Buenos Aires. Luego del 25 de mayo, con la Junta de gobierno ya formada, el asiento del poder virreinal fue trasladado a Montevideo, el otro puerto de importancia en el Río de la Plata. Desde allí, las fuerzas realistas intentarán frenar a la revolución de Buenos Aires y evitar su expansión al resto de la región. En este contexto, un tiempo después emergió otra de las figuras centrales de este proceso. Gervasio Artigas, que revistaba como militar en el cuerpo de Blandengues de la Banda Oriental, había sido enviado, sin éxito, a combatir a los levantamientos revolucionarios en la provincia de Entre Ríos. Al tiempo, Mariano Moreno, en búsqueda de nuevos aliados para la causa revolucionaria, puso los ojos sobre este jefe militar de la otra orilla del Río de la Plata. No se equivocó. Poco tiempo después, Artigas viajó a Buenos Aires en busca de hombres y recursos para combatir a las fuerzas realistas en Montevideo. Artigas tenía la intención de sitiar la ciudad pero, en medio de la operación militar, Buenos Aires firmó una tregua con el virrey. Artigas debió abandonar el sitio a la ciudad e inicia un éxodo masivo de milicias y población civil hacia la región de las Misiones (lo que hoy es Misiones, Corrientes y Entre Ríos). El contacto con ese mundo rural y popular hizo que la experiencia revolucionaria artiguista, que iría entrando cada vez más en conflicto con el poder de Buenos Aires, tuviera una profundidad única. En el ideario artiguista se puede encontrar la entrega de la tierra pública a las poblaciones de la campaña, la instauración del voto universal masculino, la libre navegación de los ríos, la federalización del puerto y de la aduana y la defensa de las autonomías regionales entre otras medidas. Pero el movimiento revolucionario es todavía más grande. Con apenas meses de diferencia, las revueltas contra el orden colonial se repiten en el Alto Perú, en Venezuela, Colombia, Chile, etc.
Lo que se terminó construyendo como una historia “nacional” (es decir, limitada a un territorio que sólo se definiría mucho después) fue en su momento un terremoto político continental. Las historias parciales que todavía hoy siguen siendo el “sentido común” fueron, en verdad, armadas por la necesidad de los sectores dominantes que se apoderaron de estos procesos de independencia y, por ende, del poder político de las nuevas nacionales –a las que, por lo tanto, pudieron imponerles un relato afín a sus intereses. Las “patrias chicas” fueron, así, un producto de la derrota de los hombres como Moreno, Artigas, San Martín y Bolívar y la victoria de los sectores conservadores, ligados a los intereses comerciales de los puertos, que darían por terminado el ciclo revolucionario, una vez alcanzado el objetivo del libre comercio.
1810 y 2003, dos siglos para poder tener Patria
Volvamos a la revolución de Mayo, a ese día 25, donde un grupo no muy numeroso pero convencido logró torcer un poder que hasta poco tiempo antes parecía inmutable. En esa jornada se produce un quiebre, una ruptura del orden establecido, y se abre un proceso de transformación política y social que llevaría a una larga guerra contra un poder imperial y, finalmente, a la independencia política y la construcción de una nueva identidad de patria. Y, en este sentido, podemos pensar los puentes con nuestro 25 de mayo, aquel donde también se produjo un
quiebre, donde se abrió un proceso de democratización y de transformación. Los lazos con 1810 son, si se lo piensa, profundos.
Cuando Néstor llegó al gobierno el 25 de mayo de 2003, lo hacía en un país que había disuelto prácticamente su organización política, social y económica. El modelo de país para pocos, conducido por una clase dominante que tiene no pocas ligaduras históricas con aquellos sectores que habían llevado el país durante el siglo XIX hacía la dependencia externa, la producción primaria y la desigualdad social, mostraba sus terribles resultados. Tan profunda había sido esta crisis que la misma identidad patriótica estaba en cuestión: ¿qué significaba ser “argentino” después del 2001, cuando los jóvenes emigraban en masa o estaban condenados a la exclusión y el desempleo?
Y también en un sentido más concreto: después del 2001 el andamiaje institucional se parecía bastante al de la crisis colonial de 1810. Gobiernos provinciales sin recursos, o incluso asambleas barriales, intentando suplantar a un gobierno nacional que se había evaporado. Mirado desde esta perspectiva, la reconstrucción de poder político que llevó adelante Néstor desde el 2003 adquiere un valor histórico incalculable. Una frase de Cristina lo sintetiza claramente: “volvimos a tener Patria”. También como aquella vez, lo que parecía un quiebre en nuestra “patria chica”, producto de nuestra crisis, era un cambio de una escala mayor. La llegada de Néstor era parte de un nuevo clima político en América del Sur. Al igual que las revoluciones del siglo XIX la ola de cambios se produjo con poca diferencia temporal en distintos lugares de continente: Venezuela, Uruguay, Brasil, Ecuador, Paraguay, Bolivia, en todos caen y los gobiernos neoliberales y se inician procesos populares. Un orden –si no colonial, de una marcada dependencia y una pobreza generalizada- se había agotado y nuevas fuerzas políticas y sociales asumieron el desafío de pensar una alternativa para nuestros países. Con una diferencia histórica que, tal vez, sea fundamental para que esta vez el camino sea distinto al transitado en el siglo XIX: nuestros dirigentes y nuestras sociedades, en cada uno de los países, tienen conciencia de que la suerte de cada “patria chica” depende de la creación de una verdadera Patria Grande.
1 Link a la versión digital del Plan Revolucionario de Operaciones
http://apuntesdelbicentenario.files.wordpress.com/2011/10/plan-operaciones-mariano-moreno.pdf
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